Yerma - Federico García Lorca

Yerma

Federico García Lorca - 1934

Acto primero

CUADRO PRIMERO

Al levantarse el telón está YERMA dormida con un tabanque de costura a los pies. La escena tiene una extraña luz de sueño. Un PASTOR sale de puntillas, mirando fijamente a YERMA. Lleva de la mano a un niño vestido de blanco. Suena el reloj. Cuando sale el PASTOR, la luz azul se cambia por una alegre luz de mañana de primavera. YERMA se despierta.

VOZ

(Canto. Dentro.)

A la nana, nana, nana,

a la nanita le haremos

una chocita en el campo

y en ella nos meteremos.

YERMA

Juan. ¿Me oyes? Juan.

JUAN

Voy.

YERMA

Ya es la hora.

JUAN

¿Pasaron las yuntas?

YERMA

Ya pasaron todas.

JUAN

Hasta luego.

(Va a salir.)

YERMA

¿No tomas un vaso de leche?

JUAN

¿Para qué?

YERMA

Trabajas mucho y no tienes tú cuerpo para resistir los trabajos.

JUAN

Cuando los hombres se quedan enjutos se ponen fuertes, como el acero.

YERMA

Pero tú no. Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca como si no te diera en ella el sol. A mí me gustaría que fueras al río y nadaras, y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.

JUAN

¿Has acabado?

YERMA

(Levantándose.)

No lo tomes a mal. Si yo estuviera enferma me gustaría que tú me cuidases. "Mi mujer está enferma: voy a matar este cordero para hacerle un buen guiso de carne. Mi mujer está enferma: voy a guardar esta enjundia de gallina para aliviar su pecho; voy a llevarle esta piel de oveja para guardar sus pies de la nieve." Así soy yo. Por eso te cuido.

JUAN

Y yo te lo agradezco.

YERMA

Pero no te dejas cuidar.

JUAN

Es que no tengo nada. Todas esas cosas son suposiciones tuyas. Trabajo mucho. Cada año seré más viejo.

YERMA

Cada año... Tú y yo seguiremos aquí cada año...

JUAN

(Sonriente.)

Naturalmente. Y bien sosegados. Las cosa de la labor van bien, no tenemos hijos que gasten.

YERMA

No tenemos hijos... ¡Juan!

JUAN

Dime.

YERMA

¿Es que yo no te quiero a ti?

JUAN

Me quieres.

YERMA

Yo conozco muchachas que han temblado y lloraron antes de entrar en la cama con sus maridos. ¿Lloré yo la primera vez que me acosté contigo? ¿No cantaba al levantar los embozos de holanda? ¿Y no te dije: "¡Cómo huelen a manzana estas ropas!?

JUAN

¡Eso dijiste!

YERMA

Mi madre lloró porque no sentí separarme de ella. ¡Y era verdad! Nadie se casó con más alegría. Y sin embargo...

JUAN

Calla.

YERMA

Callo. Y sin embargo...

JUAN

Demasiado trabajo tengo yo con oír en todo momento...

YERMA

No. No me repitas lo que dicen. Yo veo por mis ojos que eso no puede ser... A fuerza de caer la lluvia sobre las piedras éstas se ablandan y hacen crecer jaramagos, que las gentes dicen que no sirven para nada. Los jaramagos no sirven para nada, pero yo bien los veo mover sus flores amarillas en el aire.

JUAN

¡Hay que esperar!

YERMA

¡Sí, queriendo!

(YERMA abraza y besa al marido, tomando ella la iniciativa.)

JUAN

Si necesitas algo me lo dices y lo traeré. Ya sabes que no me gusta que salgas.

YERMA

Nunca salgo.

JUAN

Estás mejor aquí.

YERMA

Sí.

JUAN

La calle es para la gente desocupada.

YERMA

(Sombría.)

Claro.

(JUAN sale y YERMA se dirige a la costura, se pasa la mano por el vientre, alza los brazos en un hermoso bostezo y se sienta a coser.)

¿De dónde vienes, amor, mi niño?

"De la cresta del duro frío."

¿Qué necesitas, amor, mi niño?

"La tibia tela de tu vestido."

(Enhebra la aguja)

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor!

(Como si hablara con un niño.)

En el patio ladra el perro,

en los árboles canta el viento.

Los bueyes mugen al boyero

y la luna me riza los cabellos.

¿Qué pides, niño, desde tan lejos?

(Pausa)

"Los blancos montes que hay en tu pecho."

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor!

(Cosiendo)

Te diré, niño mío, que sí.

Tronchada y rota soy para ti.

¡Cómo me duele esta cintura

donde tendrás primera cuna!

¿Cuándo, mi niño, vas a venir?

(Pausa)

Cuando tu carne huela a jazmín.

¡Que se agiten las ramas al sol

y salten las fuentes alrededor!

(YERMA queda cantando. Por la puerta entra MARÍA, que viene con un lío de ropa.)

YERMA

¿De dónde vienes?

MARÍA

De la tienda.

YERMA

¿De la tienda tan temprano?

MARÍA

Por mi gusto hubiera esperado en la puerta a que abrieran. ¿Y a que no sabes lo que he comprado?

YERMA

Habrás comprado café para el desayuno, azúcar, los panes.

MARÍA

No. He comprado encajes, tres varas de hilo, cintas y lana de color para hacer madroños. El dinero lo tenía mi marido y me lo ha dado él mismo.

YERMA

Te vas a hacer una blusa.

MARÍA

No, es porque... ¿sabes?

YERMA

¿Qué?

MARÍA

Porque ¡ya ha llegado!

(Queda con la cabeza baja.)

(YERMA se levanta y queda mirándola con admiración.)

YERMA

¡A los cinco meses!

MARÍA

Sí.

YERMA

¿Te has dado cuenta de ello?

MARÍA

Naturalmente.

YERMA

(Con curiosidad.)

¿Y qué sientes?

MARÍA

No sé.

(Pausa.)

Angustia.

YERMA

Angustia.

(Agarrada a ella.)

Pero... ¿cuándo llegó? Dime... Tú estabas descuidada...

MARÍA

Sí, descuidada...

YERMA

Estarías cantando, ¿verdad? Yo canto. ¿Tú?..., dime....

MARÍA

No me preguntes. ¿No has tenido nunca un pájaro vivo apretado en la mano?

YERMA

Sí.

MARÍA

Pues lo mismo... pero por dentro de la sangre.

YERMA

¡Qué hermosura!

(La mira extraviada.)

MARÍA

Estoy aturdida. No sé nada.

YERMA

¿De qué?

MARÍA

De lo que tengo que hacer. Le preguntaré a mi madre.

YERMA

¿Para qué? Ya está vieja y habrá olvidado estas cosas. No andes mucho y cuando respires respira tan suave como si tuvieras una rosa entre los dientes.

MARÍA

Oye, dicen que más adelante te empuja suavemente con las piernecitas.

YERMA

Y entonces es cuando se le quiere más, cuando se dice ya ¡mi hijo!

MARÍA

En medio de todo tengo vergüenza.

YERMA

¿Qué ha dicho tu marido?

MARÍA

Nada.

YERMA

¿Te quiere mucho?

MARÍA

No me lo dice, pero se pone junto a mí y sus ojos tiemblan como dos hojas verdes.

YERMA

¿Sabía él que tú...?

MARÍA

Sí.

YERMA

¿Y por qué lo sabía?

MARÍA

No sé. Pero la noche que nos casamos me lo decía constantemente con su boca puesta en mi mejilla, tanto que a mí me parece que mi niño es un palomo de lumbre que él me deslizó por la oreja.

YERMA

¡Dichosa!

MARÍA

Pero tú estás más enterada de esto que yo.

YERMA

¿De qué me sirve?

MARÍA

¡Es verdad! ¿Por qué será eso? De todas las novias de tu tiempo tú eres la única...

YERMA

Es así. Claro que todavía es tiempo. Elena tardó tres años, y otras antiguas, del tiempo de mi madre, mucho más, pero dos años y veinte días, como yo, es demasiada espera. Pienso que no es justo que yo me consuma aquí. Muchas veces salgo descalza al patio para pisar la tierra, no sé por qué. Si sigo así, acabaré volviéndome mala.

MARÍA

¡Pero ven acá, criatura! Hablas como si fueras una vieja. ¡Qué digo! Nadie puede quejarse de estas cosas. Una hermana de mi madre lo tuvo a los catorce años, ¡y si vieras qué hermosura de niño!

YERMA

(Con ansiedad.)

¿Qué hacía?

MARÍA

Lloraba como un torito, con la fuerza de mil cigarras cantando a la vez, y nos orinaba y nos tiraba de las trenzas y, cuando tuvo cuatro meses, nos llenaba la cara de arañazos.

YERMA

(Riendo.)

Pero esas cosas no duelen.

MARÍA

Te diré...

YERMA

¡Bah! Yo he visto a mi hermana dar de mamar a su niño con el pecho lleno de grietas y le producía un gran dolor, pero era un dolor fresco, bueno, necesario para la salud.

MARÍA

Dicen que con los hijos se sufre mucho.

YERMA

Mentira. Eso lo dicen las madres débiles, las quejumbrosas. ¿Para qué los tienen? Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero esto es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí.

MARÍA

No sé lo que tengo.

YERMA

Siempre oí decir que las primerizas tienen susto.

MARÍA

(Tímida.)

Veremos... Como tú coses tan bien...

YERMA

(Cogiendo el lío.)

Trae. Te cortaré los trajecitos. ¿Y esto?

MARÍA

Son los pañales.

YERMA

Bien.

(Se sienta.)

MARÍA

Entonces... Hasta luego.

(Se acerca y YERMA le coge amorosamente el vientre con las manos.)

YERMA

No corras por las piedras de la calle.

MARÍA

Adiós.

(La besa. Sale.)

YERMA

¡Vuelve pronto!

(YERMA queda en la misma actitud que al principio. Coge las tijeras y empieza a cortar. Sale VÍCTOR.)

Adiós, Víctor.

VÍCTOR

(Es profundo y lleno de firme gravedad.)

¿Y Juan?

YERMA

En el campo.

VÍCTOR

¿Qué coses?

YERMA

Corto unos pañales.

VÍCTOR

(Sonriente.)

¡Vamos!

YERMA

(Ríe.)

Los voy a rodear de encajes.

VÍCTOR

Si es niña le pondrás tu nombre.

YERMA

(Temblando.)

¿Cómo?...

VÍCTOR

Me alegro por ti.

YERMA

(Casi ahogada.)

No..., no son para mí. Son para el hijo de María.

VÍCTOR

Bueno, pues a ver si con el ejemplo te animas. En esta casa hace falta un niño.

YERMA

(Con angustia.)

Hace falta.

VÍCTOR

Pues adelante. Dile a tu marido que piense menos en el trabajo. Quiere juntar dinero y lo juntará, pero ¿a quién lo va a dejar cuando se muera? Yo me voy con las ovejas. Le dices a Juan que recoja las dos que me compró. Y en cuanto a lo otro..., ¡que ahonde!

(Se va sonriente.)

YERMA

(Con pasión.)

Eso; ¡que ahonde!

YERMA, que en actitud pensativa se levanta y acude al sitio donde ha estado VÍCTOR y respira fuertemente como si aspirara aire de montaña, después va al otro lado de la habitación, como buscando algo, y de allí vuelve a sentarse y coge otra vez la costura. Comienza a coser y queda con los ojos fijos en un punto.

Telón.

CUADRO SEGUNDO

Campo. Sale YERMA. Trae una cesta. Sale la VIEJA.

YERMA

Buenos días.

VIEJA

Buenos los tenga la hermosa muchacha. ¿Dónde vas?

YERMA

Vengo de llevar la comida a mi esposo, que trabaja en los olivos.

VIEJA

¿Llevas mucho tiempo de casada?

YERMA

Tres años.

VIEJA

¿Tienes hijos?

YERMA

No.

VIEJA

¡Bah! ¡Ya tendrás!

YERMA

(Con ansia.)

¿Usted lo cree?

VIEJA

¿Por qué no?

(Se sienta.)

También yo vengo de traer la comida a mi esposo. Es viejo. Todavía trabaja. Tengo nueve hijos como nueve soles, pero, como ninguno es hembra, aquí me tienes a mí de un lado para otro.

YERMA

Usted vive al otro lado del río.

VIEJA

Sí. En los molinos. ¿De qué familia eres tú?

YERMA

Yo soy hija de Enrique el pastor.

VIEJA

¡Ah! Enrique el pastor. Lo conocí. Buena gente. Levantarse, sudar, comer unos panes y morirse. Ni mas juego, ni más nada. Las ferias para otros. Criaturas de silencio. Pude haberme casado con un tío tuyo. Pero ¡ca! Yo he sido una mujer de faldas en el aire, he ido flechada a la tajada de melón, a la fiesta, a la torta de azúcar. Muchas veces me he asomado de madrugada a la puerta creyendo oír música de bandurria que iba, que venía, pero era el aire.

(Ríe.)

Te vas a reír de mí. He tenido dos maridos, catorce hijos, seis murieron, y sin embargo no estoy triste y quisiera vivir mucho más. Es lo que digo yo: las higueras, ¡cuánto duran!; las casas, ¡cuánto duran!; y sólo nosotras, las endemoniadas mujeres, nos hacemos polvo por cualquier cosa.

YERMA

Yo quisiera hacerle una pregunta.

VIEJA

¿A ver?

(La mira.)

Ya sé lo que me vas a decir. De estas cosas no se puede decir palabra.

(Se levanta.)

YERMA

(Deteniéndola.)

¿Por qué no? Me ha dado confianza el oírla hablar. Hace tiempo estoy deseando tener conversación con mujer vieja. Porque yo quiero enterarme. Sí. Usted me dirá...

VIEJA

¿Qué?

YERMA

(Bajando la voz.)

Lo que usted sabe. ¿Por qué estoy yo seca? ¿Me he de quedar en plena vida para cuidar aves o poner cortinitas planchadas en mi ventanillo? No. Usted me ha de decir lo que tengo que hacer, que yo haré lo que sea; aunque me mande clavarme agujas en el sitio más débil de mis ojos.

VIEJA

¿Yo? Yo no sé nada. Yo me he puesto boca arriba y he comenzado a cantar. Los hijos llegan como el agua. ¡Ay! ¿Quién puede decir que este cuerpo que tienes no es hermoso? Pisas, y al fondo de la calle relincha el caballo. ¡Ay! Déjame, muchacha, no me hagas hablar. Pienso muchas ideas que no quiero decir.

YERMA

¿Por qué? Con mi marido no hablo de otra cosa.

VIEJA

Oye. ¿A ti te gusta tu marido?

YERMA

¿Cómo?

VIEJA

¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?...

YERMA

No sé.

VIEJA

¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca sus labios? Dime.

YERMA

No. No lo he sentido nunca.

VIEJA

¿Nunca? ¿Ni cuando has bailado?

YERMA

(Recordando.)

Quizá... Una vez... Víctor...

VIEJA

Sigue.

YERMA

Me cogió de la cintura y no pude decirle nada porque no podía hablar. Otra vez, el mismo Víctor, teniendo yo catorce años, él era un zagalón, me cogió en sus brazos para saltar una acequia y me entró un temblor que me sonaron los dientes. Pero es que yo he sido vergonzosa.

VIEJA

¿Y con tu marido?...

YERMA

Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Ésta es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé... en los hijos... Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable, como si yo misma fuera hija mía.

VIEJA

Todo lo contrario que yo. Quizá por eso no hayas parido a tiempo. Los hombres tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca. Así corre el mundo.

YERMA

El tuyo, que el mío, no. Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por él, y me sigo entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme.

VIEJA

¡Y resulta que estás vacía!

YERMA

No, vacía no, porque me estoy llenando de odio. Dime, ¿tengo yo la culpa? ¿Es preciso buscar en el hombre nada más? Entonces, ¿qué vas a pensar cuando te deja en la cama con los ojos tristes mirando al techo y da media vuelta y se duerme? ¿He de quedarme pensando en él o en lo que puede salir relumbrando de mi pecho? Yo no sé, pero dímelo tú, por caridad.

(Se arrodilla.)

VIEJA

¡Ay qué flor abierta! ¡Qué criatura tan hermosa eres! Déjame. No me hagas hablar más. No quiero hablarte más. Son asuntos de honra y yo no quemo la honra de nadie. Tú sabrás. De todos modos, debías ser menos inocente.

YERMA

(Triste.)

Las muchachas que se crían en el campo, como yo, tienen cerradas todas las puertas. Todo se vuelven medias palabras, gestos, porque todas estas cosas dicen que no se pueden saber. Y tú también, tú también te callas y te vas con aire de doctora, sabiéndolo todo, pero negándolo a la que se muere de sed.

VIEJA

A otra mujer serena yo le hablaría. A ti, no. Soy vieja y sé lo que digo.

YERMA

Entonces, que Dios me ampare.

VIEJA

Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar.

YERMA

Pero ¿por qué me dices eso?, ¿por qué?

VIEJA

(Yéndose.)

Aunque debía haber Dios, aunque fuera pequeñito, para que mandara rayos contra los hombres de simiente podrida que encharcan la alegría de los campos.

YERMA

No sé lo que me quieres decir.

VIEJA

(Sigue.)

Bueno, yo me entiendo. No pases tristeza. Espera en firme. Eres muy joven todavía. ¿Qué quieres que haga yo?

(Se va.)

(Aparecen dos MUCHACHAS.)

MUCHACHA 1

Por todas partes nos vamos encontrando gente.

YERMA

Con las faenas, los hombres están en los olivos, hay que traerles de comer. No quedan en las casas más que los ancianos.

MUCHACHA 2

¿Tú regresas al pueblo?

YERMA

Hacia allá voy.

MUCHACHA 1

Yo llevo mucha prisa. Me dejé al niño dormido y no hay nadie en casa.

YERMA

Pues aligera, mujer. Los niños no se pueden dejar solos. ¿Hay cerdos en tu casa?

MUCHACHA 1

No. Pero tienes razón. Voy deprisa.

YERMA

Anda. Así pasan las cosas. Seguramente lo has dejado encerrado.

MUCHACHA 1

Es natural.

YERMA

Sí, pero es que no os dais cuenta lo que es un niño pequeño. La causa que nos parece más inofensiva puede acabar con él. Una agujita, un sorbo de agua.

MUCHACHA 1

Tienes razón. Voy corriendo. Es que no me doy bien cuenta de las cosas.

YERMA

Anda.

MUCHACHA 2

Si tuvieras cuatro o cinco, no hablarías así.

YERMA

¿Por qué? Aunque tuviera cuarenta.

MUCHACHA 2

De todos modos, tú y yo, con no tenerlos, vivimos más tranquilas.

YERMA

Yo, no.

MUCHACHA 2

Yo, sí. ¡Qué afán! En cambio mi madre no hace mas que darme yerbajos para que los tenga y en octubre iremos al Santo que dicen que los da a la que lo pide con ansia. Mi madre pedirá. Yo, no.

YERMA

¿Por qué te has casado?

MUCHACHA 2

Porque me han casado. Se casan todas. Si seguimos así, no va a haber solteras más que las niñas. Bueno, y además..., una se casa en realidad mucho antes de ir a la iglesia. Pero las viejas se empeñan en todas estas cosas. Yo tengo diecinueve años y no me gusta guisar, ni lavar. Bueno, pues todo el día he de estar haciendo lo que no me gusta. ¿Y para qué? ¿Qué necesidad tiene mi marido de ser mi marido? Porque lo mismo hacíamos de novios que ahora. Tonterías de los viejos.

YERMA

Calla, no digas esas cosas.

MUCHACHA 2

También tú me dirás loca. "¡La loca, la loca!"

(Ríe.)

Yo te puedo decir lo único que he aprendido en la vida: toda la gente está metida dentro de sus casas haciendo lo que no les gusta. Cuánto mejor se está en medio de la calle. Ya voy al arroyo, ya subo a tocar las campanas, ya me tomo un refresco de anís.

YERMA

Eres una niña.

MUCHACHA 2

Claro, pero no estoy loca.

(Ríe.)

YERMA

¿Tu madre vive en la parte más alta del pueblo?

MUCHACHA 2

Sí.

YERMA

¿En la última casa?

MUCHACHA 2

Sí.

YERMA

¿Cómo se llama?

MUCHACHA 2

Dolores. ¿Por qué preguntas?

YERMA

Por nada.

MUCHACHA 2

Por algo preguntarás.

YERMA

No sé..., es un decir...

MUCHACHA 2

Allá tú... Mira, me voy a dar la comida a mi marido.

(Ríe.)

Es lo que hay que ver. ¡Qué lástima no poder decir mi novio! ¿Verdad?

(Se va riendo alegremente)

¡Adiós!

VÍCTOR

(Cantando desde fuera.)

¿Por qué duermes solo, pastor?

¿Por qué duermes solo, pastor?

En mi colcha de lana

dormirías mejor.

¿Por qué duermes solo, pastor?

YERMA

(Escuchando.)

¿Por qué duermes solo, pastor?

En mi colcha de lana

dormirías mejor.

Tu colcha de oscura piedra,

pastor,

y tu camisa de escarcha,

pastor,

juncos grises del invierno

en la noche de tu cama.

Los robles ponen agujas,

pastor,

debajo de tu almohada,

pastor,

y si oyes voz de mujer

es la rota voz del agua.

Pastor, pastor.

¿Qué quiere el monte de ti,

pastor?

Monte de hierbas amargas,

¿qué niño te está matando?

¡La espina de la retama!

(Va a salir y se tropieza con VÍCTOR, que entra.)

VÍCTOR

(Alegre.)

¿Dónde va lo hermoso?

YERMA

¿Cantabas tú ?

VÍCTOR

Yo.

YERMA

¡Qué bien! Nunca te había sentido.

VÍCTOR

¿No?

YERMA

Y qué voz tan pujante. Parece un chorro de agua que te llena toda la boca.

VÍCTOR

Soy alegre.

YERMA

Es verdad.

VÍCTOR

Como tú triste.

YERMA

No soy triste. Es que tengo motivos para estarlo.

VÍCTOR

Y tu marido más triste que tú.

YERMA

Él sí. Tiene un carácter seco.

VÍCTOR

Siempre fue igual.

(Pausa. YERMA está sentada.)

¿Viniste a traer la comida?

YERMA

Sí.

(Lo mira. Pausa.)

¿Qué tienes aquí?

(Señala la cara.)

VÍCTOR

¿Dónde?

YERMA

(Se levanta y se acerca a VÍCTOR.)

Aquí... en la mejilla. Como una quemadura.

VÍCTOR

No es nada.

YERMA

Me había parecido.

(Pausa)

VÍCTOR

Debe ser el sol...

YERMA

Quizá...

(Pausa. El silencio se acentúa y sin el menor gesto comienza una lucha entre los dos personajes.)

(Temblando.)

¿Oyes?

VÍCTOR

¿Qué?

YERMA

¿No sientes llorar?

VÍCTOR

(Escuchando.)

No.

YERMA

Me había parecido que lloraba un niño.

VÍCTOR

¿Sí?

YERMA

Muy cerca. Y lloraba como ahogado.

VÍCTOR

Por aquí hay siempre muchos niños que vienen a robar fruta.

YERMA

No. Es la voz de un niño pequeño.

(Pausa)

VÍCTOR

No oigo nada.

YERMA

Serán ilusiones mías.

(Lo mira fijamente, y VÍCTOR la mira también y desvía la mirada lentamente, como con miedo.)

(Sale JUAN)

JUAN

¿Qué haces todavía aquí?

YERMA

Hablaba.

VÍCTOR

Salud.

(Sale.)

JUAN

Debías estar en casa.

YERMA

Me entretuve.

JUAN

No comprendo en qué te has entretenido.

YERMA

Oí cantar los pájaros.

JUAN

Está bien. Así darás que hablar a las gentes.

YERMA

(Fuerte.)

Juan, ¿qué piensas?

JUAN

No lo digo por ti, lo digo por las gentes.

YERMA

¡Puñalada que le den a las gentes!

JUAN

No maldigas. Está feo en una mujer.

YERMA

Ojalá fuera yo una mujer.

JUAN

Vamos a dejarnos de conversación. Vete a la casa.

(Pausa)

YERMA

Está bien. ¿Te espero?

JUAN

No. Estaré toda la noche regando. Viene poca agua, es mía hasta la salida del sol y tengo que defenderla de los ladrones. Te acuestas y te duermes.

YERMA

(Dramática.)

¡Me dormiré!

(Sale.)

Telón.

Acto segundo

CUADRO PRIMERO

Torrente donde lavan las mujeres del pueblo. Las LAVANDERAS están situadas en varios planos. Cantan:

LAVANDERAS

En el arroyo frío

lavo tu cinta.

Como un jazmín caliente

tienes la risa.

LAVANDERA 1

A mí no me gusta hablar.

LAVANDERA 3

Pero aquí se habla.

LAVANDERA 4

Y no hay mal en ello.

LAVANDERA 5

La que quiera honra que la gane.

LAVANDERA 4

Yo planté un tomillo,

yo lo vi crecer.

El que quiera honra,

que se porte bien.

(Ríen.)

LAVANDERA 5

Así se habla.

LAVANDERA 1

Pero es que nunca se sabe nada.

LAVANDERA 4

Lo cierto es que el marido se ha llevado vivir con ellos a sus dos hermanas.

LAVANDERA 5

¿Las solteras?

LAVANDERA 4

Sí. Estaban encargadas de cuidar la iglesia y ahora cuidarán de su cuñada. Yo no podría vivir con ellas.

LAVANDERA 1

¿Por qué?

LAVANDERA 4

Porque dan miedo. Son como esas hojas grandes que nacen de pronto sobre los sepulcros. Están untadas con cera. Son metidas hacia adentro. Se me figura que guisan su comida con el aceite de las lámparas.

LAVANDERA 3

¿Y están ya en la casa?

LAVANDERA 4

Desde ayer. El marido sale otra vez a sus tierras.

LAVANDERA 1

¿Pero se puede saber lo que ha ocurrido?

LAVANDERA 5

Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.

LAVANDERA 1

Pero, ¿por qué?

LAVANDERA 4

Le cuesta trabajo estar en su casa.

LAVANDERA 5

Estas machorras son así: cuando podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y andar descalzas por esos ríos.

LAVANDERA 1

¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es por culpa suya.

LAVANDERA 4

Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado.

(Ríen)

LAVANDERA 3

Y se echan polvos de blancura y colorete y se prenden ramos de adelfa en busca de otro que no es su marido.

LAVANDERA 5

¡No hay otra verdad!

LAVANDERA 1

Pero ¿vosotras la habéis visto con otro?

LAVANDERA 4

Nosotras no, pero las gentes sí.

LAVANDERA 1

¡Siempre las gentes!

LAVANDERA 5

Dicen que en dos ocasiones.

LAVANDERA 2

¿Y qué hacían?

LAVANDERA 4

Hablaban.

LAVANDERA 1

Hablar no es pecado.

LAVANDERA 4

Hay una cosa en el mundo que es la mirada. Mi madre lo decía. No es lo mismo una mujer mirando a unas rosas que una mujer mirando a los muslos de un hombre. Ella lo mira.

LAVANDERA 1

¿Pero a quién?

LAVANDERA 4

A uno. ¿Lo oyes? Entérate tú. ¿Quieres que lo diga más alto?

(Risas.)

Y cuando no lo mira, porque está sola, porque no lo tiene delante, lo lleva retratado en los ojos.

LAVANDERA 1

¡Eso es mentira!

LAVANDERA 5

¿Y el marido?

LAVANDERA 3

El marido está como sordo. Parado como un lagarto puesto al sol.

(Ríen)

LAVANDERA 1

Todo esto se arreglaría si tuvieran criaturas.

LAVANDERA 2

Todo esto son cuestiones de gente que no tiene conformidad con su sino.

LAVANDERA 4

Cada hora que transcurre aumenta el infierno en aquella casa. Ella y las cuñadas, sin despegar los labios, blanquean todo el día las paredes, friegan los cobres, limpian con vaho los cristales, dan aceite a la solería. Pues, cuando más relumbra la vivienda, más arde por dentro.

LAVANDERA 1

Él tiene la culpa, él. Cuando un padre no da hijos debe cuidar de su mujer.

LAVANDERA 4

La culpa es de ella, que tiene por lengua un pedernal.

LAVANDERA 1

¿Qué demonio se te ha metido entre los cabellos para que hables así?

LAVANDERA 4

¿Y quién ha dado licencia a tu boca para que me des consejos?

LAVANDERA 5

¡Callar!

(Risas.)

LAVANDERA 1

Con una aguja de hacer calceta ensartaría yo las lenguas murmuradoras.

LAVANDERA 5

¡Calla!

LAVANDERA 4

Y yo la tapa del pecho de las fingidas.

LAVANDERA 5

Silencio. ¿No ves que por ahí vienen las cuñadas?

(Murmullos. Entran las dos HERMANAS de JUAN, cuñadas de YERMA. Van vestidas de luto. Se ponen a lavar en medio de un silencio. Se oyen esquilas.)

LAVANDERA 1

¿Se van ya los zagales?

LAVANDERA 3

Sí, ahora salen todos los rebaños.

LAVANDERA 4

(Aspirando.)

Me gusta el olor de las ovejas.

LAVANDERA 3

¿Sí?

LAVANDERA 4

¿Y por qué no? Olor de lo que una tiene. Cómo me gusta el olor del fango rojo que trae el río por el invierno.

LAVANDERA 3

Caprichos.

LAVANDERA 5

(Mirando.)

Van juntos todos los rebaños.

LAVANDERA 4

Es una inundación de lana. Arramblan con todo. Si los trigos verdes tuvieran cabeza, temblarían de verlos venir.

LAVANDERA 3

¡Mira como corren! ¡Qué manada de enemigos!

LAVANDERA 1

Ya salieron todos, no falta uno.

LAVANDERA 4

A ver... No... sí, sí falta uno.

LAVANDERA 5

¿Cuál?...

LAVANDERA 4

El de Víctor.

(Las dos HERMANAS se yerguen y miran)

(Cantando entre dientes)

En el arroyo frío

lavo tu cinta.

Como un jazmín caliente

tienes la risa.

Quiero vivir

en la nevada chica

de ese jazmín.

LAVANDERA 1

¡Ay de la casada seca!

¡Ay de la que tiene los pechos de mona!

LAVANDERA 5

Dime si tu marido

guarda semillas

para que el agua cante

por tu camisa.

LAVANDERA 4

Es tu camisa

nave de plata y viento

por las orillas.

LAVANDERA 1

Las ropas de mi niño

vengo a lavar,

para que tome al agua

lecciones de cristal.

LAVANDERA 2

Por el monte ya llega

mi marido a comer.

Él me trae una rosa

y yo le doy tres.

LAVANDERA 5

Por el llano ya vino

mi marido a cenar.

Las brasas que me entrega

cubro con arrayán.

LAVANDERA 4

Por el aire ya viene

mi marido a dormir.

Yo alhelíes rojos

y él rojo alhelí.

LAVANDERA 1

Hay que juntar flor con flor

cuando el verano seca la sangre al segador.

LAVANDERA 4

Y abrir el vientre a pájaros sin sueño

cuando a la puerta llama tembloroso el invierno.

LAVANDERA 1

Hay que gemir en la sábana.

LAVANDERA 4

¡Y hay que cantar!

LAVANDERA 5

Cuando el hombre nos trae

la corona y el pan.

LAVANDERA 4

Porque los brazos se enlazan.

LAVANDERA 2

Porque la luz se nos quiebra en la garganta.

LAVANDERA 4

Porque se endulza el tallo de las ramas.

LAVANDERA 1

Y las tiendas del viento cubran a las montañas.

LAVANDERA 6

(Apareciendo en lo alto del torrente.)

Para que un niño funda

yertos vidrios del alba.

LAVANDERA 1

Y nuestro cuerpo tiene

ramas furiosas de coral.

LAVANDERA 6

Para que haya remeros

en las aguas del mar.

LAVANDERA 1

Un niño pequeño, un niño.

LAVANDERA 2

Y las palomas abren las alas y el pico.

LAVANDERA 3

Un niño que gime, un hijo.

LAVANDERA 4

Y los hombres avanzan

como ciervos heridos.

LAVANDERA 5

¡Alegría, alegría, alegría

del vientre redondo bajo la camisa!

LAVANDERA 2

¡Alegría, alegría, alegría,

ombligo, cáliz tierno de maravilla!

LAVANDERA 1

¡Pero ay de la casada seca!

¡Ay de la que tiene los pechos de arena!

LAVANDERA 3

¡Que relumbre!

LAVANDERA 2

¡Que corra!

LAVANDERA 5

¡Que vuelva a relumbrar!

LAVANDERA 1

¡Que cante!

LAVANDERA 2

¡Que se esconda!

LAVANDERA 1

Y que vuelva a cantar.

LAVANDERA 6

La aurora que mi niño

lleva en el delantal.

LAVANDERA 2

(Cantan todas a coro.)

En el arroyo frío

lavo tu cinta.

Como un jazmín caliente

tienes la risa.

¡Ja, ja, ja!

(Mueven los paños con ritmo y los golpean.)

Telón.

CUADRO SEGUNDO

Casa de YERMA. Atardecer. JUAN está sentado. Las dos HERMANAS, de pie.

JUAN

¿Dices que salió hace poco?

(La HERMANA mayor contesta con la cabeza.)

Debe estar en la fuente. Pero ya sabéis que me gusta que salga sola.

(Pausa)

Puedes poner la mesa.

(Sale la HERMANA menor.)

Bien ganado tengo el pan que como.

(A su HERMANA.)

Ayer pasé un día duro. Estuve podando los manzanos y a la caída de la tarde me puse a pensar para qué pondría yo tanta ilusión en la faena si no puedo llevarme una manzana a la boca. Estoy harto.

(Se pasa las manos por la cara. Pausa.)

Ésa no viene... Una de vosotras debía salir con ella, porque para eso estáis aquí comiendo en mi mantel y bebiendo mi vino. Mi vida está en el campo, pero mi honra está aquí. Y mi honra es también la vuestra.

(La HERMANA inclina la cabeza.)

No lo tomes a mal.

(Entra YERMA con dos cántaros. Queda parada en la puerta.)

¿Vienes de la fuente?

YERMA

Para tener agua fresca en la comida.

(Sale la otra HERMANA.)

¿Cómo están las tierras?

JUAN

Ayer estuve podando los árboles.

YERMA deja los cántaros. Pausa.

YERMA

¿Te quedarás?

JUAN

He de cuidar el ganado. Tú sabes que esto es cosa del dueño.

YERMA

Lo sé muy bien. No lo repitas.

JUAN

Cada hombre tiene su vida.

YERMA

Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que necesito. Tus hermanas me guardan bien. Pan tierno y requesón y cordero asado como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus ganados en el monte. Creo que puedes vivir en paz.

JUAN

Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.

YERMA

¿Y tú no estás?

JUAN

No estoy.

YERMA

Desvía la intención.

JUAN

¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?

YERMA

Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas. Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no. Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, mas reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.

JUAN

Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para estar alerta!

YERMA

Alerta ¿de qué? En nada te ofendo. Vivo sumisa a ti, y lo que sufro lo guardo pegado a mis carnes. Y cada día que pase será peor. Vamos a callarnos. Yo sabré llevar mi cruz como mejor pueda, pero no me preguntes nada. Si pudiera de pronto volverme vieja y tuviera la boca como una flor machacada, te podría sonreír y conllevar la vida contigo. Ahora, ahora, déjame con mis clavos.

JUAN

Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada. Mando a los pueblos vecinos por las cosas que te gustan. Yo tengo mis defectos, pero quiero tener paz y sosiego contigo. Quiero dormir fuera y pensar que tú duermes también.

YERMA

Pero yo no duermo, yo no puedo dormir.

JUAN

¿Es que te falta algo? Dime.

(Pausa.)

¡Contesta!

YERMA

(Con intención y mirando fijamente al marido.)

Sí, me falta.

JUAN

Siempre lo mismo. Hace ya más de cinco años. Yo casi lo estoy olvidando.

YERMA

Pero yo no soy tú. Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuido de la cría.

JUAN

Todo el mundo no es igual. ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no me opongo.

YERMA

No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos.

JUAN

Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en meter la cabeza por una roca.

YERMA

Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce.

JUAN

Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso debes resignarte.

YERMA

Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.

JUAN

Entonces, ¿qué quieres hacer?

YERMA

Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.

JUAN

Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un hombre sin voluntad.

YERMA

Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.

JUAN

No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y cada persona en su casa.

(Sale la HERMANA 1 lentamente y se acerca a una alacena.)

YERMA

Hablar con la gente no es pecado.

JUAN

Pero puede parecerlo.

(Sale la otra HERMANA y se dirige a los cántaros, en los cuales llena una jarra.)

(Bajando la voz.)

Yo no tengo fuerzas para estas cosas. Cuando te den conversación, cierras la boca y piensas que eres una mujer casada.

YERMA

(Con asombro.)

¡Casada!

JUAN

Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre todos.

(Sale la HERMANA con la jarra, lentamente.)

Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre.

(Sale la otra HERMANA con una fuente, de modo casi procesional. Pausa.)

Perdóname.

(YERMA mira a su marido; éste levanta la cabeza y se tropieza con la mirada.)

Aunque me miras de un modo que no debía decirte perdóname, sino obligarte, encerrarte, porque para eso soy el marido.

(Aparecen las dos HERMANAS en la puerta.)

YERMA

Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión.

(Pausa)

JUAN

Vamos a comer.

(Entran las HERMANAS. Pausa.)

¿Me has oído?

YERMA

(Dulce.)

Come tú con tus hermanas. Yo no tengo hambre todavía.

JUAN

Lo que quieras.

(Entra.)

YERMA

(Como soñando.)

¡Ay qué prado de pena!

¡Ay qué puerta cerrada a la hermosura,

que pido un hijo que sufrir y el aire

me ofrece dalias de dormida luna!

Estos dos manantiales que yo tengo

de leche tibia, son en la espesura

de mi carne, dos pulsos de caballo,

que hacen latir la rama de mi angustia.

¡Ay pechos ciegos bajo mi vestido!

¡Ay palomas sin ojos ni blancura!

¡Ay qué dolor de sangre prisionera

me está clavando avispas en la nuca!

Pero tú has de venir, ¡amor!, mi niño,

porque el agua da sal, la tierra fruta,

y nuestro vientre guarda tiernos hijos

como la nube lleva dulce lluvia.

(Mira hacia la puerta)

¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?

MARÍA

(Entra con un niño en brazos.)

Cuando voy con el niño, lo hago... ¡Como siempre lloras!...

YERMA

Tienes razón.

(Coge al niño y se sienta.)

MARÍA

Me da tristeza que tengas envidia.

(Se sienta.)

YERMA

No es envidia lo que tengo; es pobreza.

MARÍA

No te quejes.

YERMA

¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA

Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA

La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y hasta mala!, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios.

(MARÍA hace un gesto como para tomar al niño.)

Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA

¿Por qué me dices eso?

YERMA

(Se levanta.)

Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

MARÍA

No me gusta lo que dices.

YERMA

Las mujeres, cuando tenéis hijos, no podéis pensar en las que no los tenemos. Os quedáis frescas, ignorantes, como el que nada en agua dulce no tiene idea de la sed.

MARÍA

No te quiero decir lo que te digo siempre.

YERMA

Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.

MARÍA

Mala cosa.

YERMA

Acabaré creyendo que yo misma soy mi hijo. Muchas noches bajo yo a echar la comida a los bueyes, que antes no lo hacía, porque ninguna mujer lo hace, y cuando paso por lo oscuro del cobertizo mis pasos me suenan a pasos de hombre.

MARÍA

Cada criatura tiene su razón.

YERMA

A pesar de todo, sigue queriéndome. ¡Ya ves cómo vivo!

MARÍA

¿Y tus cuñadas?

YERMA

Muerta me vea y sin mortaja, si alguna vez les dirijo la conversación.

MARÍA

¿Y tu marido?

YERMA

Son tres contra mí.

MARÍA

¿Qué piensan?

YERMA

Figuraciones. De gente que no tiene la conciencia tranquila. Creen que me puede gustar otro hombre y no saben que, aunque me gustara, lo primero de mi casta es la honradez. Son piedras delante de mí. Pero ellos no saben que yo, si quiero, puedo ser agua de arroyo que las lleve.

(Una HERMANA entra y sale llevando un pan.)

MARÍA

De todas maneras, creo que tu marido te sigue queriendo.

YERMA

Mi marido me da pan y casa.

MARÍA

¡Qué trabajos estás pasando, qué trabajos, pero acuérdate de las llagas de Nuestro Señor!

(Están en la puerta.)

YERMA

(Mirando al niño.)

Ya ha despertado.

MARÍA

Dentro de poco empezará a cantar.

YERMA

Los mismos ojos que tú, ¿lo sabías? ¿Los has visto?

(Llorando.)

¡Tiene los mismos ojos que tú!

(YERMA empuja suavemente a MARÍA y ésta sale silenciosa. YERMA se dirige a la puerta por donde entró su marido.)

MUCHACHA 2

¡Chisss!

YERMA

(Volviéndose.)

¿Qué?

MUCHACHA 2

Esperé a que saliera. Mi madre te está aguardando.

YERMA

¿Está sola?

MUCHACHA 2

Con dos vecinas.

YERMA

Dile que esperen un poco.

MUCHACHA 2

¿Pero vas a ir? ¿No te da miedo?

YERMA

Voy a ir.

MUCHACHA 2

¡Allá tú!

YERMA

¡Que me esperen aunque sea tarde!

(Entra VÍCTOR)

VÍCTOR

¿Está Juan?

YERMA

Sí.

MUCHACHA 2

(Cómplice.)

Entonces, yo traeré la blusa.

YERMA

Cuando quieras.

(Sale la MUCHACHA.)

Siéntate.

VÍCTOR

Estoy bien así.

YERMA

(Llamando al marido.)

¡Juan!

VÍCTOR

Vengo a despedirme.

YERMA

(Se estremece ligeramente, pero vuelve a su serenidad)

¿Te vas con tus hermanos?

VÍCTOR

Así lo quiere mi padre.

YERMA

Ya debe estar viejo.

VÍCTOR

Sí, muy viejo.

(Pausa)

YERMA

Haces bien en cambiar de campos.

VÍCTOR

Todos los campos son iguales.

YERMA

No. Yo me iría muy lejos.

VÍCTOR

Es todo lo mismo. Las mismas ovejas tienen la misma lana.

YERMA

Para los hombres, sí, pero las mujeres somos otra cosa. Nunca oí decir a un hombre comiendo: "¡Qué buena son estas manzanas!". Vais a lo vuestro sin reparar en la delicadezas. De mí sé decir que he aborrecido el agua de estos pozos.

VÍCTOR

Puede ser.

(La escena está en una suave penumbra. Pausa.)

YERMA

Víctor.

VÍCTOR

Dime.

YERMA

¿Por qué te vas? Aquí las gentes te quieren.

VÍCTOR

Yo me porté bien.

(Pausa.)

YERMA

Te portaste bien. Siendo zagalón me llevaste una vez en brazos; ¿no recuerdas? Nunca se sabe lo que va a pasar.

VÍCTOR

Todo cambia.

YERMA

Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye.

VÍCTOR

Así es.

(Aparece la HERMANA 2 y se dirige lentamente hacia la puerta, donde se queda fija, iluminada por la última luz de la tarde.)

YERMA

Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.

VÍCTOR

No se adelantaría nada. La acequia por su sitio, el rebaño en el redil, la luna en el cielo y el hombre con su arado.

YERMA

¡Qué pena más grande no poder sentir las enseñanzas de los viejos!

Se oye el sonido largo y melancólico de las caracolas de los pastores.

VÍCTOR

Los rebaños.

JUAN

(Sale.)

¿Vas ya de camino?

VÍCTOR

Quiero pasar el puerto antes del amanecer.

JUAN

¿Llevas alguna queja de mí?

VÍCTOR

No. Fuiste buen pagador.

JUAN

(A YERMA.)

Le compré los rebaños.

YERMA

¿Sí?

VÍCTOR

(A YERMA.)

Tuyos son.

YERMA

No lo sabía.

JUAN

(Satisfecho.)

Así es.

VÍCTOR

Tu marido ha de ver su hacienda colmada.

YERMA

El fruto viene a las manos del trabajador que lo busca.

(La HERMANA que está en la puerta entra dentro.)

JUAN

Ya no tenemos sitio donde meter tantas ovejas.

YERMA

(Sombría.)

La tierra es grande.

(Pausa)

JUAN

Iremos juntos hasta el arroyo.

VÍCTOR

Deseo la mayor felicidad para esta casa.

(Le da la mano a YERMA.)

YERMA

¡Dios te oiga! ¡Salud!

(VÍCTOR le da salida y, a un movimiento imperceptible de YERMA, se vuelve.)

VÍCTOR

¿Decías algo?

YERMA

(Dramática.)

Salud dije.

VÍCTOR

Gracias.

Salen. YERMA queda angustiada mirándose la mano que ha dado a VÍCTOR. YERMA se dirige rápidamente hacia la izquierda y toma un mantón.

MUCHACHA 2

(En silencio, tapándole la cabeza.)

Vamos.

YERMA

Vamos.

Salen sigilosamente. La escena está casi a oscuras. Sale la HERMANA con un velón que no debe dar al teatro luz ninguna, sino la natural que lleva. Se dirige al fin de la escena buscando a YERMA. Suenan los caracoles de los rebaños.

HERMANA 1

(En voz baja.)

¡Yerma!

Sale la HERMANA 2, se miran las dos y se dirige a la puerta.

HERMANA 2

(Más alto.)

¡Yerma!

(Sale.)

HERMANA 1

(Dirigiéndose a la puerta también y con una carrasposa voz.)

¡Yerma!

Sale. Se oyen los cárabos y los cuernos de lo pastores. La escena está oscurísima.

Telón.

Acto tercero

CUADRO PRIMERO

Casa de la DOLORES, la conjuradora. Está amaneciendo. Entra YERMA con DOLORES y dos VIEJAS.

DOLORES

Has estado valiente.

VIEJA 1

No hay en el mundo fuerza como la del deseo.

VIEJA 2

Pero el cementerio estaba demasiado oscuro.

DOLORES

Muchas veces yo he hecho estas oraciones en el cementerio con mujeres que ansiaban críos, y todas han pasado miedo. Todas, menos tú.

YERMA

Yo he venido por el resultado. Creo que no eres mujer engañadora.

DOLORES

No soy. Que mi lengua se llene de hormigas, como está la boca de los muertos, si alguna vez he mentido. La última vez hice la oración con una mujer mendicante, que estaba seca más tiempo que tú, y se le endulzó el vientre de manera tan hermosa que tuvo dos criaturas ahí abajo, en el río, porque no le daba tiempo a llegar a las casas, y ella misma las trajo en un pañal para que yo las arreglase.

YERMA

¿Y pudo venir andando desde el río?

DOLORES

Vino. Con los zapatos y las enaguas empapadas en sangre..., pero con la cara reluciente.

YERMA

¿Y no le pasó nada?

DOLORES

¿Qué le iba a pasar? Dios es Dios.

YERMA

Naturalmente. No le podía pasar nada, sino agarrar las criaturas y lavarlas con agua viva. Los animales los lamen, ¿verdad? A mí no me da asco de mi hijo. Yo tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro, y los niños se duermen horas y horas sobre ellas oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen, hasta que no quieran más, hasta que retiren la cabeza "... otro poquito más, niño... ", y se les llene la cara y el pecho de gota blancas.

DOLORES

Ahora tendrás un hijo. Te lo puedo asegurar.

YERMA

Lo tendré porque lo tengo que tener. O no entiendo el mundo. A veces, cuando ya estoy segura de que jamás, jamás..., me sube como una oleada de fuego por los pies y se me quedan vacías todas las cosas, y los hombres que andan por la calle y los toros y las piedras me parecen como cosas de algodón. Y me pregunto: ¿para qué estarán ahí puestos?

VIEJA 1

Está bien que una casada quiera hijos, pero si no los tiene, ¿por qué ese ansia de ellos? Lo importante de este mundo es dejarse llevar por los años. No te critico. Ya has visto cómo he ayudado a los rezos. Pero, ¿qué vega esperas dar a tu hijo, ni qué felicidad, ni qué silla de plata?

YERMA

Yo no pienso en el mañana; pienso en el hoy. Tú estás vieja y lo ves ya todo como un libro leído. Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi hijo en los brazos para dormir tranquila y, óyelo bien y no te espantes de lo que te digo, aunque yo supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón.

VIEJA 1

Eres demasiado joven para oír consejo. Pero, mientras esperas la gracia de Dios, debes ampararte en el amor de tu marido.

YERMA

¡Ay! Has puesto el dedo en la llaga más honda que tienen mis carnes.

DOLORES

Tu marido es bueno.

YERMA

(Se levanta)

¡Es bueno! ¡Es bueno! ¿Y qué? Ojalá fuera malo. Pero no. Él va con sus ovejas por sus caminos y cuenta el dinero por las noches. Cuando me cubre, cumple con su deber, pero yo le noto la cintura fría como si tuviera el cuerpo muerto, y yo, que siempre he tenido asco de las mujeres calientes, quisiera ser en aquel instante como una montaña de fuego.

DOLORES

¡Yerma!

YERMA

No soy una casada indecente; pero yo sé que los hijos nacen del hombre y de la mujer. ¡Ay, si los pudiera tener yo sola!

DOLORES

Piensa que tu marido también sufre.

YERMA

No sufre. Lo que pasa es que él no ansía hijos.

VIEJA 1

¡No digas eso!

YERMA

Se lo conozco en la mirada y, como no los ansía, no me los da. No lo quiero, no lo quiero y, sin embargo, es mi única salvación. Por honra y por casta. Mi única salvación.

VIEJA 1

(Con miedo.)

Pronto empezará a amanecer. Debes irte a tu casa.

DOLORES

Antes de nada saldrán los rebaños y no conviene que te vean sola.

YERMA

Necesitaba este desahogo. ¿Cuántas veces repito las oraciones?

DOLORES

La oración del laurel, dos veces, y al mediodía, la oración de santa Ana. Cuando te sientas encinta me traes la fanega de trigo que me has prometido.

VIEJA 1

Por encima de los montes ya empieza a clarear. Vete.

DOLORES

Como en seguida empezarán a abrir los portones, te vas dando un rodeo por la acequia.

YERMA

(Con desaliento.)

¡No sé por qué he venido!

DOLORES

¿Te arrepientes?

YERMA

¡No!

DOLORES

(Turbada.)

Si tienes miedo, te acompañaré hasta la esquina.

YERMA

¡Quita!

VIEJA 1

(Con inquietud)

Van a ser las claras del día cuando llegues a tu puerta.

(Se oyen voces)

DOLORES

¡Calla!

(Escuchan)

VIEJA 1

No es nadie. Anda con Dios.

YERMA se dirige a la puerta y en este momento llaman a ella. Las tres mujeres quedan paradas.

DOLORES

¿Quién es?

JUAN

Soy yo.

YERMA

Abre.

(DOLORES duda.)

¿Abres o no?

Se oyen murmullos. Aparece JUAN con las dos HERMANAS.

HERMANA 2

Aquí está.

YERMA

¡Aquí estoy!

JUAN

¿Qué haces en este sitio? Si pudiera dar voces, levantaría a todo el pueblo, para que viera dónde iba la honra de mi casa; pero he de ahogarlo todo y callarme porque eres mi mujer.

YERMA

Si pudiera dar voces, también las daría yo, para que se levantaran hasta los muertos y vieran esta limpieza que me cubre.

JUAN

¡No, eso no! Todo lo aguanto menos eso. Me engañas, me envuelves y, como soy un hombre que trabaja la tierra, no tengo ideas para tus astucias.

DOLORES

¡Juan!

JUAN

¡Vosotras, ni palabra!

DOLORES

(Fuerte.)

Tu mujer no ha hecho nada malo.

JUAN

Lo está haciendo desde el mismo día de la boda. Mirándome con dos agujas, pasando las noches en vela con los ojos abiertos al lado mío, y llenando de malos suspiros mis almohadas.

YERMA

¡Cállate!

JUAN

Y yo no puedo más. Porque se necesita ser de bronce para ver a tu lado una mujer que te quiere meter los dedos dentro del corazón y que se sale de noche fuera de su casa, ¿en busca de qué? ¡Dime!, ¿buscando qué? Las calles están llenas de machos. En las calles no hay flores que cortar.

YERMA

No te dejo hablar ni una sola palabra. Ni una más. Te figuras tú y tu gente que sois vosotros los únicos que guardáis honra, y no sabes que mi casta no ha tenido nunca nada que ocultar. Anda. Acércate a mí y huele mis vestidos, ¡acércate!, a ver dónde encuentras un olor que no sea tuyo, que no sea de tu cuerpo. Me pones desnuda en mitad de la plaza y me escupes. Haz conmigo lo que quieras, que soy tu mujer, pero guárdate de poner nombre de varón sobre mis pechos.

JUAN

No soy yo quien lo pone; lo pones tú con tu conducta y el pueblo lo empieza a decir. Lo empieza a decir claramente. Cuando llego a un corro, todos callan; cuando voy a pesar la harina, todos callan; y hasta de noche en el campo, cuando despierto, me parece que también se callan las ramas de los árboles.

YERMA

Yo no sé por qué empiezan los malos aires que revuelcan al trigo y ¡mira tú si el trigo es bueno!

JUAN

Ni yo sé lo que busca una mujer a todas horas fuera de su tejado.

YERMA

(En un arranque y abrazándose a su marido.)

Te busco a ti. Te busco a ti. Es a ti a quien busco día y noche sin encontrar sombra donde respirar. Es tu sangre y tu amparo lo que deseo.

JUAN

Apártate.

YERMA

No me apartes y quiere conmigo.

JUAN

¡Quita!

YERMA

Mira que me quedo sola. Como si la luna se buscara ella misma por el cielo. ¡Mírame!

(Lo mira.)

JUAN

(La mira y la aparta bruscamente.)

¡Déjame ya de una vez!

DOLORES

¡Juan!

(YERMA cae al suelo)

YERMA

(Alto.)

Cuando salía por mis claveles me tropecé con el muro. ¡Ay! ¡Ay! Es en ese muro donde tengo que estrellar mi cabeza.

JUAN

Calla. Vamos.

DOLORES

¡Dios mío!

YERMA

(A gritos.)

Maldito sea mi padre, que me dejó su sangre de padre de cien hijos. Maldita sea mi sangre, que los busca golpeando por las paredes.

JUAN

¡Calla he dicho!

DOLORES

¡Viene gente! Habla bajo.

YERMA

No me importa. Dejarme libre siquiera la voz, ahora que voy entrando en lo más oscuro del pozo.

(Se levanta.)

Dejar que de mi cuerpo salga siquiera esta cosa hermosa y que llene el aire.

DOLORES

Van a pasar por aquí.

JUAN

Silencio.

YERMA

¡Eso! ¡Eso! Silencio. Descuida.

JUAN

Vamos. ¡Pronto!

YERMA

¡Ya está! ¡Ya está! ¡Y es inútil que me retuerza las manos! Una cosa es querer con la cabeza...

JUAN

Calla.

YERMA

(Bajo.)

Una cosa es querer con la cabeza y otra cosa es que el cuerpo, maldito sea el cuerpo, no nos responda. Está escrito y no me voy a poner a luchar a brazo partido con los mares. Ya está. ¡Que mi boca se quede muda!

(Sale.)

Telón.

CUADRO SEGUNDO

Alrededores de una ermita en plena montaña. En primer término, unas ruedas de carro y unas mantas formando una tienda rústica, donde está YERMA. Entran las MUJERES con ofrendas a la ermita. Vienen descalzas. En la escena está la VIEJA alegre del primer acto.

VOCES

(Canto a telón corrido)

No te pude ver

cuando eras soltera,

mas de casada te encontraré.

No te pude ver

cuando eras soltera.

Te desnudaré,

casada y romera,

cuando en lo oscuro las doce den.

VIEJA

(Con sorna.)

¿Habéis bebido ya el agua santa?

MUJER 1

Sí.

VIEJA

Y ahora, a ver a ése.

MUJER 2

Creemos en él.

VIEJA

Venís a pedir hijos al santo y resulta que cada año vienen más hombres solos a esta romería. ¿Qué es lo que pasa?

(Ríe)

MUJER 1

¿A qué vienes aquí, si no crees?

VIEJA

A ver. Yo me vuelvo loca por ver. Y a cuidar de mi hijo. El año pasado se mataron dos por una casada seca y quiero vigilar. Y, en último caso, vengo porque me da la gana.

MUJER 1

¡Que Dios te perdone!

(Entran.)

VIEJA

(Con sarcasmo.)

Que te perdone a ti.

Se va. Entra MARÍA con la MUCHACHA 1.

MUCHACHA 1

¿Y ha venido?

MARÍA

Ahí tienen el carro. Me costó mucho que vinieran. Ella ha estado un mes sin levantarse de la silla. Le tengo miedo. Tiene una idea que no sé cuál es, pero desde luego es una idea mala.

MUCHACHA 1

Yo llegué con mi hermana. Lleva ocho años viniendo sin resultado.

MARÍA

Tiene hijos la que los tiene que tener.

MUCHACHA 1

Es lo que yo digo.

(Se oyen voces)

MARÍA

Nunca me gustó esta romería. Vamos a las eras, que es donde está la gente.

MUCHACHA 1

El año pasado, cuando se hizo oscuro, unos mozos atenazaron con sus manos los pechos de mi hermana.

MARÍA

En cuatro leguas a la redonda no se oyen más que palabras terribles.

MUCHACHA 1

Más de cuarenta toneles de vino he visto en las espaldas de la ermita.

MARÍA

Un río de hombres solos baja por esas sierras.

Se oyen voces. Entra YERMA con seis mujeres que van a la iglesia. Van descalzas y llevan cirios rizados. Empieza el anochecer.

YERMA

Señor, que florezca la rosa,

no me la dejéis en sombra.

MUJER 2

Sobre su carne marchita

florezca la rosa amarilla.

MARÍA

Y en el vientre de tus siervas,

la llama oscura de la tierra.

CORO

Señor, que florezca la rosa,

no me la dejéis en sombra.

(Se arrodillan)

YERMA

El cielo tiene jardines

con rosales de alegría:

entre rosal y rosal,

la rosa de maravilla.

Rayo de aurora parece

y un arcángel la vigila,

las alas como tormentas,

los ojos como agonías.

Alrededor de sus hojas

arroyos de leche tibia

juegan y mojan la cara

de las estrellas tranquilas.

Señor, abre tu rosal

sobre mi carne marchita.

(Se levanta)

MUJER 2

Señor, calma con tu mano

las ascuas de su mejilla.

YERMA

Escucha a la penitente

de tu santa romería.

Abre tu rosa en mi carne

aunque tenga mil espinas.

CORO

Señor, que florezca la rosa,

no me la dejéis en sombra.

YERMA

Sobre mi carne marchita,

la rosa de maravilla.

Entran. Salen las MUCHACHAS corriendo con largas cintas en las manos, por la izquierda, y entran. Por la derecha, otras tres, con largas cintas y mirando hacia atrás, que entran también. Hay en la escena como un crescendo de voces, con ruidos de cascabeles y colleras de campanillas. En un plano superior aparecen las siete MUCHACHAS, que agitan las cintas hacia la izquierda. Crece el ruido y entran dos máscaras populares, una como MACHO y otra como HEMBRA. Llevan grandes caretas. El MACHO empuña un cuerno de toro en la mano. No son grotescas de ningún modo, sino de gran belleza y con un sentido de pura tierra. La HEMBRA agita un collar de grandes cascabeles. El fondo se llena de gente que grita y comenta la danza. Está muy anochecido.

NIÑOS

¡El demonio y su mujer! ¡El demonio y su mujer!

HEMBRA

En el río de la sierra

la esposa triste se bañaba.

Por el cuerpo le subían

los caracoles del agua.

La arena de las orillas

y el aire de la mañana

le daban fuego a su risa

y temblor a sus espaldas.

¡Ay qué desnuda estaba

la doncella en el agua!

NIÑOS

¡Ay cómo se quejaba!

HOMBRE 1

¡Ay marchita de amores!

NIÑO

¡Con el viento y el agua!

HOMBRE 2

¡Que diga a quién espera!

HOMBRE 1

¡Que diga a quién aguarda!

HOMBRE 2

¡Ay con el vientre seco

y la color quebrada!

HEMBRA

Cuando llegue la noche lo diré

cuando llegue la noche clara.

Cuando llegue la noche de la romería

rasgaré los volantes de mi enagua.

NIÑO

Y en seguida vino la noche.

¡Ay que la noche llegaba!

Mirad qué oscuro se pone

el chorro de la montaña.

(Empiezan a sonar unas guitarras.)

MACHO

(Se levanta y agita el cuerno.)

¡Ay qué blanca

la triste casada!

¡Ay cómo se queja entre las ramas!

Amapola y clavel serás luego,

cuando el Macho despliegue su capa.

(Se acerca)

Si tú vienes a la romería

a pedir que tu vientre se abra,

no te pongas un velo de luto,

sin dulce camisa de holanda.

Vete sola detrás de los muros,

donde están las higueras cerradas,

y soporta mi cuerpo de tierra

hasta el blanco gemido del alba.

¡Ay cómo relumbra!

¡Ay cómo relumbraba!

¡Ay cómo se cimbrea la casada!

HEMBRA

¡Ay que el amor le pone

coronas y guirnaldas,

y dardos de oro vivo

en sus pechos se clavan!

MACHO

Siete veces gemía,

nueve se levantaba.

Quince veces juntaron

jazmines con naranjas.

HOMBRE 1

¡Dale ya con el cuerno!

HOMBRE 2

Con la rosa y la danza.

HOMBRE 1

¡Ay cómo se cimbrea la casada!

MACHO

En esta romería

el varón siempre manda.

Los maridos son toros,

el varón siempre manda,

y las romeras flores,

para aquel que las gana.

NIÑO

Dale ya con el aire.

HOMBRE 2

Dale ya con la rama.

MACHO

¡Venid a ver la lumbre

de la que se bañaba!

HOMBRE 1

Como junco se curva.

NIÑO

Y como flor se cansa.

HOMBRES

¡Que se aparten las niñas!

MACHO

¡Que se queme la danza

y el cuerpo reluciente

de la limpia casada!

(Se van bailando con son de palmas y música. Cantan.)

El cielo tiene jardines

con rosales de alegría:

entre rosal y rosal,

la rosa de maravilla.

(Vuelven a pasar dos MUCHACHAS gritando. Entra la VIEJA alegre.)

VIEJA

A ver si luego nos dejáis dormir. Pero luego será ella.

(Entra YERMA.)

¿Tú?

(YERMA está abatida y no habla.)

Dime ¿para qué has venido?

YERMA

No sé.

VIEJA

¿No te convences? ¿Y tu esposo?

YERMA da muestras de cansancio y de persona a la que una idea fija le oprime la cabeza.

YERMA

Ahí está.

VIEJA

¿Qué hace?

YERMA

Bebe.

(Pausa. Llevándose las manos a la frente)

¡Ay!

VIEJA

Ay, ay. Menos ¡ay! y más alma. Antes no he querido decirte, pero ahora, sí.

YERMA

¡Y qué me vas a decir que ya no sepa!

VIEJA

Lo que ya no se puede callar. Lo que está puesto encima del tejado. La culpa es de tu marido, ¿lo oyes? Me dejaría cortar las manos. Ni su padre, ni su abuelo, ni su bisabuelo se portaron como hombres de casta. Para tener hijo ha sido necesario que se junte el cielo con la tierra. Están hechos con saliva. En cambio, tu gente, no. Tienes hermanos y primos a cien leguas a la redonda. ¡Mira qué maldición ha venido a caer sobre tu hermosura!

YERMA

Una maldición. Un charco de veneno sobre las espigas.

VIEJA

Pero tú tienes pies para marcharte de tu casa.

YERMA

¿Para marcharme?

VIEJA

Cuando te vi en la romería me dio un vuelco el corazón. Aquí vienen las mujeres a conocer hombres nuevos y el Santo hace el milagro. Mi hijo está sentado detrás de la ermita esperándote. Mi casa necesita una mujer. Vete con él y viviremos los tres juntos. Mi hijo sí es de sangre. Como yo. Si entras en mi casa, todavía queda olor de cunas. La ceniza de tu colcha se te volverá pan y sal para las crías. Anda. No te importe la gente. Y, en cuanto a tu marido, hay en mi casa entrañas y herramientas para que no cruce siquiera la calle.

YERMA

Calla, calla. ¡Si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver atrás, ni la luna llena sale a mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré. ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme, para que nunca me hables más. Yo no busco.

VIEJA

Cuando se tiene sed, se agradece el agua.

YERMA

Yo soy como un campo seco donde caben arando mil pares de bueyes, y lo que tú me das es un pequeño vaso de agua de pozo. Lo mío es dolor que ya no está en las carnes.

VIEJA

(Fuerte.)

Pues sigue así. Por tu gusto es. Como los cardos del secano. Pinchosa, marchita.

YERMA

(Fuerte.)

Marchita sí, ¡ya lo sé! ¡Marchita! No es preciso que me lo refriegues por la boca. No vengas a solazarte, como los niños pequeños en la agonía de un animalito. Desde que me casé estoy dándole vueltas a esta palabra, pero es la primera vez que la oigo, la primera vez que me la dicen en la cara. La primera vez que veo que es verdad.

VIEJA

No me das ninguna lástima, ninguna. Yo buscaré otra mujer para mi hijo.

Se va. Se oye un gran coro lejano cantado por los romeros. YERMA se dirige hacia el carro y aparece por detrás del mismo su marido.

YERMA

¿Estabas ahí?

JUAN

Estaba.

YERMA

¿Acechando?

JUAN

Acechando.

YERMA

¿Y has oído?

JUAN

Sí.

YERMA

¿Y qué? Déjame y vete a los cantos.

(Se sienta en las mantas)

JUAN

También es hora de que yo hable.

YERMA

¡Habla!

JUAN

Y que me queje.

YERMA

¿Con qué motivo?

JUAN

Que tengo el amargor en la garganta.

YERMA

Y yo en los huesos.

JUAN

Ha llegado el último minuto de resistir este continuo lamento por cosas oscuras, fuera de la vida, por cosas que están en el aire.

YERMA

(Con asombro dramático.)

¿Fuera de la vida dices? ¿En el aire dices?

JUAN

Por cosas que no han pasado y ni tú ni yo dirigimos.

YERMA

(Violenta.)

¡Sigue! ¡Sigue!

JUAN

Por cosas que a mí no me importan. ¿Lo oyes? Que a mi no me importan. Ya es necesario que te lo diga. A mí me importa lo que tengo entre las manos. Lo que veo por mis ojos.

YERMA

(Incorporándose de rodillas, desesperada.)

Así, así. Eso es lo que yo quería oír de tus labios. No se siente la verdad cuando está dentro de una misma, pero ¡qué grande y cómo grita cuando se pone fuera y levanta los brazos! ¡No le importa! ¡Ya lo he oído!

JUAN

(Acercándose.)

Piensa que tenía que pasar así. Óyeme.

(La abraza para incorporarla.)

Muchas mujeres serían felices de llevar tu vida. Sin hijos es la vida más dulce. Yo soy feliz no teniéndolos. No tenemos culpa ninguna.

YERMA

¿Y qué buscabas en mí?

JUAN

A ti misma.

YERMA

(Excitada.)

¡Eso! Buscabas la casa, la tranquilidad y una mujer. Pero nada más. ¿Es verdad lo que digo?

JUAN

Es verdad. Como todos.

YERMA

¿Y lo demás? ¿Y tú hijo?

JUAN

(Fuerte)

¡No oyes que no me importa! ¡No me preguntes más! ¡Que te lo tengo que gritar al oído para que lo sepas, a ver si de una vez vives ya tranquila!

YERMA

¿Y nunca has pensado en él cuando me has visto desearlo?

JUAN

Nunca.

(Están los dos en el suelo)

YERMA

¿Y no podré esperarlo?

JUAN

No.

YERMA

¿Ni tú?

JUAN

Ni yo tampoco. ¡Resígnate!

YERMA

¡Marchita!

JUAN

Y a vivir en paz. Uno y otro, con suavidad, con agrado. ¡Abrázame!

(La abraza.)

YERMA

¿Qué buscas?

JUAN

A ti te busco. Con la luna estás hermosa

YERMA

Me buscas como cuando te quieres comer una paloma.

JUAN

Bésame... así.

YERMA

Eso nunca. Nunca.

(YERMA da un grito y aprieta la garganta de su esposo. Éste cae hacia atrás. YERMA le aprieta la garganta hasta matarle. Empieza el CORO de la romería)

Marchita, marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de cierto. Y sola.

(Se levanta. Empieza a llegar gente.)

Voy a descansar sin despertarme sobresaltada, para ver si la sangre me anuncia otra sangre nueva. Con el cuerpo seco para siempre. ¿Qué queréis saber? No os acerquéis, porque he matado a mi hijo. ¡Yo misma he matado a mi hijo!

Acude un grupo que queda parado al fondo. Se oye el Coro de la romería.

Telón.

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