Los caciques - Carlos Arniches

Los caciques

Carlos Arniches - 1920

Cláusula de uso y representación

Esta obra se encuentra en el dominio público y puede ser representada y adaptada libremente.

Acto I

Sala de despacho en la planta baja de un caserón de pueblo, habitado por gente de buen acomodo. A la derecha, en segundo término, puerta de entrada en comunicación con el zaguán; en primero, puerta de otra habitación. Al fondo, una ventana con reja y una puertecilla que dan al huerto, inundado de sol, y del que se ven arriates henos de flores. A la izquierda, puerta de una hoja, que comunica con habitaciones interiores. Ante esta puerta, una mesa de despacho antigua y un sillón de vaqueta. El resto del mobiliario, adecuado; antiguo, cómodo y fuerte. Un reloj de caja en lugar visible.

Escena I

EDUARDA y DON ACISCLO. Al levantarse el telón aparece la escena sola. A poco se ve por la ventana del huerto a EDUARDA, que viene acongojada, huyendo. La sigue, jadeante y ansioso de amor, DON ACISCLO; ella le rechaza le un empujón y entra indignada en escena por la puertecilla del foro.

EDUARDA

¡No, no!... ¡Por Dios, quieto!... (Huye de él, que entra siguiéndola.) ¡Déjeme usted o demando auxilio! (Toda la escena en voz baja y emocionada.)

DON ACISCLO

¡Es que me tie usté loco!

EDUARDA

Respete usté que soy casada.

DON ACISCLO

¡Y a mí qué me importa!

EDUARDA

¡Qué cínico!... Pero ¿y mi marido? ¿Y su mujer?...

DON ACISCLO

He dicho que no me importa. (Intenta ir hacia ella.) ¡Esos ojos me tien trastornao y...!

EDUARDA

(Con cómica energía.) ¡Atrás!

DON ACISCLO

Pero, Eduardo, si es que...

EDUARDA

(Heroicamente.) ¡Si da usted un solo paso, me secciono la carótida con el raspador!

DON ACISCLO

(Asustado.) ¡Eduarda!

EDUARDA

¡Atrás!... ¡O me ve usted tinta en sangre! (En uno de sus ademanes, mete los dedos en el tintero.)

DON ACISCLO

¿Tinta?

EDUARDA

¡Tinta! (En un ademán trágico, vuelca el tintero.)

DON ACISCLO

¡Por Dios, el tintero!

EDUARDA

¡Nada me importa! ¡Mi honor ante todo!

DON ACISCLO

Pero si yo...

EDUARDA

¡Es usted un miserable!... ¡Estar yo tranquilamente en la huerta cogiendo manzanas, subida a la escalera, y de pronto sentir...! ¡Oh, qué vergüenza! (Llora.)

DON ACISCLO

Es que creí que se caía usté.

EDUARDA

¿Y me iba usted a sujetar con dos dedos? (Acción de dar un pellizco.)

DON ACISCLO

Cuando una persona se cae...

EDUARDA

Cuando una persona so cae, se la sostiene; pero no se la retuerce... ¡Y de dónde se me ha retorcido a mí! Que... ¡Ah, si lo supiera mi Régulo! ¡Oh Régulo, Régulo!

DON ACISCLO

Y usté, Eduarda, ¿por qué no quie ser una miaja complaciente y...?

EDUARDA

(Con altivez.) ¡Basta de indignidades!... Déjeme usted salir.

DON ACISCLO

(Con pasión.) Salga usté; pero no será sin que antes... (Intenta sujetarla para darle un beso.)

EDUARDA

(Rechazándole.) ¡No, nunca!... ¡Socorro! (Le muerde la mano.)

DON ACISCLO

(Retorciéndose de dolor.) ¡Rediez, qué bocao en el dedo! ¡Se me ha comido la yema!

EDUARDA

¡Canalla, seductor! ¡Satírico! (Vase puerta izquierda.)

DON ACISCLO

(Intenta sujetarla antes que se marche.) Eduarda... Eduarda...

(Luchan brevemente. Ella le rechaza y le coge con la puerta la americana, dejándole sujeto. Aterrado.)

¡Atiza! ¡La americana con la puerta!... ¡Cogido por el vuelo!

(Suplicante.)

¡Por Dios Eduarda, abra usté; que estoy cogido! ¡Eduarda!... ¡El vuelo!... ¡Eduarda!...

Escena II

DON ACISCLO y DOÑA CESÁREA, por la primera derecha.

DOÑA CESÁREA

¡Hola, hombre!

DON ACISCLO

¡Mi mujer! ¡Tableteau!

DOÑA CESÁREA

¿D’ande sales?

DON ACISCLO

Pues de ahí, de la...; que venía de...

DOÑA CESÁREA

¿No ibas con doña Eduarda por el huerto?

DON ACISCLO

Sí, con ella iba; que quería unas manzanas.

DOÑA CESÁREA

¿Y qué la dio, que sentí un grito?

DON ACISCLO

Como darla, no la dio na; pero arrimó la escalera, se subió al árbol y de poco se cae.

DOÑA CESÁREA

Pos ya no tie edad pa andarse por las ramas.

DON ACISCLO

¡Toma! Eso la he dicho yo; pero...

DOÑA CESÁREA

(Cambiando el tono irónico por otro más acre y resuelto.) Ni tú tampoco la tienes de andarla a los alcances.

DON ACISCLO

¡Cesárea!... (Se sopla el dedo dolorido.)

DOÑA CESÁREA

¡Que te creerás que no lo estoy notando too!... ¡Así que una es tonta! Te figurarás que me chupo el dedo como tú!

DON ACISCLO

¡Mujer, yo!...

DOÑA CESÁREA

¡Y ten cuidao, no te corte yo los vuelos!

DON ACISCLO

(Aparte.) ¡Ojalá!

DOÑA CESÁREA

¡Que no me dejas una en paz!... ¡Que me ties más reconsumía!... ¡Ahí, agarrao como una rata!... ¿Te paece bonito? (Le zarandea.)

DON ACISCLO

(Avergonzado.) ¡Cesárea!...

DOÑA CESÁREA

(Amenazadora.) ¿Qué debía yo hacer ahora?

DON ACISCLO

¡Pues traerme otra americana u abrir por detrás!

DOÑA CESÁREA

¡Maldita sea!... Y que te coste, que el día que me harte se lo digo a don Régulo, que ya le ties conocío; que eso, por cuestión de celos, le pega un tiro a su familia.

DON ACISCLO

Mujer, después de too, por una broma...

DOÑA CESÁREA

¡Por una broma!... ¡Acisclo, parece mentira que tú, ¡tú!, el dueño, el amo, el rey del pueblo, una persona de tu mando y de tu valer, un hombre al que too el mundo le tie miedo, que haces que se le mude la color a los más templaos...; un hombre que causa un respeto que eriza, ahora, por esa tía cursi..., ahí prendió como un murciélago!... ¡Si alguien se enterara!... ¡Si yo no tuviera prudencia!... (Levanta el pestillo, abre la puerta y deja en libertad a DON ACISCLO.)

DON ACISCLO

Mujer, los hombres semos hombres, Cesárea, y con esto ya está dicho que semos mu poca cosa... Salomón era Salomón, y en cuestión de faldas, u de lo que se llevase en aquel entonces, pues... ya te acordarás que sumó dos mil y pico... Y Napoleón, con ser lo que era..., pues... también se sumaba lo suyo... Conque uno que es una meaja menos..., pues algún sumandillo...

DOÑA CESÁREA

¡Sumandillo, y llevas veintidós en lo que va de mes, y estamos a cinco!

Escena III

Dichos y MORRONES.

MORRONES

(Segunda derecha. Desde fuera.) Ave María Purísima.

DOÑA CESÁREA

¿Quién se extraña?

MORRONES

¿Se pue pasar?

DON ACISCLO

¡El alguacil! Pasa, Morrones.

MORRONES

(Con gran respeto.) ¡Güenos días nos dé Dios; con permiso, de ustés!

DOÑA CESÁREA

Regulares que sean.

DON ACISCLO

¿Qué te trae por acá tan de mañana?

MORRONES

Pos naa, que tengo un desgusto, con premiso de usté, que no sé cómo no le da a uno tiricia.

DON ACISCLO

¿Pues qué pasa?

MORRONES

Pues pasa que don Sabino, el médico; el Perniles y el Garibaldi, pus m'han hecho de venir a molestarle a usté, con permiso de usté, porque quien habíale de no sé qué cosas nómalas y urgüentes; que me lo he tenío que apuntar. (Mira un papel.)

DON ACISCLO

¿Quejas tenemos?

MORRONES

¡Qué sé yo!... Cuatro garambainas... Que si los sueldos, que si el riego, que si la contrebución... Naa, lo e siempre; potrestas.

DOÑA CESÁREA

¡Madre, qué tropa!... Pero si esos protestan de too.

MORRONES

Toma, como que el año, pasao les cayó la Lotería y elevaron una potresta por haberles caído en la de tres pesetas.

DON ACISCLO

Güeno, pues les dices que aguarden, si quieren, que yo voy a tomar el chocolate. Eso si no encuentras alguna razón de las tuyas pa que se vayan.

MORRONES

Yo, si usté lo manda, razones siempre tengo. Les abro, la puerta y les abro la ventana y ellos escogen: u se marchan u los marcho. (Acción de echarlos.)

DON ACISCLO

Déjales, que todavía no es el caso. Pero como me hurguen mucho, les va a doler, ¡por estas! Que esos tres me andan buscando las cosquillas...

DOÑA CESÁREA

¿Y viene con ellos Garibaldi, el republicante ese?...

MORRONES

El mismo. Ahora ice que s'ha sindicao con un garrote que tiene así de gordo.

DOÑA CESÁREA

¡Mala troná en ellos! ¡Valiente gentuza!

(Vanse DON ACISCLO y DOÑA CESÁREA primera derecha.)

Escena IV

MORRONES, DON SABINO, PERNILES y GARIBALDI, por la segunda derecha.

MORRONES

(Desde la puerta.) Que les da a ustés su premiso...; pero pa pasar aquí hay que limpiarse los pies.

DON SABINO

(Entra. Se descubre.) Buenos días.

PERNILES

(Ídem, ídem.) A la paz de Dios.

GARIBALDI

(Pasa sin quitarse el sombrero.) Libertá, fraternidá...

MORRONES

Quítate el sombrero...

GARIBALDI

Igualdá.

MORRONES

Igual da; pero quítatelo. (Se lo quita y lo tira sobre una silla.)

DON SABINO

¿Has tenido la bondad de decirle al señor alcalde...?

MORRONES

Le he dicho lo que le tenía que decir, y dice que si quien ustés esperale, que le esperen; que ahora saldrá...

DON SABINO

Entonces... (Mira como buscando una silla.)

MORRONES

Que ahora saldrá con su señora a dar un paseo y que golverá a la una; pero que ustés hagan lo que sea de su convenencia, que él no se va a privar de sus cosas por naidie.

DON SABINO

Pues esperaremos; ¿no os parece?

PERNILES

¡Qué remedio! Yo no me voy sin que me oiga.

(Van a coger sillas para sentarse.)

GARIBALDI

Ni yo... Le quio presentar al noy del fresno. (Por el garrote.)

MORRONES

(Muy extrañado.) ¿Pero es que se van ustés a sentar?

DON SABINO

Hombre, si es posible...

MORRONES

(Como resignándose.) Güeno; pero cojan ustés taburetes, que las sillas son para los amigos políticos.

PERNILES

Ta bien.

(Se sientan en taburetes.)

MORRONES

(A GARIBALDI.) Y tú, tira ese cigarro; que aquí no se pue fumar.

GARIBALDI

¿Y por qué fumas tú?

MORRONES

No se pue fumar viniendo de vesita. (A PERNILES, que se vuelve a mirar el reloj.) ¿Y tú qué miras?

PERNILES

Hombre, iba a mirar la hora...

MORRONES

¡La hora!... En seguida si fue yo el alcalde iba a tené un reló destapao pa que se aprovechasen d'él los del partido contrario... Mañana lo forro.

GARIBALDI

Lo que debías tú de hacer, aunque seas aguacil y estés amparao por ciertos mandones, es mirarte una miaja más en la atención de las personas que necesitan del monecipio y no avasallar a too Cristo por menos de naa.

MORRONES

Tú lo que vas a hacer es callarte la boca ahora mismo.

GARIBALDI

Y prencipalmente por don Sabino lo he dicho, que es una persona médica y respetable, llena de canas; que uno al remate no es letrao ni muchísimo menos, y anda con Dios, y que le falten a uno, que tan hecho, está uno a trancas como a barrancas.

MORRONES

Tú eres un parlero que hablas más de la cuenta, y si no te callas, te agarro de los cabezones y sales... (Le amenaza.)

GARIBALDI

(Enfurecido.) ¡Prueba y te doy con el noy!...

MORRONES

¿A mí?... (Se dispone a acometerle.) ¡Por vida e...!

Escena V

Dichos y DON ACISCLO, por la primera derecha.

DON ACISCLO

(Autoritario y despótico.) ¿Qué es eso?

MORRONES

Señó alcalde... Era que...

DON ACISCLO

¡Silencio! Anda pa un rincón, que es lo tuyo.

MORRONES

No dejarme... ¡Maldita sia! (Va a sentarse junto a la puerta, refunfuñando.)

DON ACISCLO

(Se va a su mesa y se sienta.) Sentarse.

MORRONES

Y encima les dice que se asienten, ¡le cae usté de güeno! Así le tratan.

DON ACISCLO

A callar. Sentarse he dicho.

LOS TRES

Con permiso.

(Se sientan con cómica rapidez.)

DON ACISCLO

Pues ustés dirán...

(Se levantan los tres como para hablar.)

¡Sentarse he dicho!

(Vuelven a sentarse con mayor rapidez que antes.)

Sé que me quien ustés hablar. Acedo; pero uno a uno y cuidaíto con lo que se dice. Escomenzaremos por usté, don Sabino.

DON SABINO

(Poniéndose en pie.) Como usté mande.

DON ACISCLO

Conque usté dirá qué istentino se le ha deteriorao.

DON SABINO

Pues... nada, señor alcalde, que un servidor de usted...

DON ACISCLO

Por muchos años.

DON SABINO

Por muchos años, sí, señor... Me veo, bien a mi pesar, en la precisión de molestarle respetuosamente, acuciado por las dolorosas necesidades de la vida. Porque, claro, aunque uno es un humilde médico rural, pues tiene uno que comer de vez en cuando; tiene uno que vestir, llamémoslo así; tiene uno que...

DON ACISCLO

Exigencias no faltan, no.

DON SABINO

Las igualas son cortas; las visitas, escasas..., y como el digno Ayuntamiento de su acertadísima presidencia tiene la bondad de adeudarme...

DON ACISCLO

(Agriando mucho más el gesto y dando un golpe en la mesa con una regla; carraspea.) ¡Ejem!...

DON SABINO

(Sobrecogido, trata de dulcificar el concepto.)... nada, siete efímeras y cortas anualidades, que importan la insignificante suma de catorce mil quinientas pesetas; pues yo, agotados todos mis recursos para la vida, me permito elevar a usted una humilde súplica...

DON ACISCLO

(Dando otro reglazo sobre la mesa.) ¡Dita sia!... ¿Y tie usté la frescura de venir aquí con esas quejas?

DON SABINO

¿Cómo la frescura, señor alcalde?

DON ACISCLO

¡La frescura! No quito una letra.

MORRONES

(Enardecido.) No quite usté una.

DON SABINO

Yo creía que elevar una humilde queja...

DON ACISCLO

¡Una humilde queja!... Pero cuidiao que hace falta descaro, don Sabino.

DON SABINO

¡Señor alcalde!

DON ACISCLO

Vamos a ver: ¿Qué le debían a usté en el último pueblo?

DON SABINO

Once anualidades.

DON ACISCLO

¿Y en el anterior?

DON SABINO

Nueve.

DON ACISCLO

¡Y viene usté a estrellarse conmigo, que no le debo más que siete!

DON SABINO

Señor alcalde...

DON ACISCLO

¿Le ha pagao a usté alguno?

DON SABINO

No, señor.

DON ACISCLO

¡No le han pagao los otros y quie que le pague yo!... Pórtese usté bien, debiendo menos que los demás, pa que encima se lo agradezcan con estas exigencias.

DON SABINO

¡Peor me lo agradecen a mí, que no me pagan y encima me maltratan, don Acisclo!

DON ACISCLO

Usté se lo ha buscao.

DON SABINO

¿Yo?

DON ACISCLO

¡Sí, señor, ea! Que si no lo digo, reviento. Usté se lo ha buscao por ser enemigo político mío.

DON SABINO

¿Yo enemigo de usted?

DON ACISCLO

Y encubierto y solapao, que son los malos.

DON SABINO

¡Don Acisclo!

DON ACISCLO

Y le voy a usté a probar su malquerencia, que la tengo conocía en toos los detalles. Aquí, en este pueblo de mi mando, no hay más que dos partidos políticos, ¡dos!..., porque no quiero confusiones; el miista, que es el mío, y el otrista, que son toos los demás; güeno, pues en los dos últimos años se han muerto cinco presonas en el pueblo...; pues toos de mi partido. Y eso no se lo aguanto, yo ni a usté ni a nadie. Conque, u se mueren cinco presonas del partido contrario en el término de dos meses u no cobra usté un real.

DON SABINO

Señor alcalde, es que los otristas no son más que tres.

DON ACISCLO

Pues que se mueran dos veces caa uno.

DON SABINO

Y, además, se cuidan mucho.

DON ACISCLO

Pues se pone usté d'acuerdo con el boticario. Pa too hay recursos. Y como remate, ¿usté cree que estoy yo aquí p'aguantar menosprecios de nadie?...

DON SABINO

¿Menosprecios?

DON ACISCLO

¡Sí, señor, menosprecios!... Va usté a visitar a la mujer del sargento de la Guardia Civil u a la del registrador, y a ellas sellos, jarabes, píldoras, emplastos, sanguijuelas... ¡Viene usté a ver a mi mujer, y manesia fervecente naa más!

DON SABINO

Es que eran distintas las dolencias.

DON ACISCLO

Pamplinas. A mi mujer hay que darla dobles recetas que a too el mundo, tenga lo que tenga; que pa eso es mi mujer.

DON SABINO

Pero si usted permitiera que yo le explicase...

DON ACISCLO

Ni una palabra. De forma que me presenta usté una istancia en papel sellao de tres reales y se la da usté a ese, (Por MORRONES.) que ya sabe lo que tiene que hacer con ella.

MORRONES

Sí, señor.

DON SABINO

Pero...

DON ACISCLO

Otro.

DON SABINO

Señor alcalde, perdone usté que le diga que esto es conculcar la ley.

DON ACISCLO

Está usté errao.

DON SABINO

¿Yo errao?...

DON ACISCLO

Errao completamente. A ver, el veterinario.

PERNILES

(Se levanta.) Servidor.

DON ACISCLO

(Aparte.) Lo de la manesia lo tenía yo clavao en el alma... (Alto.) Expón, Perniles.

PERNILES

Pues yo, señor alcalde, vengo como concejal d'oposición...

DON ACISCLO

Ya sé que eres otrista; no me lo recalques.

PERNILES

A decirle a usté que me se haga justicia; porque lo que están haciendo conmigo los sabuesos de usté es una gorrinada.

DON ACISCLO

Oye, tú... ¡A ver las palabritas que usas, que no estamos en sesión!

PERNILES

Es que hay que hablar claro.

DON ACISCLO

En el Ayuntamiento, las porquerías que quieras; aquí, con urbanidaz.

PERNILES

Es que ya no hay cristiano que aguante esto; que no me dejan vivir; que el tío Marcos, amparao en usté, ha cogío el agua del acequión de las Jarillas pa su molino y nos quita de regar a los que tenemos derecho pa ello.

DON ACISCLO

¡Pero es que él es primo mío, mía tú este!

PERNILES

Más primos somos nosotros, que pagamos y no regamos.

DON ACISCLO

¿Y qué quies decir con eso?

PERNILES

Pues con eso quio decir que antes toos cogíamos buenas calabazas, que es la prencipal cosecha del pueblo; pero hogaño, como no consienten de regar más que a sus amigos de usté, pues resulta que las mejores calabazas son las del partido miista.

DON ACISCLO

Ca partío tie las calabazas que so merece. Si vosotros hubieseis votao lo que yo sus decía, no las habría como las vuestras; pero ya que me hicisteis de perder la elección, calabacines y gracias.

PERNILES

¿Es decir, que voy a mirar yo con sosiego que me se pierdan toas las cosechas?

DON ACISCLO

Tú verás lo que te conviene, Perniles; porque aquí no hay más que dos caminos; u te haces miista u vas a regar cuando estornudes.

PERNILES

¿De moo que la conciencia política...?

DON ACISCLO

Riega con ella.

PERNILES

Güeno, y últimamente, si no me dejan regar, que no me manden el recibo del agua, ¡eso es!

DON ACISCLO

¡Alto allá! Eso es otra cosa. El recibo te lo mandan, porque en la cuenta e regantes resulta un líquido en contra tuya.

PERNILES

¡Pero qué líquido va a resultar si no me dan agua!

DON ACISCLO

No es líquido de humedaz, es de aritmética, y ties que enjugarlo.

PERNILES

Pues si no me dan agua, el otro líquido que lo enjuague el secretario. (Se sienta.)

DON ACISCLO

Eso lo veremos, que tú eres muy altanero, y u pagas u te se embarga, que ya me ties conocío. Otro. A ver, tú, Garibaldi, ¿vienes también sobre alguna protesta?

GARIBALDI

Servidor vengo sobre su cuñao de usté, que me ha tirao dos coces el macho, porque lo tien enseñao a cocear a los republicanos de una manera, que en cuanto se habla de Lerroux, no hay quien pare a su lao.

DON ACISCLO

Yo, en las opiniones políticas del macho, no me puedo meter.

GARIBALDI

Bueno, está bien; eso ya me lo arreglaré yo, porque estoy educando a mi burra de una forma, que de que oiga mentar a La Cierva, de una coz le va a quitar la cabeza a un santo. Pero de camino vengo a hacerle a usté una denuncia.

DON ACISCLO

¿Contra quién?

GARIBALDI

Contra su consabido cuñao, Anastasio Mangola, alias Jaro.

DON ACISCLO

Tú dirás.

GARIBALDI

Pues naa; paso por lo del macho, paso por que sea cartero, paso por que sea cojo siendo cartero y paso por que siendo cojo y cartero no sepa leer ni escrebir; pero por lo que no puedo pasar de nenguna de las maneras es por la forma que tiene de repartir la correspondencia.

DON ACISCLO

¿Qué forma tiene, vamos a ver?

GARIBALDI

Pues naa, que coge las cartas y las deja encima una mesa a la puerta de su casa. Usté va y mira; que hay una carta y que es pa usté, pues deja usté cinco céntimos y se la lleva; que no es pa usté, pues deja usté diez y la coge si quiere. Y cuando se presenta el interesao a reclamar pues le ice: «¡Haber venío antes!».

DON ACISCLO

¿Y qué pero ties que ponerle a eso?... ¡Yo no os entiendo! Estáis clamando día y noche por la libertá y en cuanto un funcionario público sus deja en libertá...

GARIBALDI

Es que queremos libertá con orden y con justicia, que es lo que no hay en este pueblo.

DON ACISCLO

(Airado y dando golpes en la mesa.) ¿Qué estás diciendo?

GARIBALDI

El Evangelio; que hay que icir las cosas como sean.

PERNILES

(Animado por el ejemplo de GARIBALDI.) Sí, señor; que esto es peor que la Inquisición, pa que usté lo sepa.

GARIBALDI

Porque aquí, pa que le dejen respirar a uno y no le quemen la cosecha u le maten el ganao, tie que votar lo que usté quiera y hacer lo que usté quiera y ser esclavo de usté.

PERNILES

U de su señora de usté.

GARIBALDI

U de su otra señora...

DON ACISCLO

(Indignado.) ¡Garibaldi!

PERNILES

U de sus amigos, u de las criás de sus amigos, u de los amigos de sus criás.

GARIBALDI

Pa pagar las contrebuciones, nosotros; pa cobrar, los compinches...; pues no señor ¡Esto no pue ser!

PERNILES

Y no será. Que antes que vivir en este atropello, es mejor echarse por los caminos a pedir una caridá e Dios.

DON ACISCLO

¡Que estáis faltando a la ley!

DON SABINO

(Airado.) Pero ¿qué entiende usté por ley?

DON ACISCLO

Una cosa que me permite poner multas; conque cincuenta duros caa uno. Morrones, avisa a la Guardia Civil.

DON SABINO

¡Que avise a quien le dé la gana: pero hay que acabar con esta ignominia; hay que vivir como seres civilizados, como hombres siquiera; porque cuando se vive hundido en la infamia de una tiranía bestial e ignorante, es preferible la muerte..., cien veces la muerte!... Y hay que luchar...

LOS DOS

Sí, señor.

DON SABINO

Hay que luchar; pero no por unas míseras pesetas perdidas, no; hay que luchar porque el oprobio y la esclavitud en que vivimos es vergüenza para la civilización y ludibrio y escándalo para la patria. ¡Muera el caciquismo!... ¡Muera cien veces!...

LOS DOS

¡Muera!...

(Vanse gritando: «¡Muera!».)

DON ACISCLO

¡Canallas! ¡Granujas!... ¡A la calle!... ¡Me han atropellao! ¡Me han desacatao!... ¡Dan gritos revolucionarios!

MORRONES

(Que ha sacado una escopeta de la primera derecha y quiere ir tras ellos.) ¡Déjeme usté a mí, que les voy a dar cevelización!...

DON ACISCLO

(Conteniéndole.) No; quieto, Morrones...; ahora, no, que es de día y salen de mi casa. (Le quita la escopeta y la esconde.)

MORRONES

¡Eso les vale!... ¡Maldita sia!...

DON ACISCLO

Pero ven acá, vamos a hacer una denuncia por desacato. Los tengo medio año en la cárcel. ¡Por estas!

MORRONES

¡Medio año!... ¡Seis años de cadena perpetua caa uno y no pagan, no sea usté primo!

DON ACISCLO

Es verdá. ¡Seis años! Veinte años..., cuarenta años... (Vase primera derecha.)

Escena VI

CRISTINA y EDUARDA, del huerto. Se levanta la cortina de la ventana y asoma la cara dulce y graciosa de CRISTINA. Por el otro extremo asoma EDUARDA.

CRISTINA

¿No hay nadie?

EDUARDA

Nadie. Pasa, Cristina, pasa.

(Entran de puntillas. CRISTINA trae unas flores en la mano.)

CRISTINA

Tengo miedo que nos puedan oír.

EDUARDA

Pasa, pasa sin temor; siéntate aquí y cuéntamelo todo. ¡Oh, pero quién iba a figurarse que tú...! ¡Habla, hija, había!

(Se sientan.)

CRISTINA

Sí; sí, señora doña Eduarda; es preciso que hablemos, porque yo necesito una persona buena como usté a quien abrirle mi corazón, contándole todo lo que me sucede.

EDUARDA

Claro, así te encontraba yo de triste y de pensativa. ¡Pero cómo iba a imaginar! ¡Oh, tu aventura es una aventura llena de interés, de poesía, de pasión!...

CRISTINA

¡Me ha costado ya más lágrimas!... ¡Si supiera usté...!

EDUARDA

Sigue, sigue..., ¿y dices que se trata de un joven esbelto, de ojos oscuros, fuerte como un pugilista, ágil como un berebere?...

CRISTINA

Sí, señora; es alto, elegante, de ojos grandes, pelo negro, labios finos..., dientes blancos.

EDUARDA

¡Una tontería de moreno, vaya!

CRISTINA

¡Usté no puede imaginarse un hombre más guapo, doña Eduarda!

EDUARDA

Ya lo creo que puedo. Tú no conoces mi fuerza imaginativa. Además, tú te expresas con un calor, que no es que describes, es que fotograbas... Y sigue, sigue...; ¿dices que cuando estabas ahogándote, él, heroicamente, se lanzó al agua?

CRISTINA

Sí, señora; cuando yo estaba ahogándome, de pronto él se tira al agua, coge la botella, llena el vaso, me lo da, bebo un sorbo y me pasa la espina.

EDUARDA

(Con cierto desencanto.) ¡Ah! ¿Pero no fue un naufragio?

CRISTINA

No señora, fue una raspa. Si ya se lo he dicho a usté, sino que usté se ha empeñao que me pasó en el océano, y fue en una fonda.

EDUARDA

Confiesa que en el mar hubiese sido más romántico; pero, en fin, todo es ahogarse. Sigue, sigue.

CRISTINA

Pues, como digo, fue en la fonda del balneario de La Robla, donde yo había ido acompañando a mi tía Constanza. Allí encontré a Alfredo.

EDUARDA

¡Ay! ¡Alfredo! ¡Hasta el nombre escalofría!

CRISTINA

Antes de aquello de la espina había notao yo que aquel joven me miraba con interés y que decía al pasar alguna palabra cariñosa; pero ya desde aquella tarde nos acompañó sin falta en todos nuestros paseos, y al cabo, una noche de luna muy clara, muy clara, después de cenar, fuimos a dar una vuelta por la carretera y se me declaró.

EDUARDA

¡Oh!... Sigue.

CRISTINA

Se me declaró pintándome un amor..., ¡ay doña Eduarda!...

EDUARDA

¿Rosáceo?

CRISTINA

No me acuerdo, porque yo no estaba para colores... Pero ¡qué frases me dijo tan discretas y tan amables!... Y claro, como una, metida en estos poblachos, no ha oído jamás a un joven educado tres palabras cariñosas y bien dichas, pues yo, a medida que me pintaba su cariño, iba sintiendo interiormente una alegría y un temblor que yo no sabía cómo disimularlo.

EDUARDA

¿Y tú qué le dijiste, qué?

CRISTINA

Pues le dije que aquello no podía ser formal, que era que quería burlarse de mí; que; o no podía gustarle...; en fin, todas esas tonterías que dice una mujer cuando quiere decir que sí y no sabe cómo.

EDUARDA

¡Oh, qué cándida ingenuidad!

CRISTINA

Él entonces me contó toda su vida. Y yo no sé, vamos, porque a los hombres no los puede una creer...; pero qué sé yo, se me figuró que aquel me hablaba con un sentir honrao y verdadero. Me dijo, que era pobre, muy pobre.

EDUARDA

¡Pobre!... ¡Qué poemático!

CRISTINA

Que no tenía padres.

EDUARDA

¡Huérfano!... ¡Qué elegíaco!

CRISTINA

Que vivía con un tío.

EDUARDA

¡Vivir con un tío!... ¡Mi ideal!

CRISTINA

Y yo..., pues también le conté mi vida. Le dije que era huérfana como él, que vivía enterrada en esta tristeza de pueblo con un hermano de mi padre que me administraba la fortuna, y que se me figuraba que esto, me tenía amarrada a mis tíos, que querían casarme a su gusto pa que no pudiese escapar de su lao, y que yo tenía ansia de un cariño leal y verdadero que me sacara de esta esclavitud y de estos egoísmos. Él me escuchaba así como emocionao, y luego, con voz temblorosa, me prometió quererme siempre, venir por mí, casarse conmigo, sacarme del pueblo... Yo entonces lloré al oírlo, nos cogimos las manos y..., ¡me da un sofoco recordarlo!...

EDUARDA

¡Dime! ¡Dime!...

CRISTINA

¡Y luego nos dimos un beso!

EDUARDA

¡Oh, un beso!... ¡Ah Cristina, qué recuerdos se despiertan en mí!

CRISTINA

¡Pues ya ve usté si es infamia, al día siguiente de aquella noche tan feliz desapareció del balneario sin despedirse siquiera!

EDUARDA

¡Qué perfidia! ¡Qué ingratitud!...

CRISTINA

Yo lloré sin consuelo. Aquello me pareció una burla. En el hotel se murmuraba que se había ido sin pagar. Yo no hice caso; pero luego caí en la cuenta...

EDUARDA

El que se conoce que cayó en la cuenta fue él.

CRISTINA

Caí en la cuenta de que quizá, arrepentido de haberme engañao, no quiso ni despedirse.

EDUARDA

¡Pobrecilla!

CRISTINA

A los pocos días volvimos al pueblo, aquí me paso estas horas largas llorando y pensando en él. ¿Volverá? ¿No volverá? ¡Las margaritas que yo he deshojado!...

EDUARDA

¡Volverá!; ¡ten esperanza!

CRISTINA

¡No; no volverá, doña Eduarda! Aquello fue una broma con una pobre señorita de pueblo. Como una no sabe expresarse, no tiene modales, ni elegancia, ni nada... ¡Claro, cuesta tan poco engañarnos!... ¡Si viera usté, tengo una rabia y un coraje! ¡Ser una señorita de pueblo!... ¡Me da una pena!... (Llora.)

EDUARDA

Por Dios, Cristina, no llores, no llores; que me estás atormentando cruelmente. (Se levanta.)

CRISTINA

¿Yo?...

EDUARDA

¡Sí, ea!... Quiero también hacerte mi confesión. Me estás atormentando, porque, sábelo de una vez, tu aventura renueva en mi alma el dolor de un episodio parecido.

CRISTINA

Doña Eduarda, ¿qué dice usted?

EDUARDA

Lo que oyes. ¡Qué mujer no tiene su dardo en el corazón!... ¡Ah, esos amores fugitivos, esas poéticas aventuras de unos días, dejan en el alma una huella tan perdurable!... Yo también conocí otro como tu Alfredo. El mío se llamaba Rigoberto. Rigoberto Piñones de Vargas. Como guapo, el Apolo del Belvedere era un Charlot a su lado. Pertenecía a una gran familia valladolisoletana. Tú ya habrás oída hablar de los piñones de Valladolid.

CRISTINA

Muchísimo; sí, señora.

EDUARDA

Era tierno, blanco, suave, apasionado, donjuanesco, arrogante..., y, para colmo, me dijo que era militar.

CRISTINA

¿Pero todo esa sería antes de casarse usted con el señor Blanco?

EDUARDA

¡Ah, claro, hija!; eso fue mucho antes de que yo pusiera los ojos en Blanco. ¡Tú no puedes imaginarte cómo idolatré a Rigoberto! ¡Aquello era la enajenación, el arrebato, el traumatismo! ¡Yo también tengo mi noche de luna, mis promesas ardientes murmuradas en un jardín solitario!... Yo también gusté de la miel de un beso furtivo... ¡Ah Cristina!

CRISTINA

¡También!

EDUARDA

También. Me lo dio en la rotonda, en la rotonda de mi casa. ¡Mamá dormitaba, yo confieme, él incitome... y, al fin, imprimiómelo! ¡Cuánto adorole! Pero ¡con funesta coincidencia!, también el mío, como el tuyo, desapareció un día súbitamente.

CRISTINA

¿Es posible?

EDUARDA

Lo que oyes. Y a poco averigüé, aterrada..., que no se llamaba Rigoberto, sino Exuperio; que lo de los Piñones era una superchería y que lo único que tenía de militar era la licencia absoluta y un gorro de cuartel.

CRISTINA

¡Qué horror!

EDUARDA

¡Qué horror y qué sacrilegio!

CRISTINA

¿Sacrilegio?

EDUARDA

Sacrilegio, sí; porque ¡hay más!...; ¡pásmate, aquel hombre estudiaba para sacerdote!

CRISTINA

¡Jesús!

EDUARDA

Era un ordenado de Epístola, es decir, era un desordenado, porque todo se lo gastaba en juergas. Tuvieron que echarlo del seminario. No te digo más.

CRISTINA

¡Qué desengaños hay en la vida!

EDUARDA

Pues ya lo ves; pasó el tiempo, me casé, soy fiel a mi esposo, y, sin embargo, recuerdo tanto a aquel hombre que cuando mi marido dice por ahí que estamos a partir un piñón, me pongo como la grana...

CRISTINA

¡Lo creo!

EDUARDA

Vamos, Cristinita, vamos hacia el jardín. Necesito aire... Tu relato y mi recuerdo me retraen a rememoraciones que... ¡Ah!...

CRISTINA

(Cogiendo una margarita que lleva en el pecho.) ¿Volverá? ¿No volverá?... Sí, no...; sí, no...

(La va deshojando. Hacen mutis por el jardín.)

Escena VII

CARLANCA y CAZORLA, por la segunda derecha; luego. MORRONES, por la primera derecha. CARLANCA, fino, redicho, vestido con humildad, pero pulcramente. Vienen jadeantes, pálidos, consternados. Hablan con agitación, con ira.

CAZORLA

¡Ay, párate, Carlanca, párate; que no puedo más!

CARLANCA

Y yo vengo con la lengua fuera; pero déjalo, no le hace que reventemos. ¡Hay que ponerlos sobre aviso, tien que saber la gravedad de la cosa!

CAZORLA

¿Quién habrá sido el ladrón?

CARLANCA

¡No sé; pero el que haiga sido, míalas, si no me las paga con su sangre!... Llamemos.

CAZORLA

¡Ay, qué disgusto más horrible! ¡Ay, en cuanto se entere don Acisclo!...

CARLANCA

Cae en una apoplejía. ¡Pero ni pa unto va a servir el que tenga la culpa! ¡Lo asesino!... (Llamando.) ¡Ave María Purísima!...

CAZORLA

¡Ay Carlanca, no llames; que yo no tengo valor pa darles el trago!

CARLANCA

No hay que perder tiempo. Sería peor. ¡Pero déjate, que al causante, mal rayo si no le clavo la faca en las entrañas!... (Volviendo a llamar.) ¡Alabao sea Dios!

MORRONES

(Saliendo primera derecha.) ¿Quién?

LOS DOS

Morrones... (Le coge cada uno de un brazo.)

MORRONES

¡Señor Cazorla! ¡Carlanca!...

CAZORLA

¿Y el señor alcalde?

MORRONES

Pero ¿qué pasa que vienen ustedes más blancos que un papel?...

CAZORLA

¡Pues pasa que el mundo se nos viene encima!

MORRONES

¡Mi madre!

CARLANCA

Que ya puedes ir escogiendo el presidio que te guste más.

MORRONES

Recontra; ¿pero va en serio?

CAZORLA

El Evangelio es una chirigota comparao con lo que acabas de oír.

MORRONES

Pero...

CARLANCA

Arrea, avisa a don Acisclo y a la señá Cesaria que salgan a escape.

MORRONES

(Inicia el mutis.) Voy, voy...

CARLANCA

(Deteniéndole.) ¡Ah, escucha!...; para que no se asuste así, de pronto, dile que no es nada; pero que se traiga el revólver, por si acaso.

CAZORLA

Eso. Y añádeles que la cosa no tiene importancia; pero que si no está el médico, que lo avisen.

MORRONES

Bueno. (Va a marcharse.)

CAZORLA

(Vuelve a detenerlo.) Oye..., y manda, como cosa tuya, que hagan una meaja de tila.

MORRONES

¿Pa cuántos?

CAZORLA

Kilo y medio. Arrea. (Vase primera derecha.)

CARLANCA

¡Pobre don Acisclo!

CAZORLA

Bueno, y si al decírselo se nos muere, ¿qué hago?

CARLANCA

Pues en cuanta le veas con síntomas así como pa entierro, te callas.

CAZORLA

¡Pero, Dios mío! ¿Quién habrá sido el delator?

CARLANCA

Yo lo sabré y ¡ay de él! ¡Iremos a presidio; pero le rajo! ¡Por de contao!

CAZORLA

Calla, que salen.

Escena VIII

Dichos, DOÑA CESÁREA y DON ACISCLO, por ir primera derecha.

DOÑA CESÁREA

¿Qué pasa?

DON ACISCLO

¿Qué ocurre, qué dice Morrones, que dicen ustés...?

DOÑA CESÁREA

¡Madre, qué caras!

DON ACISCLO

¿Se nos ha quemao la parva?

DOÑA CESÁREA

¿S'ha muerto el ganao?

CARLANCA

¡Peor!

DOÑA CESÁREA

¡Peor!

DON ACISCLO

Hablen ustés, que m'ahogo de angustia. ¿Qué es lo que pasa?

CAZORLA

¡Ay don Acisclo, en diez años que llevo al frente de la secretaría de este Ayuntamiento, nunca le he dado a usted un mal disgusto!

DON ACISCLO

Sí, bueno, ya la sé; pero...

CAZORLA

Cuando se le murió a usted su suegra, pa evitar que usted se afligiese, le dije que era la mía; así yo me hacía la ilusión y usted no se disgustaba.

DOÑA CESÁREA

(Impaciente.) Bueno; pero ahora, ahora...: ¿qué es lo que pasa ahora?

CARLANCA

Pues ahora pasa que les tenemos que dar a ustés el desgusto más grande de su vida.

DON ACISCLO

¡Canastos! ¿Y si es un desgusto, por qué no se lo dan ustés a otro?

CAZORLA

Es intransferible, don Acisclo; si no a estas horas ya se lo había yo dao al señor cura u a otro amigo de confianza.

DON ACISCLO

¡Pues venga, venga, por Dios, lo que sea!

DOÑA CESÁREA

¿De qué se trata?

CAZORLA

Pues verán ustedes. Estaba yo en el Ayuntamiento, con aquel expediente que me dijo usté que lo estudiase para ver cómo podíamos dejar de resolverlo, cuando en esto llega una carta pa usté, y como usté me tiene autorizao pa abrirlas, la abro, la leo y me caigo redondo.

DON ACISCLO

¿De quién era?

CARLANCA

De don Demetrio.

DON ACISCLO

¿De nuestro antiguo diputao?

CAZORLA

El mismo. Aquí está.

DON ACISCLO

¿Y qué dice?

CAZORLA

Oiganla ustedes, si tienen valor, y juzguen de mi espanto.

LOS DOS

A ver, a ver...

CAZORLA

(Leyendo.) «Señor don Acisclo Arrambla Pael. Mi querido Acisclo: Si no tienes agua de azahar en casa, no empieces la lectura de esta carta».

DON ACISCLO

¿Tenemos?

DOÑA CESÁREA

Creo que sí. Sigue, Cazorla.

CAZORLA

(Lee.) «Porque tu corazón municipal y patriota va a sufrir el más terrible de los golpes».

DON ACISCLO

¡Golpes a mí!...

CAZORLA

(Leyendo.) «Cuando yo tenía vuestra representación en Cortes, tu gestión al frente del Municipio estaba garantizada, pero desde que los otristas me arrebataron el acta, dándosela a ese imbécil de García Moyuelo, que una terrible amenaza se cernía sobre vosotros...».

DOÑA CESÁREA

¡Amenaza!...

DON ACISCLO

¡Rediez!

CAZORLA

(Lee.) «Y esta amenaza va a realizarse al fin».

DON ACISCLO

¡Pero qué es! ¿Qué amenaza es esa?

CARLANCA

¡Tenga usted valor, don Acisclo!

CAZORLA

(Leyendo.) «A petición de algunos elementos de ese pueblo, García Moyuelo ha solicitado del presidente del Consejo de ministros, enemigo acérrimo del caciquismo, que se envíe un delegado con órdenes severísimas...».

DON ACISCLO

¡Santo Dios!

CAZORLA

(Leyendo.) «Para que inspecciones tu gestión administrativa durante los dieciocho años que llevas al frente de ese Municipio».

DON ACISCLO

(En el olmo del furor.) ¿Investigarme a mí?... ¿Pero quién manda eso?... ¿Pero qué ladrón se va a atrever a eso?...

DOÑA CESÁREA

Calma, Acisclo, calma, deja que siga. ¡Alante!...

CAZORLA

(Lee.) «Aseguran que ese Ayuntamiento es una cueva de ladrones».

DON ACISCLO

¡Cómo ladrones!... ¿Pero dice ladrones?

CAZORLA

Con todas sus letras. Mire usté (Le muestra la carta.)

DON ACISCLO

(Leyéndolo.) ¡Ladrones nada más!... ¡Digo, nada menos!

CAZORLA

(Lee.) «El delegado que os envía, hombre enérgico y resuelto, ha prometido al ministro que, o le rendís cuentas hasta el último céntimo, u os trae a Madrid atados codo con codo».

TODOS

¡Codo con codo!

CAZORLA

(Leyendo.) «Uno de estos días enviarán al pueblo una sección de la Guardia Civil, para apoyar la gestión del delegado».

DOÑA CESÁREA

¡Santo Dios!

CARLANCA

¡La Guardia Civil!

DON ACISCLO

¡Qué infamia!... (Con sonrisa sarcástica.) ¡No dejarle venir solo!

CAZORLA

(Leyendo.) «Yo, enterado de la cosa por una confidencia secreta, me he creído en el deber de avisarte para que os preparéis, y como yo sé que tú llevas los libros de una forma especial, como persona que sabe muy bien lo que se lleva, te aconsejo un procedimiento expeditivo: quema los libros o quema el Ayuntamiento».

DON ACISCLO

¿Y si quemáramos las dos cosas?

CARLANCA

¡Es una idea!

CAZORLA

(Leyendo.) «Y por último, vigilad sin descanso. El delegado y su secretario llegarán a esa de incógnito. Quieren sorprendernos. Quizá estén ya entre vosotros».

MORRONES

¿Entre nosotros?... (Mira por todos los rincones.)

CAZORLA

(Acabando de leer.) «Calma y astucia, ¡Maura, no!... Tuyo siempre, Demetrio Sánchez Cunero».

DON ACISCLO

(En el colmo de la ira.) ¡Ay Cesaria, que me ahogo, que me siento morir!

DOÑA CESÁREA

¡Ladrones, canallas, granujas!

DON ACISCLO

¡Quieren mi perdición!... ¡Infames! ¡Asesinos! ¡Treinta y dos años haciendo en este pueblo lo que me ha dao la gana, y no tenerse en cuenta esta antigüedad! ¡Ay, darme agua!... ¡Me rechinan los dientes! ¡Me retuerzo de coraje! (Le dan convulsiones de ira.)

DOÑA CESÁREA

¡Por Dios, Acisclo, no te pongas de esa forma!

CARLANCA

¡Por Dios, señor Alcalde! Calma. Fúmese usted un cigarro. (Se lo da.)

CAZORLA

Desabrocharlo..., hacerle aire.

DON ACISCLO

¡Investigarme a mí!... ¿Yo codo con codo?... Antes asesino, machaco, trituro, incendio...

DOÑA CESÁREA

Sujetarlo, que voy a hacerle tila. (Vase por la izquierda.)

Escena IX

Dichos, menos DOÑA CESÁREA.

MORRONES

¡La Guardia Civil!

DON ACISCLO

(Aterrado.) ¿Dónde?

MORRONES

Digo que la Guardia Civil es lo que más me ha ofendío a mí.

CARLANCA

(Iracundo.) ¡No asustes sin motivo, so animal!

DON ACISCLO

¡Hay que quemar los libros!

CARLANCA

Pero si los quemamos, es posible que vayamos a la cárcel.

CAZORLA

¡Pero si no los quemamos, es seguro!

DON ACISCLO

¡Sí, hay que incendiarlo, arrasarlo, quemarlo too!... Darme fuego... ¡Yo lo quemo too!... ¡Darme fuego!...

MORRONES

¡No, por Dios!...

DON ACISCLO

Liarme fuego, hombre, que estoy muy nervioso y quiero fumar.

CAZORLA

¡Ah, buena!...

(Le dan una cerilla cada uno.)

DON ACISCLO

¿Hacerme esto a mí?... Yo, que ha llegao una Nochebuena, y capones al ministro, tortas al subsecretario, leña al director general...

CARLANCA

¡Ya les daría yo capones, pero no de pluma!

CAZORLA

Bien, dejemos fruslerías; no hay que perder tiempo. Vamos a pensar rápidamente lo que nos conviene hacer.

DON ACISCLO

Bueno, total: ¿en qué renuncio puen cogernos?

CARLANCA

En casi naa.

CAZORLA

Lo más dudoso es lo de la cárcel. Ya sabe usté que había catorce presos con una consignación de dos pesetas, que en total eran veintiocho diarias. Un día los cogió usté a todos, los dejó en libertad...

DON ACISCLO

Sí, y me se olvidó suprimir la consignación el primer año... y los demás años, pues pa que no creyesen que había sío de mala fe..., lo fui cobrando y...

CARLANCA

¡Una distracción cualquiera la tiene, señor!

CAZORLA

También es grave lo del monte de las Jarillas, que es del procomún, y este pidió el aprovechamiento que era del pueblo, pa fundar, con el producto, un asilo de ancianos... Y el aprovechamiento, pues se ha aprovechao; ahora, que el asilo...

DON ACISCLO

Sí, hombre, sí; que no pue estar uno en too y me distraje...

CARLANCA

¡Ancianos, ancianos!... ¡Pa lo que van a vivir!...

CAZORLA

Porque lo de que estén cerradas las escuelas hace ocho años, no creo yo que...

CARLANCA

¡Eso qué le importa a nenguno!...

DON ACISCLO

¡Pa qué que nadie saber leer en este pueblo, si lo único que hay que leer son los rótulos de las calles y cuatro o cinco números atrasados de La Lidia, que tie el sacristán!...

CAZORLA

Pues claro, porque yo creo que tengamos sin pagar al médico siete años y doce sin abonar naa a la Diputación, y que los fondos pa enseñanza... y el aprovechamiento de riegos... cuatro tonterías...

CARLANCA

Too eso, naa... ¡Espuma de virutas, que dijo Maura!

CAZORLA

¡Y que se vean toos los Ayuntamientos de España, a ver si están mejor!...

DON ACISCLO

(Con resolución.) Bueno, de toos modos hay que prevenirse. Pa las ocasiones son los hombres. Verán ustés cómo lo arreglo yo too en dos boleos. Morrones.

MORRONES

Mande usté.

DON ACISCLO

En ti confío.

MORRONES

Un perro.

DON ACISCLO

Márchate inmediatamente y búscame catorce hombres que quieran ir a la cárcel por tres pesetas diarias, con oción a escoger los delitos que más les gusten. Cuasi toos con caras de criminales...

MORRONES

Está bien.

DON ACISCLO

En seguía me sacas de donde los haiga nueve ancianos. De ambos sexos los nueve. Y sobre la marcha, sea como sea, te haces con veinticuatro chicos, de los cuales doce u catorce sean chicas.

MORRONES

Catorce presos, nueve ancianos, veinticuatro chicos; que varias sean chicas... Descuide usté. Dentro de media hora estoy aquí con too el ganao. (Vase por la segunda derecha.)

DON ACISCLO

Hala..., vuela...

CAZORLA

Lo malo es que no tenemos ningún chico que sepa leer.

DON ACISCLO

No importa.

CAZORLA

¿Y si quieren examinarlos?

DON ACISCLO

Pues se le dice a la señá Társila, la mujer del sacristán, que les enseñe a uno u dos cuatro torías de Historia, cuentas y pamplinas de esas; les pregunta usté que ancle están las montañas de Navarra, y muy brutos tien que ser pa no decirle a usté que en Aragón. Y despachaos.

CARLANCA

¡Si se pudieran arreglar los libros tan fácilmente!...

DON ACISCLO

Too se andará; deje usté descansar al macho.

Escena X

DON ACISCLO, CARLANCA, CAZORLA y DON RÉGULO, por la segunda derecha.

DON RÉGULO

(Entrando.) Señor Alcalde... Señores...

DON ACISCLO

¡Don Régulo!

DON RÉGULO

Vengo explosivo, la indignación me corroe, me crispa la ira...

DON ACISCLO

¿Se ha enterao usté?

DON RÉGULO

De todo. Es una indignidad le que ese gobierno centralista y canallesco quiere cometer con nosotros.

CARLANCA

¡Quieren investigarnos!

CAZORLA

¡Ajustarnos las cuentas!

DON RÉGULO

¡Las cuentas!... ¡Jamás mientras yo viva en este pueblo! Un caballero español y cristiano no tolera semejante bochorno.

CAZORLA

Muy bien.

DON ACISCLO

Y luego, que aparte de lo de caballero y de lo de cristiano, si se enteran que cobra usté come, matrona do consumos, era otro bochorno.

CARLANCA

¡Desconfiar de nosotros!

DON RÉGULO

No debemos tolerarlo. Somos los nietos de los Comuneros, y el que tiene en su escudo el león rampante de Castilla y seis rodelas en campo de azur, no se deja investigar.

DON ACISCLO

¿Y qué haríamos? ¿Usté qué opina?

DON RÉGULO

Déjenme ustedes a mí. Que venga ese delegado. Ya saben ustedes que yo le pego un tiro a una mosca a veinte metros. Viene, examina los libros y en cuanto haga una multiplicación que no nos convenga le mando los padrinos. Cuestión de honor.

CARLANCA

¡Eso es ser un caballero!

DON RÉGULO

A un hidalgo español no hay quien le ajuste nada. Al menor recelo, a la más leve sospecha le cruzo la cara.

CAZORLA

La verdad es que usté con la pistola en la mano...

DON RÉGULO

Acuérdense ustedes de mi duelo con Menéndez, el teniente de la Guardia Civil. Se permitió mirar malévolamente a mi Eduarda y le tuve cojo medio año de un balazo en el peroné.

DON ACISCLO

Sí, vamos; pero por cosa de mujeres, no...

DON RÉGULO

(Saca una pistola.) ¿Quieren ustedes que machaque aquella avispa que acaba de pararse en el marco del reloj?

CARLANCA

No, hombre, por Dios; no hace falta.

DON RÉGULO

(Se guarda la pistola.) Está bien. Pues ya lo saben ustedes; no hay que intimidarse. Unámonos ante el enemigo común. Unámonos y seremos fuertes. La force premier que le droit.

CAZORLA

Eso lo he leído yo en alguna parte.

DON RÉGULO

En los hongos. Unámonos y podremos hacer lo que nos dé la gana, que es para lo que se une todo el mundo. Aprendamos de las sencillas lecciones de las cosas más nimias ¿Qué es un grano de arroz por sí solo?... Nada; pero junta usté muchos granos, adiciona un pollo y paella... Pues imitemos el ejemplo del arroz, y uniéndonos como sabrosos granos, no seremos pa ella, pero seremos pa nosotros. La unión fait la force. De otro hongo.

LOS TRES

Muy bien.

DON ACISCLO

Tiene usté razón.

DON RÉGULO

Y últimamente, para cuando se me acabe la razón, me queda la puntería. Yo soy un caballero, no una cocinera, ¡Yo no me dejo ajustar cuentas!

Escena XI

Dichos y DOÑA CESÁREA, por la izquierda.

DOÑA CESÁREA

¡Ya están ahí!... ¡Ya han venío, ya han venío!

DON ACISCLO

¿Quién?

DOÑA CESÁREA

El delegao y su secretario.

DON ACISCLO

¿Qué dices?

DOÑA CESÁREA

¡Lo que oyes!

DON ACISCLO

¡Mi madre!

DON RÉGULO

¡Ánimo!

CAZORLA

¡Lo ve usté!

DOÑA CESÁREA

Están en el Hotel Anastasia.

DON ACISCLO

¿Cómo lo sabes?

DOÑA CESÁREA

Pues por la Jesusa, que mandola a la fonda ande tiene sirviendo a su sobrina pa que se enterara, y l'han dicho que acaban de llegar dos forasteros. El uno mu bien vestío y más joven, y el otro, ya entrao en años, pero elegante también.

DON RÉGULO

¡Ellos son!

DOÑA CESÁREA

A más, ha dao la coincidencia que no haría una hora que estaban en el pueblo esos dos señores cuando han llegao ocho parejas de la Guardia Civil.

CAZORLA

Pues ya no hay duda.

CARLANCA

¡La Guardia Civil!

DOÑA CESÁREA

Y creo que el teniente ha ido en seguida a saludar a los forasteros.

CARLANCA

No diga usté más. ¡Ellos son!... ¡Codo con codo!...

DON ACISCLO

¿Y qué señas tienen?

DOÑA CESÁREA

Pues el delegao creo que es un señor muy delgao, y el que no es delegao también es delgao, pero no tanto. Parece que s'han metío en el cuarto y que tratan de esquivar que la gente los vea.

DON ACISCLO

¡Ah, traicioneros!

CAZORLA

Quieren cogernos desprevenidos!

DOÑA CESÁREA

Creo que de que han llegao, han pedío dos jarros de agua. Se supone que pa lavarse.

CARLANCA

¡Qué raro, lavarse por la tarde!

DOÑA CESÁREA

La Jesusa ha avertío a la Anastasia, de mi parte, que los vigilen, y allí está de guardia.

DON RÉGULO

Bien hecho. Y yo, si a ustedes les parece, voy a organizar hábilmente el espionaje, y en cuanto sepa tanto, así de interés, vengo a enterarles en un vuelo.

DON ACISCLO

Bien pensao. Vaya usté a ver qué averigua.

DON RÉGULO

Hasta ahora.

DOÑA CESÁREA

Salga usté por la puerta del callejón.

(Vanse los dos por la izquierda.)

Escena XII

Dichos y MORRONES, por la segunda derecha.

MORRONES

Señor Alcalde...

(Forman todos un grupo y discuten en voz baja. DON ACISCLO se acerca a MORRONES.)

DON ACISCLO

¿Has hecho mi encargo?

MORRONES

Si, señor.

DON ACISCLO

¿Traes presos, viejos y niños?

MORRONES

Traigo una muestra de caa cosa.

DON ACISCLO

¿Pues?

MORRONES

Presos no encuentro, Ni por seis pesetas quie ir nadie a la cárcel.

DON ACISCLO

¡Qué canallas!... ¡Con las veces que han estao de balde!

MORRONES

Por fin, he convencío a dos, por nueve pesetas uno con otro, que no sé si servirán pa creminales...

DON ACISCLO

¡A nueve pesetas la pareja! ¡Cómo se ha puesto too!... ¡Abusones!

MORRONES

De ancianos tampoco hay abundancia con esto de la gripe; pero verá usté luego lo mejor que he encontrado. Y los chicos me los está recogiendo mi mujer. Le he dicho que los pague a seis pesetas la media docena... Ya tenía nueve cuando me he venío; pero los nueve de ambos sexos, como usté quería.

DON ACISCLO

Bueno, aguarda ahora, y vosotros venir p'acá. (Los lleva aparte.) Vosotros sois mis pies y mis manos. Tú eres la estucia, tú el valor. Ya estamos solos. Semos hombres. Hay que echar el corazón por la boca. Con esos delegaos hay que hacer algo..., pero algo radical, ¿me expreso?

CARLANCA

Tengo lo mío.

DON ACISCLO

¿Qué?

CARLANCA

Cojo la manta y el retaco, me aposto esta noche detrás de una esquina, y... (Acción de disparar.)

DON ACISCLO

¡Chis! Esos procedimientos son mu antiguaos.

CARLANCA

Mu antiguaos, pero de requiescat in pace.

DON ACISCLO

Otra cosa, otra más... (Pensando.) ¡Más de ahora!

CARLANCA

¿Y meterles un perro rabioso en el cuarto de la fonda?

DON ACISCLO

Hombre, eso no me acaba a mí de disgustar; tie cierta novedá y no cae en el Código.

CAZORLA

No cae, pero tropieza. Abandonemos lo delictivo, señor alcalde. ¡Yo, yo tengo el único procedimiento!

DON ACISCLO

Venga.

CAZORLA

No nos engañemos; si esos hombres investigan de veras, vamos a la cárcel. De forma que yo que usted, lo que hacía era sobornarlos. Esto es vulgar, pero seguro. Dinero..., agasajos..., obsequios..., discursos..., músicas, cohetes, comidas...

DON ACISCLO

Ties razón... Es lo más prudente.

CAZORLA

Que les conviene el unto y se van..., ¡vayan con Dios! A enemigo que huye... usted lo pase bien. ¡Que no se van..., ahí de mi ingenio!

DON ACISCLO

¿Qué piensas?

CAZORLA

Es mi secreto. Pero si no se van, yo les juro a ustedes que buscaré quien les haga marcharse a uña de caballo, dejándose aquí el dinero que les haya usted dado, los obsequios y quizá la piel; y todo sin responsabilidad nuestra.

DON ACISCLO

¿De veras?

CAZORLA

¡Palabra! ¡Me juego la vida! ¡Por estas! ¡Ya lo tengo medio maquinao!

DON ACISCLO

¡Eres mu grande, Cazorla! ¡Digno de mí!

CARLANCA

¡Qué hombre! ¡Y no tener una mala condecoración!

DON ACISCLO

Deja, que too se andará.

Escena XIII

Dichos y DON RÉGULO, por la segunda derecha.

DON RÉGULO

Señores..., señores...

DON ACISCLO

¿Qué pasa?

DON RÉGULO

¡El delegao que viene!

LOS TRES

¡Que viene!

DON RÉGULO

Que viene hacia aquí. Preguntó en la fonda las señas de usted, y él y su secretario se dirigen a esta casa.

DON ACISCLO

Pos hay que prepararse. Voy a arreglarme un poco. (Llamando.) ¡Morrones!

MORRONES

(Del huerto.) Mande usté.

DON ACISCLO

Ahí tenemos a esos tíos..., aguárdalos aquí y me pasas el recao...

(Suena una campanilla.)

DON RÉGULO

Ya están ahí, ya están ahí.

DON ACISCLO

Toos dentro. Que esperen.

CAZORLA

Dinero, amabilidad, agasajos..., ¡y luego!... (Gesto malicioso.)

DON ACISCLO

Sé lo que hay que hacer, descuida... Adentro.

(Vanse los cuatro por la primera derecha.)

Escena XIV

MORRONES, PEPE OJEDA y ALFREDO.

PEPE

(Asomando por la segunda derecha.) ¿Da vuecencia su permiso?

MORRONES

Pasen ustés alante.

ALFREDO

Felices y municipales.

PEPE

¿Tengo el honor de estrechar la diestra (Le da la mano.) del señor alcalde de este excelentísimo...?

MORRONES

No, señor; soy el alguacil, Ustaquio Morrones, pa servir a usté y la compaña...

PEPE

¡Hombre, Morrones!...

MORRONES

Sí, señor.

PEPE

¡Ya decía yo que usted me parecía algo municipal! ¿En qué Ayuntamiento no hay morrones?

MORRONES

(Muy sonriente.) Sí, señor, sí...

PEPE

Pues nosotros deseábamos entrevistarnos con el señor alcalde de esta muy noble, muy muy invicta, muy leal y muy calurosa villa. ¡Porque cuidado que hace aquí calor, mi estimable y discreto, alguacil!

ALFREDO

¡Y cuánta mosca tienen ustedes, caramba!

MORRONES

¿Usted ve que hay tantas?... ¡Pues cuasi toas son nacías en el pueblo!

PEPE

¡Claro, las forasteras no tienen sitio!

MORRONES

Poco.

PEPE

Pues si usted nos hiciera el obsequio de avisar al señor alcalde... y decirle que deseamos...

MORRONES

Con muchísimo gusto. Aguarden ustés unas miajas. (Vase por la primera derecha, después de hacer una gran reverencia.)

Escena XV

PEPE OJEDA y ALFREDO.

ALFREDO

¡Ay, tío! Estoy que no respiro.

PEPE

¡Por Dios, Alfredo, cálmate, que tienes una cara de asustao que va a comprometernos!

ALFREDO

Es que si esto nos sale mal...

PEPE

¡Qué va a salimos!

ALFREDO

Estoy temblando.

PEPE

Confía en mí. Ya no es hora de retroceder. ¡Adelante! Audaces fortuna juvat.

ALFREDO

Sí, pero ahora que me veo aquí, tengo un pánico...

PEPE

Además, ¿tú no me has asegurao que la chica te quiere?

ALFREDO

Hombre, yo creo que sí...

PEPE

¿Entonces...?

ALFREDO

Pero es que tengo entendido que ese don Acisclo es una mala bestia, y en cuanto averigüe que soy un pelafustán, sin dos reales, que vengo con la pretensión de casarme con su sobrina, que es muy rica, según mis referencias... ¡Yo creo que nos mete en la cárcel!...

PEPE

¡En la cárcel! ¡No cabemos!... Ya te he dicho que confíes en mí. Para algo te acompaño. Con que la chica te quiera, que ella te quiere, tuya ha de ser, haga el tío cuanto se le antoje.

ALFREDO

Es que a mí, se lo juro a usted, me molesta sobre todas las cosas la idea de que nadie pudiera imaginar que es una codicia vergonzosa la que me impulsa a esta aventura. Yo quiero a esa muchacha porque es bonita, porque es sencilla, porque es buena. Su recuerdo es una alegría en mi corazón. Nada me importa lo que tenga, ni para nada pensé en su dinero, hasta el punto que lo único que me aflige y me asusta ahora es que alguien, y aun quizá ella misma, pudiera creer que soy un señorito tramposo que viene a explotar la candidez y el amor de una muchacha de pueblo para salvarse con su fortuna. No, eso no, tío, ¡eso no lo quiero!

PEPE

¡Poco a poco, Alfredito!... Es que esa indignidad tampoco la apadrinaría yo. Tu limpio linaje no cede al mío en limpieza; que si la Cerda fue tu familia, la Cerda fue la mía. ¡Quieres nada más limpio! Ahora que yo he venido aquí acompañándote porque considero necesario subrayar tu romántico amor con una línea sutil de practicismo; porque yo entiendo que tú eres tan rico como la muchacha.

ALFREDO

¿Yo?

PEPE

Sí, señor, tú. Porque en los tiempos que corremos todo hay que capitalizarlo. Y a la fortuna de la chica yo oponga la tuya, no menos grande.

ALFREDO

¿Pero qué está usted diciendo?

PEPE

Una realidad como un rascacielos; porque si don Acisclo administra a esa bella joven fincas urbanas, predios rústicos y sumas en metálico, es decir, una fortuna sustantiva, yo en cambio administro lo que pudiera llamarse tu fortuna estética, es decir, tu figura arrogante, tu belleza masculina...

ALFREDO

¡Tío!

PEPE

Tu belleza masculina, que estamos solos; aunque esto te lo digo yo a ti en la plaza de toros, si se tercia. Tus atractivos personales, tu juventud, tu simpatía, tu elegancia.

ALFREDO

¡Pero, tío!...

PEPE

Elegancia. Porque no tiene nada que ver que no hayas pagado el traje. Y todas estas prendas que se manifiestan en ti, constituyendo un tesoro interno, externo y aun medio, pensionista... ¿no son nada?

ALFREDO

Por Dios, tío, ¡eso son fantasías!...

PEPE

¡Cómo fantasías! Tu fortuna es tan positiva como la de ella y más privilegiada. ¡La belleza es la gloria de los dioses! Veinticinco mil pesetas las tiene cualquiera. Una mirada dulce, horadante y revoloteadora es privilegio de los elegidos... El bello Narciso, Paris, Ulises, tú, La Cierva y dos o tres más... ¡De modo que estamos a ellas!

ALFREDO

Bueno; pero si tú le dices al tío todo eso...

PEPE

¡Ah, no; eso, no! No soy tan indiscreto. Al tío le diré lo que nos dijo Menéndez; que venimos a adquirir una gran finca rústica para la implantación de un enorme negocio de avicultura, ideado por mí, y que consiste en la cruza de loros con palomas mensajeras, con el fin de que estas puedan dar los recados de palabra.

ALFREDO

Eso es.

PEPE

Y que queremos establecer aquí grandes criaderos lorocolombófilos. Mientras, tú te pones al habla con la chica..., y veremos lo que se presenta.

ALFREDO

Bueno, es que yo pienso que, como no tenemos un real, si no podemos pagar la fonda, pues dentro de dos días...

PEPE

Chis. No te importe. Todo se resolverá. El acaso no desatiende a los bienintencionados.

ALFREDO

Y diga usted, tío: ¿no hubiese sido mejor lo que yo me proponía? Haber solicitado una ocupación, tener trabajo y luego haber venido...

PEPE

¡Por Dios, Alfredo!... ¡Trabajar!... ¡No insistas, caramba! No me hables a mí de trabajo. Nada de propósitos antiprogresivos. Fíjate en las aspiraciones del proletariado universal. Ahí tienes las trade unions de Inglaterra, los sein feiner, los forein besteblat, L'internationel y todas las grandes colectividades societarias; todas las grandes masas obreras uniéndose para no hacer nada o para hacer lo menos posible... ¿Y vamos ahora nosotros (hombres cultos) a volver la cara a las corrientes modernas?... ¡De ningún modo!... ¡Trabajo, no!

ALFREDO

Sí, bueno, tío; pero es que si no trabajamos...

PEPE

Tú observa cómo a medida que la gente es más progresiva y más culta, ¡quiere trabajar menos y ganar más!... Pues bien, yo, absolutamente identificado con este noble propósito societario, pretendo ir de un salto a su absoluta consecución. Yo no trabajaré ni tanto así hasta que se logre la triplicación de los sueldos y la supresión total del trabajo. ¡Porque si te dan mucho dinero y no te dan tiempo para gastártelo, qué haces! ¡Viene el desequilibrio anunciado por los marxianistas..., y eso, no! Yo no quiero la grave responsabilidad de volver la cara a los grandes ideales humanos. ¡Nada de trabajo!... De modo que...

(Se escucha rumor de voces femeninas en el huerto.)

ALFREDO

¡Calle usted, por Dios!

PEPE

¿Pues?...

ALFREDO

¡Ella..., parece su voz! (Va a mirar.) ¡Sí, es ella!... Viene, se acerca...

CRISTINA

(Dentro.) ¡Por aquí, venga usted por aquí!... (Entra y queda muda de estupor al ver a ALFREDO.) ¡Ah! ¡Alfredo!

ALFREDO

¡Cristina! (La abraza apasionadamente.)

EDUARDA

(Entrando.) ¿Pero con quién hablas?

CRISTINA

¡Él!

EDUARDA

¡Oh!

PEPE

(A EDUARDA.) ¡Señora!...

EDUARDA

(Mirándole con fijeza y estupor, que se resuelve en una tremenda exclamación de sorpresa.) ¡Ah!... ¡Tú!

PEPE

¡Eduarda!

EDUARDA

¡El ordenado!...

(Quedan juntas. Ellos se separan.)

Escena XVI

Dichos, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA, DON RÉGULO, CAZORLA, CARLANCA y MORRONES, por la primera derecha.

DON ACISCLO

(Con traje de fiesta. Muy grave.) Señores...

PEPE

Señor alcalde... Perdone usted que respetuosamente me presente yo solo... José María de Ojeda... (Señalando a ALFREDO.) Mi...

DON ACISCLO

Mucho gusto; pero no hace falta. Sabemos quiénes son ustedes y a lo que vienen.

PEPE

(Con gran sorpresa.) ¿A lo que venimos?

ALFREDO

(Ídem.) ¿Saben ustedes a lo que venimos?

DON ACISCLO

Ce por be.

PEPE

¡Por be! (Aparte, a ALFREDO.) ¡Ay Alfredo, que dice por be!

ALFREDO

(Aparte, a PEPE.) Nos meten en la cárcel.

PEPE

(Ídem.) Y nos reciben en comisión. (Alto.) Entonces, si nos permitiera usted explicarnos...

DON ACISCLO

Ni una palabra. Sé cómo hay que tratar ciertas cosas, y en esta casa no tendríamos libertad para expresarnos...

PEPE

Sin embargo, yo...

DON ACISCLO

(Categórico.) De forma, que ustedes se vuelven a la fonda, descansan y esperan mi visita.

PEPE

Señor alcalde, yo, a pesar de lo que usted ordena, quisiera merecer...

DON ACISCLO

Morrones..., acompáñalos a la fonda; que los pongan en el salón prencipal, el mobiliario de lujo...

ALFREDO

(Aparte.) ¡Atiza!

DON ACISCLO

Un retrato del rey.

PEPE

¡Hasta su majestad!... ¡Caramba, señor alcalde; pero tanto honor...!

DON ACISCLO

¡Café, puro y copa después de las comidas!...

PEPE

¡Pero, señor alcalde..., puro y copa!

DON ACISCLO

¡Y mondadientes; pero, sin estrenar!... Todo por mi cuenta.

PEPE

(Aparte, a ALFREDO.) ¡Por su cuenta!... ¿Has oído?, ¡por su cuenta!

ALFREDO

Bueno; pero todas estas distinciones...

DON ACISCLO

Las que ustés se merecen. ¡Con que a la fonda!

ALFREDO

Pero...

DON ACISCLO

¡A la fonda!

PEPE

(Aparte, a ALFREDO.) En fin, déjalo. Él sabrá por qué lo hace... (Alto.) ¡A la fonda! ¡Respetuosos servidores!... (Saludando.) Señora, señores, señorita; señores...

ALFREDO

(Ídem.) Señorita, señora, señores; señora...

PEPE

Alguacil... (Reverencias a todos.)

MORRONES

No; yo voy con ustés...

PEPE

¡Ah, sí; es verdad!... ¡Mis cordiales saludos a todos!...

DON ACISCLO

(A MORRONES.) ¡Ah, y que les pongan plato de dulce jueves y domingos!...

PEPE

¡Por Dios, es demasiado!... Basta con los domingos.

DON ACISCLO

¡Jueves y domingos!

PEPE

Nada, nada; ¡jueves y domingos! ¡Señor alcalde, esa amable exageración repostera es que me diluye en gratitud!... ¡Mis más rendidas cortesías!... ¡Señora..., señores..., señorita...; señora!...

ALFREDO

(Aparte, a OJEDA.) ¡Pero este tío!...

PEPE

(Aparte.) Bueno, este alcalde lo rifas a cinco duros la papeleta y te las quitan de las manos... ¡Esto es una joya municipal! (Alto.) Señores...

ALFREDO

Señoras...

(Vanse.)

DON ACISCLO

(A CRISTINA.) Cristina..., ¡ven aquí!

CRISTINA

¡Tío!

DON ACISCLO

(La coge de la mano.) ¡Si quieres salvar a tu tío, si quieres salvar al pueblo que te ha visto nacer..., enamora a ese joven!

CRISTINA

(En el colmo del estupor.) ¡Tío!...

DON ACISCLO

¡Enamora a ese joven!

TELÓN

Acto II

Sala en el Hotel Anastasia. Puerta de entrada a la izquierda. Dos a la derecha. Al fondo, dos balcones que dan a la calle, con puertas vidrieras. Por ellos se ven un balcón y una ventana de la casa de enfrente. El balcón tiene un letrero que dice: «CÍRCULO DE LA AMISTAD». Es practicable, así como la ventana.

Escena I

ANASTASIA, MELITONA, EUSTAQUIO y MORRONES. Dirigidos por ANASTASIA, MELITONA y EUSTAQUIO cambian la sillería vieja de cretona, que adornaba la sala, por otra no menos antigua y deteriorada, pero de damasco o de algo semejante que suponga un mayor lujo; así como las cortinas que hay ante las puertas las sustituyen por otras más lujosas. Añaden, además, los muebles, adornos y utensilios que en el diálogo se indican. Al empezar el acto, EUSTAQUIO está subido en una escalerilla, acabando de colocar una cortina en sustitución de otra. MELITONA pone unas sillas y quita otras. ANASTASIA pasa el plumero a unos cuadros que deben ser colocados.

MORRONES

¿De moo y manera que s'ha enterao usté de too?

ANASTASIA

Que sí, hombre, que sí. Y le ices a don Acisclo que too s'hará y como lo que él tie mandao. Y que se tratará a esos señores mismamente como si fuan dos príncipes.

MORRONES

Sí, señora; porque lo que él me tie dicho fue que me dijo, dice: «Pos ándate corriendo y le dices a la señá Anastasia que a esos dos señores forasteros pues y que les ponga a su disposición la sala prencipal con toos los muebles de lujo».

ANASTASIA

Pos ya lo estás viendo: el espejo dorao, la cómoda e mármol y la sillería buena; que no siendo al obispo, no, dejo sentar a naide.

MORRONES

Y me añadió que les pusiese usté un retrato del rey en la sala, la mecedora menos derrengá, endredones, alfombra pal suelo y escupidera.

EUSTAQUIO

¡Atiza!

MORRONES

Y dos toallas ca uno... ¡Cosa que no comprendo pa qué!

MELITONA

Una pa ca mano será.

ANASTASIA

Pero oye tú, Morrones...: ¿pero quién serán esos dos presonajes pa tanto ringorrango?

MORRONES

¡Yo no lo sé; pero va usté a sabé quién serán!

MELITONA

Tú lo sabes.

MORRONES

Que no, palabra.

ANASTASIA

Y bien que lo sabes, sino que eres más secretero que un candao.

MORRONES

Que no, señora, y que no lo sé; que si lo supiera, lo icía.

EUSTAQUIO

¿Ni te lo feguras?

MORRONES

Ni por ensoñación.

MELITONA

Pos tie que ser gente mu gorda, porque pa puneles escupiera, carcúlate...

EUSTAQUIO

Como que aquí no se l'ha puesto a naidie, no siendo a un deputao que vino, que le gustaba echar toas las colillas en el mesmo sitio. ¡Mia que es tontería!

MELITONA

(Riendo.) ¡Se ven unas cosas!...

MORRONES

Yo lo único que pueo deciles a ustés, de tes pa intrenós, es que pa mí esas presonas son dos presonas que pican muy alto, ¡pero muy alto!

EUSTAQUIO

Pos si pican muy alto, yo les quitaba el retrato e Joselito.

ANASTASIA

Eso voy a hacer, porque toreros pa presonajes no me hace.

MELITONA

Y digo yo que este tendrá que serví a la mesa con el mokin y guantes.

ANASTASIA

Natural.

EUSTAQUIO

Mokin tengo; es corto; pero es mokin. Ahora, que los guantes son de cuando hice el servicio, y a más de ser verdes, pues les faltan dos deos, que se los corté este invierno cuando tuve sabañones. De moo que pa mí, que los guantes no están a la altura de esos señores.

ANASTASIA

Hombre, claro, si les faltan dos deos...

MORRONES

¡Ah! Y una avertencia que me ha hecho el señó alcalde pa ti, Melitona.

MELITONA

¿Pa mí?

MORRONES

Que si entras a servirles a esos señores pa cualisquier cosa que te llamen y te dieran un abrazo, pos que te aguantes.

MELITONA

¿Y por qué me tengo que aguantar que me abracen?

MORRONES

¡Pues porque es como un servicio del Estao!

ANASTASIA

Naturalmente; una cosa que te manda el monicipio, no vayas a hacer lo que haces con toos; que largas más guantás, que los primeros ocho días paece y que tien erisipela.

MELITONA

Pos a ver si una se va a dejar que la abracen.

MORRONES

Güeno; pero tú reflexiona que en esta ocasión te dejas dar un abrazo y es un mérito que haces p'al Ayuntamiento.

ANASTASIA

Hay cosas mu serias y esta no se hace cargo. Cómo será de arisca, que ca vez que vienen señores formales, como jueces u canónigos, u cosa así, la tengo que bajar al entresuelo; porque, claro, en esas presonas cualisquier hinchazón es más notao.

MORRONES

¡La juventú y que no mira na!... ¿De moo y manera que estamos entendíos?

ANASTASIA

Dile al señó alcalde que s'hará too a su satifación.

MORRONES

Pos tanto gusto y d'aquí a otro ratejo.

ANASTASIA

Adiós, Morrones, y que te vaya bien.

MORRONES

(A MELITONA.) Y ya lo sabes, si t'hacen así... (La abraza.) u así... (Le da un pechugón.)

MELITONA

(Dándole una bofetada.) ¿Que no haga así?

MORRONES

(Tanteándose las muelas a ver si se le mueven.) Justo.

MELITONA

Descuida.

(Vase MORRONES por la izquierda.)

Escena II

ANASTASIA, MELITONA y EUSTAQUIO.

EUSTAQUIO

(Extendiendo una alfombra.) Pero, ¡madre mía!..., ¿quién serán esos dos presonajes?... ¡Yo estoy loco!...

ANASTASIA

¡Pa mandá el señó alcalde lo que ha mandao, y por su cuenta, carcúlate! Ahora, que yo no me queo con las ganas de sabelo.

MELITONA

Ni yo. Tenemos que hacer lo que haiga que hacer para averigualo.

EUSTAQUIO

Y malo será que entrambas...

ANASTASIA

Y más que yo tengo un estinto que de que allega uno, a la media hora ya sé si es melitar u comisionista y empleao.

MELITONA

¿Y en qué lo conoce usté?

ANASTASIA

Pos unas veces en que me lo icen ellos y otras en que se lo pregunto yo.

EUSTAQUIO

Perespicacias que hay.

ANASTASIA

Pero con estos m'ha fallao. Callarse, que me paece que ya los oigo.

MELITONA

(Va a la puerta y mira.) Sí, ellos son.

ANASTASIA

Mucho cumplimiento, ¿eh?

Escena III

Dichos, PEPE OJEDA y ALFREDO, por la izquierda.

ALFREDO y PEPE

(Pequeño saludo.) ¡Señora!

ANASTASIA

¡Excelentísimos señores!

(Exagerada reverencia, en la que le acompañan EUSTAQUIO y MELITONA.)

PEPE

Ya nos han dicho abajo que hemos sido trasladados de cuarto, ¿es cierto?

ANASTASIA

Por orden del señó alcalde; sí, señor; excelentísimo señor.

(Reverencia de los tres.)

ALFREDO

(Aparte.) Sigue mi perplejidad.

ANASTASIA

El señó Ayuntamiento ha ordenao que se les pusiá a los excelentísimos señores en la sala prencipal, como corresponde al rango de presonas tan prencipales.

(Reverencia de los tres.)

EUSTAQUIO

¡Excelentísimos señores!

PEPE

(Aparte, por EUSTAQUIO.) Ese animal se va a dejar las narices en el suelo.

ALFREDO

Sí, señor; aquí tenemos dos alcobas mu aparentes pa los señores. (Reverencia.)

EUSTAQUIO

Una pa caa uno... (Reverencia.)

PEPE

Admirable.

ANASTASIA

Y la sala, como ven los excelentísimos señores, tiene dos balcones, que son esos... que dan a la calle, pa cuando se quian asomar.

EUSTAQUIO

La calle está abajo. (Reverencia.)

ANASTASIA

Y enfrentito tien los señores el casino.

PEPE

Verdaderamente panorámico.

ALFREDO

Círculo de la Amistad... Muy bien.

EUSTAQUIO

Sí, señor. Pero aquí, en el pueblo, le llaman La Escorpionera.

PEPE

De un delicado humorismo.

ALFREDO

¿Y nuestro equipaje?

MELITONA

Ya lo tiene el excelentísimo señorito en su cuarto. (Se lo indica.)

ALFREDO

¡Ah, pues con permiso!... (Entra en el primero.)

EUSTAQUIO

Y vosotros ya sus podéis retirar si no sus manda naa el excelentísimo señor.

PEPE

Nada, nada... Muchas gracias.

EUSTAQUIO

Servidor. (Reverencia.)

MELITONA

Servidora. (Otra reverencia.)

PEPE

Por Dios, criatura; que te vas a caer.

MELITONA

No le hace.

PEPE

(Aparte.) ¡Vaya una postal! ¡Qué colores! (Alto.) Eres una tricomía.

MELITONA

¿Qué dice el señor?

PEPE

¡Que tricomía!

MELITONA

¡Ay, qué señor; que micomía! (Vase por la izquierda.)

Escena IV

ANASTASIA y PEPE OJEDA.

ANASTASIA

(Que queda recogiendo plumeros y paños de limpieza.) Y qué, ¿le gusta al excelentísimo señor cómo ha quedao la sala?

PEPE

Señora, el salón de Gasparini es la garita de un centinela comparado con esto. ¡Verdaderamente suntuosos! (Aparte.) Si yo pudiera sacarle a esta señora por qué nos agasajan de esta forma.

ANASTASIA

(Aparte.) ¡Cómo le sacaría yo quién es!

PEPE

Ahora, que lo que yo deploro vivísimamente es haber venido a producir a ustedes esta molestia suntuaria, este trasiego ornamental...

ANASTASIA

No, señor; no faltaría otra cosa. Muchísimo gusto. Lo que ustés se merecen y naa más.

PEPE

¡Oh! No diga usted eso; tanto agasajo nosotros, dos personas tan...

ANASTASIA

Y una lo que siente es no haber sabío antes lo que eran ustés.

PEPE

¡Oh, eso, no; por Dios! ¿Pero qué es lo que somos nosotros, diga usted?... ¡Haga usted el favor de decírmelo! ¿Qué somos nosotros?...

ANASTASIA

¡Toma, pues menúo!... Digo... ¡Nada! ¡Una friolera!... ¿Y por qué no han querío ustés decirlo al llegar?

PEPE

Pues no lo hemos querido decir, porque francamente..., porque no lo sabíamos que aquí se nos estimase de manera tan halagüeña.

ANASTASIA

Aquí crea el señor que, aunque esto es un humilde pueblo, se sabe tratar a las presonas de categoría, como son los excelentísimos señores. (Aparte.) Voy a ver si son melitares. (Alto.) ¿Y ustés de qué son?

PEPE

(Palpándose con asombro.) ¿Cómo que de qué somos?... (Aparte.) ¿Nos habrán tomado por dos Sajonias?

ANASTASIA

Sí; ¿que de qué son?

PEPE

Pues somos de arcilla mortal perecedera, señora.

ANASTASIA

¡Sí, sí; arcilla!... ¡Que me lo va usté a hacer de creer! ¡Usté es una presona mu gorda!

PEPE

¿Yo?

ANASTASIA

¡Pero mu gorda!

PEPE

Cincuenta y ocho kilos cuatrocientos gramos, señora. Ya ve usted que la cosa no...

ANASTASIA

Sí, sí; ya, ya... (Aparte.) No se lo saco, es muy ladino. (Alto.) Pos naa, cualquier cosa que les ocurra a los señores no tie el señor más que poner el deo ahí (Indicando el botón de un timbre.) y apretar pa dentro y aluego dar dos palmás por si no suena, que casi nunca suena, y en seguía venimos, cuando lo oímos.

PEPE

Sí, señora; muchas gracias.

ANASTASIA

Y del reló tampoco hagan caso los señores, y de que sienta el señor que dan las once, me lo viene usté a icir, que yo le diré la hora que es. Que este reló no lo entiende más que servidora.

PEPE

Descuide usté, que por nosotros puede apuntar lo que quiera.

ANASTASIA

Ah, y en la meceora siéntese usté con cuidao, que renguea del lao derecho; que vino un ministro una vez, y esos ministros se columpian de una forma que too lo esgualdramillan.

PEPE

Sí, señora; que se dan mucho aire.

ANASTASIA

Conque a la excelentísima disposición de usté, y ustés desimulen, porque si sé yo lo que son ustés, a cualisquier hora les pongo esta mañana como les he puesto en el almuerzo atún en escabeche; ¡m'ha dao una rabia!... (Vase, por la izquierda, haciendo reverencias.)

PEPE

Bueno; yo confieso que desde que he llegado a casa del alcalde, la perplejidad está a punto de sumirme en la idiotez. Yo no me explico lo que nos sucede. Yo no entiendo por quién nos toman o con quién nos confunden...; porque yo tengo cierto parecido con Lloyd George; pero, caramba, a la legua se conoce que no hablo en inglés.

Escena V

PEPE OJEDA y ALFREDO, por la primera derecha.

ALFREDO

¡Bueno, tío, tenemos unas alcobas que estupefaccionan!... ¡Qué camas!... ¡Cinco mantas en cada una!

PEPE

¡Caracoles!... ¡Cinco mantas!... Oye: ¿no será una ironía alusiva a la frescura de que nos consideran poseídos?

ALFREDO

Hombre, no lo creo. ¿Y usted ha sacado algo en limpio de esa señora?...

PEPE

Absolutamente nada. Sigo agitándome en el caos, Alfredo. He tratado de sonsacarla con cierta habilidad, y lo único que me ha dicho de un modo concreto es que si ella sabe quiénes somos, esta mañana no nos da escabeche. De lo que he deducido que nos suponen dos personas a las que no se las puede escabechar, y esto ya es un buen síntoma.

ALFREDO

Pues yo le declaro a usted, tío, que me encuentro sumido en la confusión más absoluta. Cada hora que pasa es mayor mi sorpresa. Cuando creíamos que nos iban a recibir de un modo hostil y agresivo, nos colman de atenciones, nos anegan en lujo.

PEPE

Nos recomiendan para una mesa luculesca y nos lo sufragan todo, que es lo verdaderamente inaudito.

ALFREDO

Bueno, ¿y usted a qué atribuye esto?

PEPE

Pues yo atribuyo esto a dos cosas: o a enajenación mental complicada con delirio despilfarrante por parte de don Acisclo o a que ese tío se ha enterao de tus pretensiones y se trae la táctica de colmarnos de agasajos e ir de obsequio en obsequio hasta favorecernos con dos billetes de vuelta para la corte, con el fin de que nos restituyamos con una celeridad cicloniana a la calle de Argumosa, cuarenta y cinco, abandonando tus pretensiones a la mano de su opulenta sobrina.

ALFREDO

Tiene usted razón; es muy posible que sea eso.

PEPE

Es casi seguro. ¡Como esta gente es tan pérfida!...

ALFREDO

¡Ah, pues sería vano su propósito!... ¡Renunciar yo a Cristina!... ¡Jamás! ¿Ha visto usted qué encanto de criatura, tío?

PEPE

Eso no es criatura; eso es meter la mano en el saco de una tómbola y que te toque la Venus de Milo. ¡Qué suerte tienes!

ALFREDO

Bueno, y esa señora que estaba con ella y que ha dado un grito gutural al verle a usted... ¿Quién es?... Porque también eso me ha sorprendido.

PEPE

¿Que quién es?... ¡Calla, hombre, que no he caído al suelo al verla porque no había alfombra; que si no, pierdo el conocimiento!

ALFREDO

¿Pero la conece usted?

PEPE

¡Una exvíctima! De esto haría ya cinco lustros... Yo habitaba en la calle de los Tres Peces; ella era mi vecina. Un día se asomó a la ventana, hice así, (Un revuelo de ojos.) la incendié y aún le queda rescoldo; estoy seguro.

ALFREDO

¿Y esa señora es casada?

PEPE

Lo ignoro; pero de todas formas puede sernos de gran utilidad en el desenvolvimiento de los sucesos que nos aguardan.

ALFREDO

Sobre todo, por ser amiga de Cristina.

PEPE

En fin, pronto saldremos de dudas. El alcalde nos ha anunciado su inmediata visita. Esperemos.

ALFREDO

Sí, esperemos. (Pasea. Dan las tres en el reloj.) Las tres.

PEPE

No... No hagas caso del reloj hasta que se lo consultemos a la dueña del hotel. (Deteniéndole.) Ni te sientes en la mecedora hasta que ella te diga cómo tienes que columpiarte.

ALFREDO

¡Es curioso!

PEPE

Ya me ha dicho que me dará un cuaderno con instrucciones para usar el mobiliario sin peligro.

ALFREDO

Verdaderamente en estos tristes pueblos españoles todo es extraño, temeroso, desconcertante...

PEPE

Porque todo es viejo, solapado, sin sentido renovador... Muebles y personas... ¡Todo tiene un misterio, un secreto, una mácula!...

ALFREDO

Cierto; sí, señor; certísimo; tan cierto, que yo, que deseo ardientemente la visita de don Acisclo, al mismo tiempo temo, no sé por qué, que el enigma se aclare.

(Dan golpes como llamando en la puerta izquierda.)

PEPE

Calla. (Alto.) ¿Quién?

Escena VI

Dichos, EUSTAQUIO y MELITONA.

EUSTAQUIO

¿Dan los excelentísimos señores su premiso?

PEPE

Adelante quien sea.

(Entran EUSTAQUIO con cuatro pollos, unas largas ristras de chorizos y dos jamones, y MELITONA con otros dos jamones, dos barriles de aceitunas, una orza de arrope y tres o cuatro quesos.)

EUSTAQUIO

Pasa, Melitona.

(Entran los dos.)

Pos los señores dirán aónde y cómo quieren que dejemos too esto.

ALFREDO

¿Cómo todo eso?

PEPE

¿Pero qué es eso?

EUSTAQUIO

Pos cuatro pollos, seis ristras de unas longanizas que aquí llamamos fritangueras, cuatro jamones, aceitunas, arrope y, además...

ALFREDO

Bueno; ¿pero todo eso...?

MELITONA

Too eso es un regalo pa los excelentísimos señores.

PEPE

¿Un regalo para nosotros?...

EUSTAQUIO

Sí, señor; too esto lo ha traído el tío Mangola y el señó Aniceto con una carta, aquí presente... (La saca de la faja y se la da.)

PEPE

¡Qué raro!... Veamos... (Lee.) «Excelentísimo señor don José María de Ojeda: Al saber por Nemesio Uñares, alias Carlanca, la llegada de vuecencia, dos humildes y fieles servidores le quien significar con este pobre obsequio su gran respeto y simpatía. Somos contratistas del mercao. Servidores de usté pa too lo que sea menester en cuerpo y alma. Que se lo coman con salú y a mandar a estos sus humildes servidores, Calixto Mangola, Aniceto Barranco. Las longanizas son de confianza». Bueno; pero este señor Mangola...

ALFREDO

¿Pero este Mangola por qué se ha molestado?

MELITONA

No podemos decirle al excelentísimo, señorito.

EUSTAQUIO

¿Lo dejamos aquí?

PEPE

No; la volatería dejarla en el corral, que ya dispondremos. Lo demás amontonarlo en esta mesa.

EUSTAQUIO

(Enseñándole los pollos.) ¡Son mu majos!

PEPE

Sí; son unos pollos que harían buen papel hasta en el Ritz: regordetes y tomateros. (Lo deja todo amontonado y se lleva los pollos.)

MELITONA

Con premiso.

(Se van por la izquierda.)

Escena VII

ALFREDO y PEPE; luego, ANASTASIA.

ALFREDO

(En el colmo de la estupefacción.) Bueno, tío; pero ¿qué es esto?

PEPE

¡Pues esto es Mangola, ya lo ves!

ALFREDO

¡Yo estoy atónito, absorto!... ¿Pero usted comprende...?

PEPE

¡Yo qué voy a comprender, hombre!... Este kilómetro le longaniza acaba de enrarecer las tinieblas de mi espíritu. Porque yo, últimamente, me explico lo de instalarnos con comodidad, me explico el tratamiento, el postre de cocina; pero que venga Mangola y nos ponga una tienda de ultramarinos, eso no me lo explico yo... ¡Ni se lo explica Aristóteles!

ALFREDO

¡Porque, vamos, aquí en este pueblo, es que cree usted que le van a pegar un tiro y le ponen un estanco!

PEPE

¡Ni más, ni menos!... Y que no cabe duda que esto no es confusión; aquí lo tienes bien claro: (Lee el sobre de la carta.) «Señor don José María de Ojeda». ¡Esto es un cuento de hadas!

ALFREDO

Esto es una paliza que nos esnuca en cuanto caigan de su burro.

PEPE

De sus burros. Si te refieres a nosotros, no singularices; que no me gusta quedarme solo.

ANASTASIA

(Por la izquierda.) ¿Dan ustés su premiso?

PEPE

Adelante, señora Anastasia.

ANASTASIA

Acaba de llega el señor secretario, que viene a hacerles a ustés una vesita; que si le puen ustés recibir... Aquí m'ha dao la trajeta.

PEPE

(La coge y lee.) «Justino Cazorla, secretario del Ayuntamiento. Ánimas Benditas, dieciocho, bajo».

ALFREDO

¿Pero viene solo?

ANASTASIA

Sí, señor; solo.

PEPE

¿No viene el señor alcalde?

ANASTASIA

No, señor; viene don Justino naa más. Eso sí de too lujo. Ya verán ustés elegancia.

PEPE

Pues que pase.

(Vase ANASTASIA.)

ALFREDO

¿Lo ve usted, tío?... Lo que sospechábamos. El alcalde no se atreve a afrontar cara a cara la cuestión y nos envía a este para que nos eche.

PEPE

Es muy posible. Estemos sobre aviso. Prudencia y precaución. Llévate las longanizas. Me hace poco serio.

ALFREDO

Las meteré aquí. (Entra por la primera derecha.)

Escena VIII

PEPE OJEDA y CAZORLA; luego, ALFREDO.

CAZORLA

(Desde la puerta.) Felices y augurales. ¿Da usted su aquiescencia penetrativa?

PEPE

(Aparte.) ¡Caray, qué léxico! (Alto.) Sí, señor; pase usted adelante.

CAZORLA

Discúlpeme, señor mío, si en una forma poco rectilínea y cediendo a presiones jerárquicas, me permito intercalar en sus familiares sosiegos la inoportunidad de una intromisión esporádica.

PEPE

(Alto.) Alfredo, sal; que ha venido un pariente de Sánchez de Toca.

(ALFREDO sale y le hace una reverencia.)

CAZORLA

No; perdone usted, señor Ojeda; no me une ningún lazo consanguíneo con el susodicho primate, aunque por honra preclara yo tendríalo.

PEPE

No; yo lo decía porque verdaderamente, señor Cazorla, se expresa usted con una corrección tan académica como desusada en estos pequeños pueblos, donde precisa un lenguaje vulgar para la recíproca comprensión.

CAZORLA

Exacto de toda evidencia; pero es que servidor dispone en su riqueza idiomática de lo que pudiéramos llamar dos léxicos o lenguajes. Lengua de diario o trapillo para conversar con el elemento trashumante y analfabeto de la localidad y lenguaje de lujo para ocasiones como la presente, en que he de dirigir mi verbo sonoro y preciosista a personalidades relevantes que pueden gustar las exquisiteces filológicas de las más selectas locuciones.

PEPE

Vamos, un lenguaje de blusa y otro de chaqueta; digámoslo así.

CAZORLA

Exacto.

ALFREDO

Es originalísimo.

CAZORLA

En el primero uso las frases más corrientes, como, mecachis, caramba, ¡un cuerno! ¡Que te crees tú eso!..., y similares, y en el segundo, intercalo los bonitos vocablos, estulticia, exégesis, arcaico, cariátide y miasmas, jugándolo todo ello con un sentido de agilidad y aristocratismo que me envidia acerbamente el señor Azorín.

ALFREDO

Muy bien. Bueno; pero a nosotros háblenos usted con toda sencillez, Cazorla...

PEPE

A nosotros nos habla usted en mangas de camisa...

CAZORLA

¡Señor!...

PEPE

Literariamente, claro está.

ALFREDO

(Ofreciéndole un cigarro.) ¿Usted fuma?

CAZORLA

Estoy incurso en el consuntivo y depauperante vicio; sí, señor. (Toma el cigarro.)

PEPE

Pues avance sin temor y obligérese romboideamente en ese adminículo arrellanatorio. (Señalándole una silla. Aparte.) A mí no me achicas tú.

ALFREDO

(Quitándole el sombrero, al ver que se hace un lío entre los guantes, el sombrero, el bastón y el cigarro.) Y si no se opone, dejaremos aquí su exornación craneana y borsalinesca. (Lo deja en una silla.)

CAZORLA

Gratitudes mil.

(Se sientan.)

PEPE

(Al ver que CAZORLA trata en vano de encender un encendedor.) Parece que la torcida está infulminable.

CAZORLA

(Algo contrariado.) No; sabe usted que en casa, cuando se acaba la bencina le echan anís del Mono y casi nunca prende. Pero con paciencia... (Sigue disparando.)

PEPE

Bueno, ¿y qué trae el señor Cazorla por este su cuarto hotelero?

CAZORLA

Pues servidor viene, ante todo, en nombre del Consistorio que indignamente secretarieo, a ofrendarles los más férvidos testimonios admirativos y las más respetuosas sumisiones. (Sigue disparando.)

PEPE

Pues trasfusióneles usted nuestros más vendidos, ¡qué digo rendidos!..., nuestros más derrengados testimonios de inenarrable gratitud, aunque no nos expliquemos la cortesía concejalesca.

ALFREDO

Tome una cerilla. (Se la ofrece.)

CAZORLA

No; si es cuestión de amor propio. En cuanto vienen personas de Madrid me pone en ridículo; pero a mí delante de forasteros, no... (Sigue disparando.)

PEPE

Pero no se moleste, si con una cerilla...

CAZORLA

No es molestia, es perseverancia. Ítem más, vengo también a adquirir, de visu, la seguridad de que su aposentamiento corresponde a cuanto se debe a su jerarquía y el Municipio tiene decretado.

ALFREDO

Ah, en eso esté usted absolutamente tranquilíneo.

PEPE

Las satisfacciones hospederiles y los aditamentos alimenticios sobrepasan a lo que pudo, fantasear nuestra más exaltada apetencia.

CAZORLA

(Que sigue disparando.) Celébrolo, e ipso facto...

ALFREDO

¿Pero por qué no quiere usted aceptar? (Ofreciéndole su cigarro para que encienda.)

CAZORLA

No; perdone usted; es cuestión personal. Veremos quién puede más. (Sigue disparando.)

PEPE

Convénzase usted que lo de hoy es mono.

CAZORLA

¡Qué sé yo!... Pues como les iba diciendo, satisfechas mis dos encomendadas averiguaciones, deseo..., y voy con esto a internarme en un campo absolutamente confidencial...,

(Acercan los tres las sillas sin levantarse para estar más juntos.)

deseo decirles, en nombre del señor alcalde, que le disculpen esta primera visita, que me encomienda a mí, compenetrado de la dificultad de los primeros pour parters, dada la enojosa cuestión que les trae a esta villa.

ALFREDO

¡Hombre, eso de enojosa!...

(Todos otro avance con las sillas.)

PEPE

Bueno; pero dígame usted, señor Cazorla; vamos a ver. ¿Ustedes saben a lo que venimos nosotros aquí?...

CAZORLA

(Mira a todos lados. Otro avance con las sillas.) Lo sabemos exactamente, sí, señor...; lo sabemos todo, pero todo.

ALFREDO

Entonces, ¿el señor alcalde?

CAZORLA

Pues el señor alcalde, encantado de su presencia en el pueblo, vendrá dentro de breves instantes al frente de una Comisión del casino, que está organizando el homenaje con que pretendemos festejar a ustedes.

PEPE

¿Festejarnos a nosotros?... Pero...

CAZORLA

(Otro avance.) Pero antes, señor Ojeda, me ha encomendado don Acisclo una delicada misión.

ALFREDO

¿Delicada?... ¿A ver si ahora...?

CAZORLA

(Un poco azorado.) Facilítenmela ustedes, ahorrándome para cumplirla, sutiles disculpas y enojosos alegatos. (Se levanta y saca un sobre del bolsillo del pecho.) Internado en este envelope encontrarán algo que es súplica y ofrenda. Cuando yo me ausente rasguen, extraigan y mediten. (Se lo da.) Nada más.

PEPE

¿Pero de qué se trata?

ALFREDO

¿Qué es?

CAZORLA

Me reitero en cordial servidumbre. (Coge todos sus chismes apresuradamente e indica el mutis.)

PEPE

Pero...

CAZORLA

Suyísimo. (Vase por la izquierda.)

PEPE

¡Pero esta carta!...

ALFREDO

¡Qué hombre más estrafalario!

CAZORLA

(Entra de nuevo, radiante de satisfacción, con el encendedor encendido.) ¡Por fin!

LOS DOS

¡Enhorabuena!

CAZORLA

¡No era mono!... (Vase.)

ALFREDO

Bueno; ¿y qué contendrá este sobre?

PEPE

Esto es una carta diciendo que nos larguemos.

ALFREDO

Abra usted a ver.

PEPE

(Rasga el sobre y mira.) ¡Alfredo!

ALFREDO

¡Tío!

PEPE

¡Cógeme, que me derrumbo!

ALFREDO

¿Pero qué es?

PEPE

(Sacando dos billetes.) ¡Dos mil pesetas!

ALFREDO

¡Dos mil pesetas!

PEPE

Bueno; la vorágine espantosa de la duda, acaba de sorberme.

ALFREDO

¡Yo ya no sé qué es esto!

PEPE

Pues dos mil pesetas, ¿no te lo digo?

ALFREDO

¿Pero a qué vienen esas dos mil pesetas?

PEPE

Hombre, dos mil pesetas vienen siempre a una cosa agradabilísima.

ALFREDO

Supongo que no tendrá usted la pretensión de quedarse con ellas.

PEPE

Te diré.

ALFREDO

¿Cómo te diré?... Hay que arrojárselas a la cara inmediatamente.

PEPE

No; groserías, no.

ALFREDO

¿Por qué, por qué nos las dan?

PEPE

Hombre, yo lo ignoro, pero recuerdo lo que decía Tales de Mileto: «Si te piden una peseta, pregunta por qué te la piden. Si te la dan no preguntes por qué». El que te la da, es el encargado de saberlo.

ALFREDO

Argucias.

PEPE

Filosofías. A mí me puedes quitar la razón; a Tales de Mileno, no. (Se las guarda.)

ALFREDO

Pero no comprende usted...

PEPE

(Sorprendido.) Calla, que todavía hay algo dentro del sobre... (Rebusca.) Sí, una tarjeta. (La lee.) «Desistan de lo que les trae y no serán las últimas. Acisclo Arrambla Pael».

ALFREDO

¿Lo ve usted?... ¿Lo está usted viendo?... «Desistan de lo que les trae». Es decir, que ese inmundo sujeto nos adula, nos agasaja, nos colma de honores y nos da ¡hasta dinero!..., ¡para que yo, cobardemente, me vaya del pueblo renunciando a su sobrina! ¡Cree, sin duda, ese miserable, que es un repugnante egoísmo lo que nos trae aquí!... ¡Pues no, no me voy; no me iré ni con dádivas, ni con halagos, ni con millones!... ¡No, no y no!

PEPE

Hombre, Alfredito no te exaltes.

ALFREDO

En cambio, estoy seguro que Cristina, la pobre Cristina, está a estas horas encerrada en su habitación como en una mazmorra, para que yo no la hable, para que yo no la vea. Para que yo...

Escena IX

Dichos, CRISTINA y EDUARDA, por la izquierda.

CRISTINA

(Asomándose por la puerta izquierda.) ¡Alfredo!

ALFREDO

¡Cristina!... ¡Tú!

CRISTINA

(Corriendo a él.) ¡Por fin a tu lado! ¡Me parecía imposible!

ALFREDO

¡Pero tú! ¡Tú aquí, Cristina mía!

(Se cogen las manos efusivamente y hablan aparte con apasionada vehemencia.)

EDUARDA

(Aparece en la puerta con digna severidad y saluda a OJEDA con una inclinación ceremoniosa.) Caballero...

PEPE

(Yendo a ella con impulso cordial.) ¡Eduardo!

EDUARDA

(Deteniéndose con un gesto altivo.) Yo le llamo a usted caballero, porque no sé cómo llamarle.

PEPE

(Resignado ante la ironía.) Eduarda...

EDUARDA

Todavía ignoro su verdadero patronímico... Exuperio... Rigoberto...

PEPE

José María.

EDUARDA

(Dudando.) ¡Bah!

PEPE

¡José María, por estas! (Jurando.) Eduarda, no me guarde usted rencor. Han pasado cinco lustros. El tiempo todo lo purifica. Yo comprendo que para usted fui un calavera.

EDUARDA

¿Cómo un calavera? ¡Un osario!

ALFREDO

(Trayendo de la mano a CRISTINA.) Pero, a todo esto, ven que te presente. Mi tío.

PEPE

¡Señorita, encantadísimo de usted! (Presentando ALFREDO a EDUARDA.) Mi sobrino.

EDUARDA

(Le da las puntas de los dedos.) ¡Amable joven!

CRISTINA

¿De modo que viniste solo por mí?

ALFREDO

A cumplirte mi palabra, ¿no es verdad, tío?

PEPE

Exactamente; y garantiza la seriedad de semejante propósito, el que nuestro primer paso en este pueblo, ha sido ir a visitar a su pariente y tutor.

ALFREDO

Y de ti estábamos hablando precisamente cuando llegasteis, y con cierta inquietud, te lo aseguro.

CRISTINA

Con inquietud, ¿por qué?

ALFREDO

Pues porque, francamente, tu tío nos ha recibido con tan exagerada amabilidad y con tales muestras de esplendidez..., que sospechamos, no sin cierto fundamento, que lo que pretende es que yo desista, por las buenas, de tu cariño y me vaya de aquí.

CRISTINA

¿Pero qué estás diciendo? ¡Todo lo contrario!

ALFREDO

¡Cómo todo lo contrario!

CRISTINA

¡Que mi tío está encantadísimo con que nos queramos!

PEPE

¡Pero es posible!

EDUARDA

Como que vinimos aquí porque él nos mandó, con la excusa de que vigiláramos las detalles del alojamiento.

ALFREDO

(Asombrado, a OJEDA.) ¿Pero es posible?... ¿Pero ha oído usted cosa igual?

CRISTINA

Verás. Cuando llegasteis a casa, nosotras oíamos absortas los encargos que hacía a Morrones para que fueseis espléndidamente tratados. Os despidió sin escucharos siquiera, y de pronto, cuando os alejabais, me coge de la mano, me atrae hacia sí, y señalándote me dice conmovido: «¡Cristina, si me quieres, enamora a ese joven!».

ALFREDO

¡Canastos!

PEPE

¡Señorita!

ALFREDO

¿Pero dijo eso?

EDUARDA

Como si lo hubieran ustedes oído. La suplicó que le amase a usted; yo fui testiga.

ALFREDO

¡Ay, tío!; pero suplicarle él mismo que...

PEPE

Bueno; el cuentecito ese de Pinocho en el Japón, es un precepto evangélico comparado con lo que nos está pasando en esta localidad. Honores, dádivas, regalos en especie, donativos en metálico, y encima ¡mandarle a uno la novia!... Bueno, o este pueblo pertenece al partido judicial de Jauja, o yo no lo entiendo.

ALFREDO

(A CRISTINA.) ¿Pero tú no sospechas a qué puede obedecer todo esto?

CRISTINA

No lo sé, Alfredo, no lo sé. Yo solo pienso en este instante, que te quiero con locura, que estoy a tu lado y que soy la más feliz de las mujeres.

ALFREDO

¡Cristina mía!

(Quedan hablando aparte en voz baja.)

PEPE

(Se acerca melancólicamente a EDUARDA, que se ha sentado lejos en una silla.) ¡Eduarda!... La mano inexcusable del Destino nos acerca de nuevo. (Señala a los muchachos.) He aquí el pasado que reverdece. ¿No los envidias?

EDUARDA

¡No me tutees, que soy casada!

PEPE

¡Casada tú!... ¡Oh!... ¿Tú casada?

EDUARDA

¿Lo, sientes?

PEPE

Lo siento por tu marido..., porque...

EDUARDA

¡Pepe!... Bueno, ¿te llamas Pepe, definitivamente?

PEPE

¡Pepísimo!

EDUARDA

¡No hago el ridículo!

PEPE

¡Lo de Pepe, machacao!

EDUARDA

Pues bien, Pepe: tú tienes la culpa si me encuentras vinculada a otro hombre. Me abandonaste.

PEPE

Ya te he dicho que aquello fue una calaverada.

EDUARDA

Pero, ¡ah!, una calaverada que me produjo trastornos mentales horribles... Estuve dos años medio loca... Como me hiciste creer que te llamabas Piñones, que eras seminarista y capitán, todo a un tiempo, pues yo, en mi desvarío, aborrecí el cascajo y no hacía más que decir Dominus vobiscum y saludar militarmente. ¡Con lo que yo te amaba!... ¡Abandonarme!

PEPE

¡Si vieras cuánto te he recordado!

EDUARDA

¿Es de verdad, Pepe?

PEPE

Como me llamo Rigober... Caramba, perdona, que..., que me sentía transportado a aquellas locuras de cinco lustros ha.

EDUARDA

¡Ah!... ¡Cinco lustros transcurridos! Y dime, Pepe, ¿cómo, me encuentras?

PEPE

Mejor que antes, Eduarda.

EDUARDA

(Alegre.) ¿De veras?

PEPE

Tú eres como el oro: el tiempo te avalora y te embellece.

EDUARDA

¡Oh, qué galantería tan metalúrgica! Pero, ¡ah!... Estoy olvidando... Bueno, caballero...

PEPE

¡Por Dios, Eduarda, no vuelvas a la seriedad! ¡Quiero ver en tus labios aquel ritus de alegría que tanto me gustaba!

EDUARDA

¡Ah, mi ritus, mi ritus!... Esfumose en el dolor y en el tiempo. (Va a caer sentada en una silla.)

PEPE

(Deteniéndola.) ¡No, ahí no te sientes que hay manteca!

(Se sientan en otro lado y siguen hablando.)

ALFREDO

(Alto, a CRISTINA.) ¿Pero es de veras que dudabas que yo volviese?

CRISTINA

Sí, Alfredo, sí; no quiero engañarte, lo dudaba. Cuando se ama mucho, mucho, mucho, todo es duda... El tiesto de mis margaritas siempre ha estado sin flores. ¡A quién iba yo a preguntar si volverías!

ALFREDO

¿Y qué te contestaban, vamos a ver?

CRISTINA

Pues, como las flores son buenas, cuando una me decía que no, otra, al verme llorar, me consolaba diciéndome que sí, que vendrías..., que te esperase.

ALFREDO

Pues ya ves cómo las que negaron mintieron.

CRISTINA

Pero mira; yo, en cambio, a mi corazón a todas horas le decía lo mismo. Si vuelve será mi amor de siempre; si no vuelve, mi recuerdo de toda la vida.

ALFREDO

¿Pero por qué dudabas?

CRISTINA

¡Qué sé yo!... Creí que nunca podría interesarte una pobre señorita de pueblo.

ALFREDO

¿Y por qué no?... ¡Una señorita de pueblo!... Precisamente por eso me interesaste más.

CRISTINA

¡Amabilidad!

ALFREDO

No lo creas. La señorita de pueblo siempre me ha inspirado a mí una profunda, una viva simpatía.

CRISTINA

¿De veras?

ALFREDO

Cuando en mis viajes he visto, paseando por los andenes de las pequeñas estaciones, esos grupos de muchachas cogidas del brazo, me ha parecido siempre adivinar en la mirada de sus ojos dulces el cansancio de la vida monótona, y en su triste sonrisa, el anhelo de una existencia mejor. ¡Con qué resignada melancolía miraban alejarse el tren!... A mí, te digo que me daban ganas de cogerlas a todas en un puñado y llevarlas a otro mundo, y a otra vida que valiera la pena de vivirse, fuera de aquel estrecho ambiente pueblerino, egoísta y brutal, que solo ellas encantaban con el hechizo, de su juventud.

CRISTINA

¿Pero llevártelas a todas?... ¡Con que te llevases una!...

ALFREDO

¡Sí, pero una que vale por todas!... Una, que quizá no esté ducha en las artes de una vida refinada, en los encantos de una gentil desenvoltura, como las señoritas de grandes ciudades, pero cuyo aspecto de simpática cortedad, me dice a mí, no sé por qué, que posee un alma blanda, de matiz suave... ¡Alma propiciad a un amor largo, leal y profundo... ¿Me engañé?...

CRISTINA

¿Qué has de engañarte?... Ahora, que yo, así muchas cosas bonitas, como tú, no sabré decir, pero sentirlas, sí; sentirlas las sentiré todas..., ¡todas las que hagan falta para quererte una vida entera!

ALFREDO

¡Cristina!

CRISTINA

¡Alfredo!

PEPE

¡Eduarda!

EDUARDA

¡Pepe!

(Hablan y ríen.)

Escena X

Dichos, DON RÉGULO y CAZORLA, en el balcón del casino.

CAZORLA

(Asomándose recatadamente por las persianas entreabiertas.) ¡Mire usted, don Régulo, mire usted los hombres que nos manda el gobierno para moralizarnos!

DON RÉGULO

(Asomándose.) ¡Porra! ¡Mi mujer bromeando con él!

CAZORLA

¡Silencio! Seguiremos observando. (Retira a DON RÉGULO.) La víbora ha picado. El veneno hará lo suyo. ¡Sois míos!

(Cierra, después de lanzar una mirada mefistofélica. Se escuchan en la calle los sones de una charanga lejana que va acercándose poco a poco y el alegre griterío de la multitud.)

Escena XI

Dichos, ANASTASIA, MELITONA, EUSTAQUIO y MORRONES, por la izquierda.

CRISTINA

¡Música!... ¿Oyen ustedes?

ALFREDO

¿Pero qué música es esa?

PEPE

¿Qué ocurrirá?

EDUARDA

(Que se asoma al balcón.) Es la charanga del tío Maillo.

PEPE

¿Pero es que hay fiesta en el pueblo?

CRISTINA

¡No, qué ha de haber! Por eso me choca.

EDUARDA

Y vienen hacia aquí, y les sigue la gente.

CRISTINA

¡Anda, y ponen colgaduras en el casino!

(Un mozo pone colgaduras con los colores nacionales en el casino.)

PEPE

(Asustado, a ALFREDO.) Oye, pero, ¿será eso también por nosotros?

ALFREDO

¡Mucho me lo temo!...

PEPE

Oye, tú, ¿se me puede confundir a mí con el obispo?... Porque yo ruedo ya de conjetura en conjetura...

(Entran MELITONA, ANASTASIA, EUSTAQUIO y MORRONES, por la izquierda. Vienen jadeantes, emocionados y muy alegres.)

MORRONES

Excelentísimo señor...

PEPE

(Atónito.) ¿Es a mí?

MORRONES

A usía excelentísima, que vengo de parte del señor alcaide a decirle a usté, que si pue vuecencia recibir a la señá maestra, y a los alunos de las escuelas públicas, y a una comisión del casino que viene a festejar a usía.

PEPE

¡A festejarme a mí!

EUSTAQUIO

A usía; conque usté dirá.

ALFREDO

¿Pero esa música y esos cohetes son por nosotros?

EUSTAQUIO

¡Por ustés!

PEPE

¿Lo estás viendo?

CRISTINA

¡Por vosotros!... ¿Pero a qué santo?

PEPE

¡No sé, porque yo me llamo Nicomedes!..., ¡digo!...

(Estallan cohetes, repican las campanas, vuelve a sonar la música, grita la gente.)

MORRONES

Conque, ¿qué les digo a las comisiones?

PEPE

Sí, que suban, que suban.

(Todos van hacia la puerta de la izquierda.)

ALFREDO

Bueno, tío, yo creo llegado el caso de que pregunte usted de un modo concreto con quién nos confunden.

PEPE

Quia, hombre; con esta gente pérfida nada de lealtades. Aguarda: malo será si a alguna de estas comisiones no le saco yo por quién nos toman.

CRISTINA

Ya están ahí; ya suben.

ANASTASIA

Viene too lo mejor del pueblo.

EUSTAQUIO

¡Ahora verá usté lo güeno!

Escena XII

Dichos, DOÑA TÁRSILA, CHICOS y CHICAS; luego, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA, DON RÉGULO, CAZORLA, CARLANCA, DON ALICIO, socios del casino, señoritas, etc., etc. Entra DOÑA TÁRSILA, una señora con lentes, ridículamente vestida y con un peinado muy raro y muy liso. Lleva un papel de música en una mano y una batuta en la otra. La sigue un coro de CHICAS y CHICOS, que traen un estandarte. Vienen formados de cuatro en fondo cantando y andando a pasos rítmicos.

DOÑA TÁRSILA, CHICOS y CHICAS

(Al mismo tiempo. Cantan, avanzando hacia OJEDA, y a medida que avanzan, él retrocede, también a compás, como asustado de aquello.)

¡Loor, loor, loor!...

¡Oh, insigne y gran señor!

Por tu visita honrosa,

la juventud estudiosa

te aclama con fervor.

¡Loor, loor, looor!...

(Durante el himno han entrado las Comisiones con trajes de fiesta, se colocan ordenada y convenientemente, de modo adecuado, para que el conjunto pueda resultar más cómico.)

DOÑA TÁRSILA

Con la venia del señor Alcalde. (Reverencia.) Excelentísimo señor: Cábeme, la inmerecida honra de ofrendar a vuecencia este tierno plantel cultural, delicadas flores. (Aparte, a un niño.) Mateo no te toques las narices que está feo... (Alto.) Delicadas flores que cultivó una servidora, humilde maestra superior, que no es normal, por envidias, e hija del pedagogo don Zacarías Ullera, mi señor padre, honra y prez de la magistratura docente nacional. Feo está que una servidora lo diga, pero mi señor padre era una persona muy docente; mucho más docente que yo. Con honda pena lo manifiesto. Sin embargo, como se murmura en la corte que si los Ayuntamientos tienen o no tienen abandonadas sus obligaciones respecto a istrucción pública, yo quiero dar a vuecencia un mentís mostrándole los pogresos de estos tiernos niños y niñas, que no diré yo que sean unos Merlines, pero, sí honra y prez de la infancia estudiosa y crecedera. (Aparte, a un niño.) Tiburcio, que me das con el estandarte. (Alto.) Y ahora, con permiso de vuecencia, me voy a permitir examinarlos, individual y corporativamente, para que se juzgue de su instrucción. Con la venia.

PEPE

(Aparte.) Oye, párvulo, no metas el dedo en el arrope; haz el favor. (Alto.) Siga...

DOÑA TÁRSILA

¿Si quiere vuecencia, empezaremos por la jografía?

PEPE

Por la jografía o por la jometría, me es igual...

DOÑA TÁRSILA

Vamos a ver... Úrsula Canana.

CHICA 1ª

(Dando un paso al frente.) Servidora...

DOÑA TÁRSILA

A ver, tenga usted la bondad de decirnos: ¿cuántos golfos hay en España?...

CHICA 1ª

Muchísimos, golfos hay muchísimos...

DOÑA TÁRSILA

Muy bien... ¿Y cabos, hay muchos cabos?

CHICA 1ª

Cabos también hay muchísimos.

DOÑA TÁRSILA

¡Pero determínelos!

CHICA 1ª

Pues el Finisterre, en Vizcaya; el Ortega, en Gerona; el..., el...

DOÑA TÁRSILA

¿Cómo se llama el que hay en Huelva?... Cabo de... (Acción de pegar.)

CHICA 1ª

Cabo de..., (Le da golpes con la batuta.) de Palos.

DOÑA TÁRSILA

¿Y cómo se llama el de Almería, cabo de qué?

CHICA 1ª

Cabo de..., cabo de...

CHICO 1º

¡Miau!

CHICA 1ª

¡Gato!

PEPE

Gata, rica.

DOÑA TÁRSILA

Como verá vuecencia, salvo la confusión del sexo, todo lo demás...

PEPE

Sí; una verdadera monada. ¡Parece mentira!, y a la edad que tiene; porque esta niña no habrá cumplido aún los treinta y seis años.

CHICA 1ª

¡Me voy pa los deciocho!

PEPE

Bueno, pues vete; anda, rica, vete y no vuelvas; anda.

DOÑA TÁRSILA

Ahora va a ver vuecencia un discípulo aventajado. Aniceto Recocho.

CHICO 1º

Servidor.

DOÑA TÁRSILA

¿Qué son líneas paralelas?

CHICO 1º

Mauregato, Sisebuto, Recaredo, Chindasvinto...

DOÑA TÁRSILA

¿Pero qué estás diciendo, so zarrapastroso?

CHICA 2ª

Es que él dice los reyes godos, porque lo de las paralelas me lo tenía usté que haber preguntao a mí. Mire usté el papel y verá.

DOÑA TÁRSILA

(Confusa.) ¿El papel?...

CHICA 2ª

Estos dos eran los reyes... Paralelas, mi hermana y yo...

DOÑA TÁRSILA

Sí, sí; bueno... (Aparte.) Me estáis haciendo correr un ridículo que eriza. (Alto.) Bien; pues di, di... ¿Qué son líneas paralelas?

CHICA 2ª

Pues aquellas que no se prolongan por mucho que se encuentren. ¿Ve usté cómo era yo?

DOÑA TÁRSILA

(Aparte.) ¡Maldita sea tu estampa, so cafre!

PEPE

Bueno; basta, basta... Si no me lo dijeran creería que estas criaturas habían estudiado en Bolonia.

DON ACISCLO

Y ahora, excelentísimo señor, pocas palabras de mi parte. Ya ha visto usted nuestra juventud estudiosa cómo aprovecha los desvelos del monecipio, de forma que solo nos resta que, iso fazto, don Alicio Carrascosa, aquí presente..., llamao por su elocuencia el Melquíades de Pancorbo,

(DON ALICIO hace una gran reverencia.)

su ciudad natal, va a tener el honor de ofrecerle el homenaje que le preparamos. Ande usté don Alicio.

TODOS

Chis...

(Silencio, expectación.)

DON ALICIO

(En tono de oratoria rural.) Excelentísimo señor: Mis nobles y queridos conterráneos. El ilustrísimo Ayuntamiento de esta villa, conjuntamente con el casino de la misma, que tengo el honor de presidir, han organizado un banquete que, a manera de modesto homenaje, se ofrecerá mañana a este nuestro ilustre y preclaro huésped.

PEPE

(Aparte, a un chico.) ¡Niño, deja las morcillitas!

DON ALICIO

¡Ah, mis leales y queridos villalganceños, los sentimientos patrióticos se exaltan ante las grandes y meritorias personalidades, honra de la nación!

PEPE

(A ALFREDO.) Me han tomado por un político. Lo que yo me figuraba.

DON ALICIO

Y mucho más cuando el ciudadano integérrimo que nos honra con su visita no es un político.

PEPE

(A ALFREDO.) Pues no soy un político.

DON ALICIO

No es un político ni mucho menos, y, claro, que ante tal negativa, vosotros me preguntaréis: ¿es acaso un hombre de ciencia?... No.

PEPE

(A ALFREDO.) No.

DON ALICIO

¿Es un escritor eminente?... No.

PEPE

No.

DON ALICIO

¿Es un artista ilustre?... No.

PEPE

(Asombrado.) Tampoco.

DON ALICIO

¿Pues qué es este hombre, me preguntaréis?... Y yo voy a deciros lo que es este hombre.

PEPE

(Aparte.) ¡Gracias a Dios!

DON ALICIO

Pues este hombre es ¡nada menos! que el módulo representativo de una nueva función generatriz del Estado, en su relación legislativa, ¿he dicho legislativa?..., jurídica, dentro de las modernas ideologías plasmadas en las grandes síntesis aspirativas de la Humanidad... ¡Eso es este hombre!

PEPE

¡Ca, hombre!

DON ALICIO

Sí, hombre; eso y nada más.

ALFREDO

(Aparte, a PEPE.) ¿Qué será eso de módulo?

PEPE

(Ídem, a ALFREDO.) No sé; pero me suena a algo así como a marisco.

ALFREDO

(Ídem, a PEPE.) Pues sí que nos ha sacado de dudas.

DON ALICIO

Y ahora que ya sabéis quién es, una sola palabra para terminar. Conterráneos, honremos a este hombre; porque honrándole, nos honramos. He dicho.

(Aplausos, bravos, felicitaciones.)

PEPE

Señores, unas palabras...

TODOS

Chis..., chis...

(Gran atención.)

ALFREDO

(Aparte, a PEPE.) ¿Pero qué va usted a decir?

PEPE

(Ídem, a ALFREDO.) Una cosa parecida a la suya. Yo no me aguanto eso de módulo. (Alto.) Villalganceños: Honrándome exageradamente ha dicho, en disculpable exaltación el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, que yo soy un módulo. Pues bien, sí, quizá yo sea un módulo; pero él, en cambio, es una espátula.

ALFREDO

(Asustado, le tira de la americana.) ¡Tío!

PEPE

Una espátula con la que se extiende sobre el lienzo de las realidades españolas el vivo anhelo del espíritu nacional, que trata laudablemente de incorporarse, en la plenitud de todas sus conciencias, a la marcha triunfadora de los pueblos libres hacia los nuevos ideales del Derecho y de la Justicia...

TODOS

¡Bravo, bravo!

(Aplauden.)

PEPE

Villalganceños: pocas palabras más. Al honrarme a mí, ¿vosotros sabéis qué ideales exaltáis?

TODOS

¡Sí, sí!

PEPE

Al ofrecerme este homenaje, ¿vosotros sabéis lo que significo yo?

TODOS

¡Sí, sí!

PEPE

¿Vosotros sabéis quién soy yo?

TODOS

¡Sí, sí!

PEPE

Pues si vosotros sabéis quién soy yo, yo no...; yo no os molestaré en volveros a informar respecto a mis legendarias y tradicionales convicciones. He dicho.

(Aplausos.)

DON ALICIO

¡Viva España!

TODOS

¡Viva!

DON ALICIO

¡Sí, viva la España de Sagunto y de Numancia, de Colón y de Hernán Cortés, del Dos de Mayo y de Covadonga!

(Aplausos frenéticos.)

TODOS

¡Vivaaaaa!

(Llorando todos, se abrazan; suena la música, repican las campanas, estallan los cohetes. Van desfilando, después de estrechar la mano y felicitar a OJEDA. Cantando.)

DOÑA TÁRSILA, CHICOS y CHICAS

(Al mismo tiempo.)

¡Loor, loor, loor!...

¡Oh, insigne y gran señor!,

etcétera, etc.

(Vanse todos.)

Escena XIII

PEPE OJEDA y ALFREDO.

ALFREDO

¡Pero, tío!

PEPE

(Cayendo derrengado sobre una silla.) ¡Ay Alfredo!

ALFREDO

¿Qué le pasa a usted?

PEPE

¡Que mi confusión sigue en aumento; que yo estoy muy malo; que yo no sé lo que me pasa! ¿A qué vienen esas explosiones patrióticas? ¿Por quién me toman? ¡Media hora hablando y aún no lo sé!

ALFREDO

Sin embargo, tío, a mí me parece que empiezo a comprender...

PEPE

¿Tú?

ALFREDO

Sí. Todo eso sospecho que lo hacen porque nos temen.

PEPE

¿A nosotros? ¿Que nos temen?

ALFREDO

Sí, nos tienen miedo; no hay duda..., por eso son las dádivas, el dinero, las aclamaciones. Nos confunden con algo que para ellos es un fantasma medroso.

VOZ

(Lejos.) ¡Viva España!

VOCES

(Ídem.) ¡Vivaaaa!

ALFREDO

¡Y conciencias concupiscentes y claudicadoras que infamó el delito quieren acallar el terror de verse castigadas con gritos de falso patriotismo!

PEPE

¡Es posible! ¡Sin duda es eso! El miedo, siempre el miedo... ¡La cobardía profanando, para disculparse, las reliquias sagradas de la Historia! ¡Cobardía, miedo, claudicación!... ¡Ah miserables!

VOZ

(Ya muy lejos.) ¡Viva España!

PEPE

Sí, ¡viva España! Pero ¡cómo va a vivir si no nos hacemos todos un poco mejores! Viva España; pero viva con un ideal cierto, seguro, firme, que acabe para siempre con los miedosos, con los claudicadores, con los cobardes... (Sale al balcón.) ¡Viva España!

(Le aclaman frenéticamente. La gente grita; le aplauden de los balcones del casino. Estalla un cohete junto a él. Entrando.)

¡Mi madre! (Se cubre los ojos con las manos.)

ALFREDO

¿Qué ha sido?

PEPE

¡Un cohete! ¡De poco me deja ciego! ¡Y me lo ha disparado el secretario! ¡Lo he visto! ¡Canalla! ¡Ladrón!

VOZ

¡Viva España!

VOCES

¡Vivaaaa!

(Música, campanas, aplausos.)

TELÓN

Acto III

La misma decoración del acto segundo. Es de noche.

Escena I

PEPE OJEDA, DON RÉGULO y CAZORLA. Al levantarse el telón, aparece PEPE OJEDA en el casino. Está en pie, pronunciando un brindis a la cabecera de la mesa, donde acaban de celebrar un banquete. Se ven socios sentados cerca de él, que en las ocasiones que se indican le aplauden. En el cuarto de la fonda, que tiene las vidrieras de los dos balcones cerradas, razón por la cual se ve accionar a PEPE OJEDA sin que se le oiga, están DON RÉGULO y CAZORLA. Se hallan situados junto al balcón de la izquierda, mirando a través de las vidrieras, hacia el casino.

DON RÉGULO

(Iracundo y exaltadísimo, apunta a PEPE con una browning que tiene en la mano.) ¡Sí, sí; déjeme usted, lo mato sin remedio! ¡Le mato en pleno discurso!

CAZORLA

(Esforzándose por contenerle.) ¡No, no, por Dios! ¡Sería una tragedia espantosa! ¡Sería una interrupción, que ni en el Congreso! Calma, mucha calma.

DON RÉGULO

¿Pera no oye usted lo que dice? ¿No oye usted lo que grita ahora ese cínico?

(Quedan atentos, abren un poco la vidriera y entonces se oye a PEPE OJEDA hablando como un poco lejos y en tono oratorio.)

PEPE

Celebremos; sí, celebremos todas nuestras conquistas, nuestras hermosas conquistas, para que nos envidien aquellos que...

(Cierran. Se deja de oír, aunque se le sigue viendo accionar.)

DON RÉGULO

¡Ah miserable! ¡Que celebren sus conquistas! ¡Y mírela usted, mi mujer se sonríe! ¡Oh!

CAZORLA

¡Qué cinismo! ¡Pobre amigo! (Le abraza.)

DON RÉGULO

¡Ah, no, no; yo no lo sufro! (Apunta de nuevo.) ¡Déjeme usted que dispare!

CAZORLA

(Desviándole el brazo.) ¡Sí, le sobra a usted la razón por encima de los pelos; pero conténgase usted ahora! Sería producir una tragedia inútil. ¡No es este el momento! Yo, don Régulo, que estimo su honor como mi propio honor, le diré a usted que realice su justa venganza cuando sea llegado el instante; ahora, no. (Misteriosamente.) Piense usted que al disparar desde esta casa, no solo se comprometería usted, sino que comprometería a don Acisclo... (Entorna la puerta del balcón y deja de verse a PEPE OJEDA.)

DON RÉGULO

¡Sí; es verdad! ¡Eso te vale, villano!

CAZORLA

A don Acisclo, que está ahí dentro (Señala la puerta primera derecha.) haciendo, en complicidad con la Anastasia, un registro entre los papeles de esos hombres; registro que puede ser nuestra salvación... ¡La salvación del pueblo!

DON RÉGULO

Sí, sí; es cierto, amigo Cazorla; lo comprendo todo; pero es que las leales revelaciones de usted han despertado en mi corazón el demonio de los celos...

CAZORLA

Don Régulo, yo no podía consentir el ridículo de un amigo entrañable.

DON RÉGULO

¡Sí; ha hecho usted bien, muy bien; pero os que yo ya no puedo vivir sin una venganza terrible! ¡Y me vengaré; sí, me vengaré! (Queda junto al balcón, mirando obstinadamente al casino.)

CAZORLA

Sin embargo, calma; calma ahora.

Escena II

Dichos, DON ACISCLO, DOÑA CESÁREA y ANASTASIA, por la primera derecha.

DON ACISCLO

(Sale cautelosamente por la primera derecha, seguido de DOÑA CESÁREA y ANASTASIA.) ¡Na, asolutamente na! ¡Ni un papel, ni un detalle! ¡Maldita sea!

CAZORLA

(Yendo a su encuentro.) ¿No encontraron nada?

DON ACISCLO

¡Naa; estoy que me muerdo! ¡Too registrao y naa! Ni el nombramiento, pa haberlo roto; ni cartas, ni credenciales, ni oficios...; ¡naa!

CAZORLA

¡Pero no han encontrado ni siquiera...!

ANASTASIA

Naa. ¿No lo oye usté? Cuatro calcetines con una de tomates, que ni una fábrica e conservas; tres camisolas sin marcar, dos jerseises y unas silenciosas. Es too lo que tenía la maleta.

DOÑA CESÁREA

Y la mar de faturas. Zapatería de no sé qué..., debe. Sastrería de no sé cuántos, debe. Camisería... de quién sabe Dios..., debe. Esos han dejao a deber hasta el bautizo.

ANASTASIA

Y también les hemos encontrao una faztura de la sombrerería, de cinco gorras. ¡Pásmese usté!

DON ACISCLO

Claro, cinco gorras. ¡Como que es su uniforme!

CAZORLA

¡No tener más, es inverosímil!

DOÑA CESÁREA

No lo duden ustés; esos hombres son mu ladinos, y pa mí que han dejao el equipaje en el cuartel de la Guardia Civil, pa que no pudieran tocarles la documentación.

CAZORLA

Es muy posible.

DON ACISCLO

(A ANASTASIA.) ¿Y tú no les has visto romper papeles u esconderlos?

ANASTASIA

¡Digo, pues si yo lo hubiá visto! Ya los tendrían ustés en su poder. Les llevo una lista hasta de las veces que estornudan, conque usté verá. (Yendo hacia el balcón.) ¡Y todavía está hablando! Eso es un loro.

DON ACISCLO

¡Maldito sea! Pos yo na pueo hacer más pa quítamelos de encima, ya lo han visto ustés. Por las buenas, regalos, dinero, festejos... ¡Qué lástima fue lo del cohete! ¡Con el ingenio que tenía!

CAZORLA

¡Si estalla medio metro más abajo..., tiene que ir a curarse a Madrid!

DON ACISCLO

Ya les dije a ustés que eso era poco inocente. ¡Ahora hay que comenzar por las malas!

DOÑA CESÁREA

Pero por las malas..., de veras.

CAZORLA

¡Mi plan! Voy a seguir azuzando.

(Vase al balcón con DON RÉGULO.)

DON ACISCLO

Por de pronto, yo he metido en la cárcel hasta el Perniles y Garibaldi, pa que no les puan dar datos contra nosotros.

DOÑA CESÁREA

Pero no basta, Acisclo; no basta. No seas infeliz, que tú eres un desgraciao.

(Hablando el resto de la escena en tono confidencial.)

DON ACISCLO

¿Yo?

DOÑA CESÁREA

¡Tú! Ya lo ves. ¡Esos tíos t'han cogío el dinero y s'han reío de ti!

DON ACISCLO

Pues mal año pa ellos, que el que se ríe de mí, llora a la postre.

DOÑA CESÁREA

Siquiá quítales las dos mil pesetas.

DON ACISCLO

Déjalo, que de eso s'ha encargao Carlanca. Ha cogío la bufanda, el retaco... y dos amigos, y esos canallas se dejan en el pueblo los billetes, como se los dejó aquel recaudador de contribuciones... ¡Por estas!

DOÑA CESÁREA

Haces bien. Y a más, no consientas que a ti te quiten de mandar.

DON ACISCLO

¡Nunca!

DOÑA CESÁREA

Tú ties en el pueblo too el poder; pos antes que soltar la tajá hay que dejarse en ella los dientes.

DON ACISCLO

Descuida. No suelto las riendas. Treinta años mandando... ¡Con los enemigos que da eso! ¡Si me vian caído, me se comían!; estoy yo ya muy duro pa que me roan. No; yo te digo que no. Yo te digo que antes ¡le pegaba fuego al pueblo!

DOÑA CESÁREA

(Con entusiasmo.) ¡Eso eres tú!

DON ACISCLO

¡Antes que verme pisao, too! ¿Lo oyes bien? (Con gesto de ira feroz.) ¡Too!

DOÑA CESÁREA

¡Acisclo, que me espantas!

DON ACISCLO

(Sonriendo.) ¡Mujer!

DOÑA CESÁREA

¡Lo has dicho en un tono, que me s'han puesto de punta hasta los pelos del añadío!

DON ACISCLO

(Sigue sonriendo.) No t'apures, ya me conoces. En el fondo soy un infeliz. Too le llamo yo a un sustejo de naa.

DOÑA CESÁREA

¡Pero ten cuidao con Carlanca, que ese es mu bruto!

DON ACISCLO

¡Bah, otro infeliz!... ¿Sabes quién va a hacerles el avío a los forasteros?

DOÑA CESÁREA

¿Quién?

DON ACISCLO

Ese rebajuelete.

DOÑA CESÁREA

¡Cazorla!

DON ACISCLO

Ese. Que míalo, (Riendo socarronamente.) no s'arrima una vez a don Régulo, que no le encienda el coraje.

(Para cumplir la indicación del diálogo, un momento antes se ve a DON RÉGULO, inquieto, volver a su manía de dispararte a PEPE OJEDA, y a ANASTASIA y CAZORLA que tratan de detenerlo.)

DON RÉGULO

(Exaltado de nuevo.) Sí, sí; tiene usted razón; luego se irán a Madrid ufanándose de habernos burlado y habernos escarnecido..., y eso, no; de un caballero no se ríen esos... ¡Déjeme usted; lo mato!

CAZORLA

¡Sí, sí...; pero ahora, no!

ANASTASIA

(Asustada.) ¡Por la Virgen Santísima! ¡Caramba! ¡Calma!

DON ACISCLO

¿Pero qué le pasa a ese hombre?

CAZORLA

¡Por Dios, señor alcalde, intervenga usté; que le quiere disparar!

DON ACISCLO

(Va hacia él.) ¡Pero, qué va usté a hacer, so loco!... (Le separa del balcón.) Venga usté aquí.

DON RÉGULO

¡Don Acisclo, mi honra peligra! ¡Estoy en un estado de excitación que, o mato a ese hombre o me muero, de un berrinche, me muero!

DON ACISCLO

Serenidad, don Régulo; que no semos creaturas. Ya conoce usté mis dotrinas; brutos, pero a tiempo.

CAZORLA

Esa le digo yo; quizá esta misma noche nos dará ocasión para todo.

DOÑA CESÁREA

Seguro. Cuando le traigan ustés los libros del Ayuntamiento pa que los revise.

DON ACISCLO

Espérese usté a entonces, y de que ponga tanto así de reparo en naa, le da usté el puñetazo acordao en sesión, y en seguía los padrinos, la cuestión de honor y lo que sea; que no será poco, siendo usté el atizante.

DON RÉGULO

No sé si tendré paciencia para esperar, señor alcalde. Yo aguanto pocas cosas, muy pocas; pero menos que ninguna que nadie levante los ojos hasta mi mujer, porque a ese lo mato.

DON ACISCLO

¡Hombre, no se ponga usté así! Después de too, aunque descubriese usté cualisquier cosilla...

DON RÉGULO

¡Ese muere!

DON ACISCLO

(Aparte.) ¿Sabrá lo mío?

DOÑA CESÁREA

Es que doña Eduarda es una mujer honrá, don Régulo.

DON RÉGULO

Pero le tolera a ese hombre excesivas galanterías, señora Cesárea.

DON ACISCLO

Bueno...; no hay que olvidar tampoco que usté mismo la recomendó que, estuviese amable con ese sujeto, y ella, quizá que por hacerle a usté caso...

DON RÉGULO

Pero una cosa es que me haga caso a mí y otra que le haga caso a él. ¡Caramba!

CAZORLA

Eso es bíblico.

DON RÉGULO

Comprenderán ustedes mi deseo de venganza.

DON ACISCLO

Bueno, calma; que too llegará. Y ahora, antes que acabe, al casino. (A ANASTASIA.) Y tú de esto ni tanto así, porque te costaría...

ANASTASIA

Quie usté callarse... Pasen pol gabinete y bajen por la escalera que da al callejón.

(Vanse todos por la segunda derecha.)

Escena III

EDUARDA, CRISTINA y EUSTAQUIO, por la primera derecha. Entran las dos acongojadas, con caras de angustia, precedidas del Criado.

EUSTAQUIO

¿Pero qué les ocurre a ustés pa ese desasosiego y ese agobio?

EDUARDA

Nada, Eustaquio; no te preocupes, no es nada. (Aparte.) Me sorberé las lágrimas.

EUSTAQUIO

(Ofreciendo una silla a CRISTINA.) Pero asiéntense ustés, que vienen que s'ahogan.

CRISTINA

(Que pasea agitada.) No, no, gracias; yo no podría estarme quieta.

EDUARDA

Mira, Eustaquio, hijo; lo que deseamos es que nos dejes solas.

EUSTAQUIO

Pero ya saben ustés que esta habitación la ocupan...

EDUARDA

Sí, sí...; lo sabemos todo; pero nos precisa asomarnos a ese balcón un momento. Por eso venimos. Nada más. (Saca una moneda, que le da.) Toma y calla.

EUSTAQUIO

(Cogiéndola.) ¡Dos reales!

EDUARDA

Si eres discreto, no serán los últimos.

EUSTAQUIO

(Aparte.) ¡Gorda tie que ser la cosa! (Vase por la primera izquierda.)

Escena IV

EDUARDA y CRISTINA.

EDUARDA

(Dando rienda suelta a su dolor.) ¡Ay Cristina de mi alma, estoy desolada, muerta de angustia!

CRISTINA

¡Y yo, doña Eduarda, y yo! Mire usted cómo tiemblo desde que sorprendí entre mi tío y el secretario la conversación que he sorprendido.

EDUARDA

Es preciso que estos hombres conozcan el peligro en que están.

CRISTINA

Sí... Para que se vayan del pueblo, para que huyan a escape.

EDUARDA

¡Sí, para que se vayan; pero también para que antes Ojeda me salve a mí, salve mi honor! ¡Ah, ese infame, ese canalla de Cazorla!

CRISTINA

Tiene la maldad del demonio.

EDUARDA

¡Peor! ¡El demonio es un niño de primera comunión comparado con él!... ¡Ese miserable, haber sembrado el infortunio en mi hogar, hasta hoy dichoso!... ¡Ah! (Llora.)

CRISTINA

¡Qué infamia! ¡Si parece mentira!... Habérsele ocurrido meter celos contra usted en el corazón de don Régulo para que mate al señor Ojeda y que el Ayuntamiento se vea libre de él. ¡Vamos, que no paga ni hecho trizas!

EDUARDA

¡Y haberme infamado a mí, Cristina, a mí; que teniendo clavado en mi corazón el dardo que tengo, antes moriría cien veces que faltar a mi esposo!... (Llora.)

CRISTINA

¿Pero usted cree que don Régulo le dará crédito a esa infamia?

EDUARDA

¡Ya lo creo que le da crédito; pues eso es lo trágico! En unas cuantas horas mi marido es otro. Antes no tenía más que ojos para mirarme. Ahora busco su mirada y la encuentro en los calcetines, en la alacena, en el Blanco y Negro, en cualquier parte menos en mí. Estamos en la mesa, me habla, y lo hace en un tono tan glacial, que me enfría hasta la sopa. Y luego, él, de suyo tan amable siempre, tan cortés conmigo... ¡Ay, lo que me ha hecho hoy a los postres, Cristina! (Llora.)

CRISTINA

¿Qué le ha hecho?

EDUARDA

Figúrate que yo, cuando una naranja me sale dulce, nunca me la como sin darle dos o tres cascos. Pues hoy, hoy como siempre se los di... (Llorando amargamente.) y me ha dado con los cascos en las narices... ¡Él, devolverme los cascos!

CRISTINA

¡Pues si con el carácter que tiene se pone furioso!...

EDUARDA

¡Figúrate qué tragedia! ¡Una mujer deshonrada, un hombre muerto!

CRISTINA

Sí, sí. Pues no perdamos tiempo. Hay que ponerlos sobre aviso. Llámelos usté.

EDUARDA

¿Pero, cómo?

CRISTINA

Acerquémonos al balcón a ver si nos ven.

EDUARDA

Sí; es lo mejor. Le haré una seña.

CRISTINA

Dé usted en los cristales.

EDUARDA

Calla, ya parece que mira. ¡Chis, chis!

(PEPE OJEDA mira; le hacen señas, que no entiende y que le obligan a poner cara de extrañeza, sin interrumpir por eso el discurso.)

CRISTINA

(Abriendo el balcón.) Que vengan.

EDUARDA

(Haciendo señas.) Venid...

PEPE

(Como si continuara dirigiéndose al auditorio.) ¿Qué decís?

CRISTINA

Que vengan ustedes.

PEPE

¿Qué decís a esta afirmación que yo os hago?... (Más señas.) ¿Qué queréis decir?... ¡Ah señores!

EDUARDA

¡Que vengas, hombre!

PEPE

¿Yo?

(Le hacen señas que sí.)

Yo... Ya voy..., ya voy a terminar...

EDUARDA

Pronto. (Señas.)

PEPE

Voy a terminar y voy en seguida..., porque en este brindis creo haberos confirmado todo...

(Cierran y deja de oírse a PEPE OJEDA.)

cuanto en mi larga actuación...

CRISTINA

Ya nos ha entendido.

EDUARDA

Entonces no tardarán. Estoy deseando que lleguen.

CRISTINA

¿Y yo; qué hago yo, doña Eduarda, qué hago? ¿Qué le diré a mi Alfredo?... ¡Estoy inquieta, indecisa, no duermo, no vivo!

EDUARDA

¿Tú no le quieres, Cristina?

CRISTINA

Con un cariño inmenso; ya lo sabe usted.

EDUARDA

¿Pues entonces?...

CRISTINA

Pero por otra parte le tengo miedo a mi tío; que si supiera que venían a quitarle mi fortuna, era capaz de hacer una brutalidad, y luego, Alfredo parece que me quiere; pero hace tan poco que le conozco...

EDUARDA

Mira, Cristina. En amor sigue siempre el impulso de tu corazón. No vaciles. Tú, aunque lejanos, ¿no tienes unos parientes en Madrid?

CRISTINA

Sí, señora.

EDUARDA

Pues vete con ellos. Emancípate de la tutela de estos egoístas. Dichosa tú, que puedes abrir tus alitas de golondrina, tender el vuelo y hacer el nido en el alero de un tejado cortesano. ¡Ay de las que tenemos la jauda colgada en el clavo del deber, a la puerta de un corral!

CRISTINA

Pero si yo me marchase, el pueblo..., la gente...; podrían decir...

EDUARDA

¿Serías tú capaz de algo indigno?

CRISTINA

Antes me moriría; ya lo sabe usted.

EDUARDA

Entonces..., ¿no te temes a ti misma y temes a los demás? No vaciles, Cristina...; vete a Madrid, cásate con Alfredo. Y ya ves que te lo digo yo, yo que cuando te vayas me quedaré sin tu tierno afecto y sin... (Vacila.) ¡Ay!... Pero la jaula, el clavo...; ¡qué remedio! Alegremos la vida de los que nos enjaularon y bendigamos a Dios hundiendo el pico en el alpiste cotidiano..., y perdona esta imagen pajarera y dolorida...

CRISTINA

Usted me da ánimo, doña Eduarda. Eduarda... ¡Calla; sí..., él sube!

Escena V

Dichos y PEPE OJEDA, por la puerta izquierda.

PEPE

¡Eduarda!

EDUARDA

¡Pepe!

(Se estrechan la mano.)

CRISTINA

¿Y Alfredo?

PEPE

Ahora vendrá. Quedó con unos señores. Creo que querían regalarle un perro y le llevaron a que lo viese.

EDUARDA

¿Un perro? ¡Qué cosa más rara!

CRISTINA

¡Ay! Yo no estoy tranquila. ¡Si vieran ustedes que también he oído a Cazorla no sé qué de un perro!...

PEPE

Bueno, ¿y qué os ocurre?

EDUARDA

¡Ay! Pues que yo deseaba por momentos hablar contigo. ¿Sabes ya con quién te confunden?

PEPE

Sí; al fin lo sé: con un delegado del gobierno.

CRISTINA

¿Quién se lo ha dicho a ustedes?

PEPE

(Muy confidencial.) Pues el propio Delegado, que llegó esta tarde al pueblo y que se aloja en casa del sargento de la Guardia Civil.

LAS DOS

¿Es posible?

PEPE

Se llama Abilio Monreal, y da la feliz coincidencia de que le conozco, por ser pariente de unos amigos míos. Le conté el objeto de nuestro viaje, la confusión de que éramos víctimas, y me prometió no presentarse hasta que yo le avise, para darnos tiempo a que Alfredo y tú resolváis lo que os convenga. De modo que por ese punto nuestra seguridad personal no corre peligro.

EDUARDA

¡Ay, no; Pepe, no lo creas; tú estás en un error! ¡Tu vida corre más peligro que nunca!

PEPE

¡Caracoles! ¿Qué dices, Eduarda?

CRISTINA

¡Que está usted en un peligro terrible, señor Ojeda!

PEPE

¿Yo?... ¡Caramba! ¿Pero por qué en un peligro?... Haced el favor de explicaros...

EDUARDA

¡Sí, Pepe; es preciso; que lo sepas todo! Un canalla ha metido en el corazón de mi esposo el torcedor de los celos.

PEPE

¡Cuerno!... ¿Quién dices que ha metido el torcedor?

CRISTINA

Un granuja.

PEPE

¿Pero quién ha sido ese sacacorchos?

EDUARDA

El infame de Cazorla. (Llora.)

PEPE

¿El secretario?

CRISTINA

Ese bandolero, que, suponiéndole el inspector que esperaban, le ha hecho creer a don Régulo que usted pretende a doña Eduarda.

PEPE

¡Canastos!

EDUARDA

(Llorando.) Y que yo, ¡pobre de mí!, te correspondo; para que así mi esposo, ofendido, te rete a un duelo y te mate.

PEPE

¡Qué bestia!... Oye, tú: ¿ese facineroso ha hecho películas?

EDUARDA

No; pero tiene un ingenio maléfico que espanta. (Desconsolada.) Y lo grave es que mi marido te reta.

PEPE

(Alarmado.) ¿Tú crees?...

EDUARDA

Te reta, sí; te reta y te mata.

PEPE

(Tratando de disimular el miedo.) Mujer; eso, no; me mata o le mato yo a él. Después de todo...

EDUARDA

No, no; te mata, Pepe, te mata. Mi marido tira a la pistola de un modo que a veinte pasos le quita al canario un cañamón del pico.

PEPE

(Crece su alarma.) ¡Caracoles!

CRISTINA

¡A veinte pasos; sí, señor!

PEPE

¿Pero esos blancos?

CRISTINA

No le fallan.

PEPE

Pues me habéis dejado el corazón que parece un despertador sin timbre. ¿Y dices que un cañamón?

EDUARDA

Al canario.

PEPE

(Aparte.) ¡Canario!

EDUARDA

Además, boxea de un modo, que aunque no tuviese armas, si te coge y te tira un directo al estómago, te deja en ocaut.

PEPE

¿Ocaut? ¿Ocaut a mí?... Oye: ¿la carretera es saliendo de aquí, a la izquierda? Porque a boxeo puede que me gane; pero, en el último croos country he batido yo el record de los cinco kilómetros con obstáculos. Me seguían dos sastres en motocicleta y no me vieron, no os digo más.

EDUARDA

Pero es que tú no puedes abandonarme, Pepe.

PEPE

¿Que no puedo?

EDUARDA

¡No puedes, porque hay algo peor!

PEPE

¿Peor que el cañamón?

EDUARDA

Que mi marido cree que te correspondo, y no me habla y me rechaza y me desprecia... Y vosotros, al fin, os iréis de aquí, os iréis para siempre: pero yo he de quedarme, ¿y cómo me quedo yo, infeliz de mí, si del corazón de mi esposo no se disipa la duda infamante?

PEPE

¿Y qué puedo hacer yo para disiparle esa ridiculez?

EDUARDA

Que le hables, que reivindiques mi honor, que le jures que es una calumnia...

PEPE

Oye, ¿y todo eso no se lo podría yo decir por escrito? Ya sabes que tengo una letra clarísima y que redacto con cierta soltura.

CRISTINA

No; yo creo que solo oyéndole a usted mismo se quedaría tranquilo.

PEPE

Sí, Cristina; pero es que una persona tan exaltada y con esa puntería..., porque al canario le quita el cañamón y le estropea el almuerzo; pero a mí me quita el cráneo... y ¡adiós, Pepísimo!... Además, ¿cómo puede ese imbécil dudar de tu honra?

CRISTINA

Es que es Otelo.

PEPE

¡Aunque sea su padre, hija! Hay que tener sentido común y saber contar.

EDUARDA

Saber contar, ¿qué?...

PEPE

Años.

EDUARDA

Pepe.

PEPE

¡Lo digo por los míos!

EDUARDA

¡Ay, no, me abandones, Pepe!

CRISTINA

¡No; no la abandone usted, señor Ojeda!

PEPE

Bueno; no tengáis cuidado. No soy ningún Cid Campeador, para qué voy a engañaros y sentiría que un ventajista o un loco me hiciera dejar en este villorrio el agradable pergamino que me envuelve y que tantos afanes me ha costado conservar; pero al cabo, más mérito tiene jugarse el tipo con el miedo que sin él. De modo que me quedo; le hablaré a tu marido.

EDUARDA

Gracias, Pepe; muchas gracias.

(CRISTINA va al balcón a mirar.)

PEPE

Eso, sí; que yo le hablo a tu marido; pero el Cazorlita ese y el alcalde me las pagan, vaya si me las pagan. Lo que me contaste de que el alcalde te hace el amor es cierto, ¿verdad?

EDUARDA

¡Cómo si no iba yo a decírtelo!

PEPE

Basta.

EDUARDA

¿Qué intentas?

PEPE

No; nada. A mí a agilidad intelectual no me sobrepasa ningún municipio, como diría ese mirlo legislativo. ¡Ya veréis!

CRISTINA

(Que entra del balcón.) Alfredo, ya viene Alfredo... ¡Pero viene corriendo, como aterrado!...

PEPE

¿Aterrado? ¿Qué le pasará?

Escena VI

Dichos y ALFREDO.

ALFREDO

(Que entra lívido, descompuesto, con la americana rota.) ¡Ay tío, ay tío de mi alma!

CRISTINA

(Anhelante.) ¡Alfredo!

PEPE

¿Qué te ocurre?

EDUARDA

¡Viene usted lívido!

CRISTINA

¡Tiemblas!

PEPE

¿Qué te ha pasado?

ALFREDO

No; nada. ¿Se acuerda usted del perro que me querían regalar?

PEPE

Sí; un seter, un precioso seter.

ALFREDO

Seter, ¿eh? Pues mire usted la americana. (La lleva desgarrada por detrás.) ¡Mire usted qué seter!

EDUARDA

¡Qué siete!

ALFREDO

El perrito, que estaba rabioso.

PEPE

¿Qué dices?

ALFREDO

Absoluta y totalmente rabioso. Si no tengo la suerte de esquivarle, me destroza.

CRISTINA

¡Qué infames!... ¿Ven ustedes lo que yo decía del perro?

EDUARDA

¡Asesinos!

ALFREDO

¡Ay, qué rato he pasado!

PEPE

Por lo que parece, estos cafres empiezan a tirar con bala.

CRISTINA

¡Por algo temblaba yo de que no vinieras!

ALFREDO

Y, además, sospecho que nos preparan algo terrible. En ese callejón he visto un tío envuelto en una manta y con algo debajo, que si no es un trabuco es un pariente próximo.

CRISTINA

¡Ay!... ¿Qué acecharán?

EDUARDA

¡Debe ser el Carlanca; es un asesino!

PEPE

Ya, ya; uno de los que gritaban ¡viva la España del Dos de Mayo y de Covadonga!... ¡Y de las encrucijadas!... ¡Ladrones!... ¡Sois muchos y malos; pero no podréis conmigo, yo os lo prometo! ¡Ay, la partida que os voy a jugar!

ALFREDO

Ya lo oyes, Cristina; es imposible permanecer aquí sin grave riesgo. Es necesario que resuelvas pronto.

CRISTINA

¿Y qué he de hacer yo?

ALFREDO

Decidirte, venirte a Madrid. Huir de estos canallas.

PEPE

Sí; hay que marchar esta misma noche.

CRISTINA

¡Pero huir, irme con ustedes!...

ALFREDO

Fía en mi amor y en mi lealtad.

CRISTINA

Sí; en ti fío. Alfredo... Pero irme sola... ¡No; no me atrevo!

ALFREDO

Entonces me quedo yo, también; ¡porque yo no te dejo en manos de estos energúmenos! Sea lo que Dios quiera.

CRISTINA

No; eso, no; tú vete, sálvate.

Escena VII

Dichos y EUSTAQUIO, por la primera izquierda.

EUSTAQUIO

Excelentísimo señor.

PEPE

¿Qué se te ofrece?

EUSTAQUIO

Dispénseme usté y que haiga entrao sin premiso; pero es que la cosa...

PEPE

¿Qué pasa?

EUSTAQUIO

Don Sabino, el médico, que viene llorando que da compasión, con su hija de la mano y un lío de ropa; que ice que tie precisión de hablar con usté; que por Dios y que si pue usté recibilo.

PEPE

¿Que lo reciba yo?... ¿Al médico?... ¿Pero qué desea?

EUSTAQUIO

Yo no sé; pero está el pobre que su alma se la parten.

EDUARDA

¡Pobre don Sabino! ¿Qué le ocurrirá?

PEPE

En fin, dile que pase. Vosotros mientras entrad ahí y resolver con urgencia lo que nos conviene a todos. Pero pronto, antes que nos corten la retirada.

(Entran EDUARDA, CRISTINA y ALFREDO por la segunda derecha.)

Escena VIII

PEPE OJEDA, DON SABINO y MARÍA TERESA, por la primera izquierda.

DON SABINO

(Entra rápido, desolado, seguido de MARÍA TERESA y en actitud suplicante.) ¡Caballero, caballero; por piedad, ampárenos!

PEPE

¿Qué le ocurre a usted, señor mío?

DON SABINO

Ampárenos, vengo huyendo, lleno de temor y zozobra.

PEPE

¿Pero qué le pasa? ¿Qué es lo que teme?

DON SABINO

Que cometen conmigo, la más infame de las iniquidades. Sospecho que me persiguen, que me quieren encarcelar.

PEPE

¿Pero por qué causa?

DON SABINO

Por nada en realidad. El alcalde, que pretexta un ridículo desacato. ¡Son unos miserables! Pero a mí lo que me importa sobre todo es salvar a mi hija. ¡A mi hija!... No tengo otra cosa en el mundo... ¡Por Dios, caballero!

MARÍA TERESA

(Suplicante.) ¡Piedad, señor!

PEPE

Cálmese usted, señorita; cálmense ustedes; siéntense y tengan la bondad de decirme cuáles son sus desdichas y cómo puedo yo remediarlas.

(Se sientan.)

DON SABINO

Caballero, soy el médico de este pueblo; me deben mis honorarios de siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel, yo temo correr la misma suerte. Por eso vengo a implorar auxilio y protección de usted, que en estos instantes es aquí autoridad suprema como Delegado del gobierno.

PEPE

(Aparte.) ¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor...? (Alto.) ¿Pero usted es realmente enemigo del alcalde?

DON SABINO

¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama su enemigo y me persigue, y no me paga, y quiere hundirme en la miseria y en la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes que permanecer aquí prefiero morir de hambre en la cuneta de una carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio de una vida consagrada a la Humanidad y a la Ciencia en un país de ingratos. (Llora.)

MARÍA TERESA

¡No llores, papá!

PEPE

¿Pero tanta infamia es posible?...

DON SABINO

¡Qué saben ustedes, los que viven lejos de estos rincones!... Treinta y cinco años, señor, me he pasado de médico titular, de médico rural, luchando siempre contra el odioso caciquismo; contra un caciquismo bárbaro, agresivo, torturador; contra un caciquismo que despoja, que aniquila, que envilece... y que vive agarrado a estos pueblos como la hiedra a las ruinas... Yo, he luchado heroicamente contra él con mi rebeldía, con mis predicaciones; porque yo, que la conozco, estoy seguro de que en esta iniquidad consentida a la política rural está el origen de la ruina de España.

PEPE

Ah, sí; tiene usted razón, señor mío, y lo grave es que esa tremenda iniquidad de que usted habla no desaparece porque en ella tienen su fundamento las tradicionales oligarquías de nuestra vieja política.

DON SABINO

Exacto, exacto.

PEPE

(Sigue con exaltación oratoria.) Por eso este mal es tan hondo y tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, raíz sustentadora de muchos poderes constituidos.

DON SABINO

¿Y será tal nuestra desgracia, señor, que esta vileza no tenga remedio?

PEPE

¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de la política caciquil y plantemos otro joven, sano y fuerte que absorba para sí la savia fecunda y seque al otro y dé con él en tierra; porque solo en las ramas de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestra aurora... (Aparte.) ¡Ojeda, que te pones cursi!

DON SABINO

¿Y usted que lo sabe y que lo dice, por qué no va a Madrid y lucha para lograrlo, y trabaja?...

PEPE

(Vivamente y con disgusto.) ¡Ah, no; trabajar, no!... A mí pedidme verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apóstoles no han trabajado nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles, soy como un libro de cocina; tengo recetas para todo; pero..., pero hay que buscar la cocinera.

DON SABINO

Pero si la cocinera no parece, ¿qué vamos a hacer políticamente los españoles?

PEPE

Pues lo que venimos haciendo, ¡comer de fiambre!... Pero usted, mi pobre amigo, no ceje en su generosa lucha.

DON SABINO

¿Y cómo no cejar? ¿No ve usted el resultado de mi rebeldía? La niña y yo hemos sufrido miseria, nos morimos de hambre, de hambre, ¡señor mío!..., y cuando voy a implorar como una limosna mi sueldo no quieren pagarme, me dicen que el Ayuntamiento no tiene dinero..., ¡no tiene dinero!...

PEPE

(Exaltado.) ¿Que el Ayuntamiento no tiene dinero?... ¡Canallas!... ¡Y me dan a mí todo esto para que no los lleve a la cárcel!... ¡Don Sabino, tome usted! (Le entrega los billetes que ha sacado del bolsillo.)

DON SABINO

(Asombrado.) ¿Qué es esto?

PEPE

Dos mil pesetas.

DON SABINO

¡Señor!...

PEPE

Guárdeselas. No le humillo con el oprobio de una limosna, no. Ese dinero es del Ayuntamiento. ¿No es usted su acreedor?... Pues guárdeselo sin escrúpulo.

DON SABINO

Pero...

PEPE

¿No le deben a usted siete años? Pues uno menos.

DON SABINO

¿Y cómo, le pagaría yo a usted, señor delegado...?

PEPE

A mí no me llame usted delegado, ¡por lo que más quiera!

DON SABINO

Pero ¿por qué?

PEPE

Pues..., porque no lo soy.

DON SABINO

¿Qué dice usted?

PEPE

La verdad.

DON SABINO

¿Entonces usted ha venido aquí...?

PEPE

A una cosa muy distinta de la que suponen, y para la cual usted podría hacerme ahora un favor inmenso.

DON SABINO

Usted dirá.

PEPE

¡Mi sobrino y la sobrina del alcalde se aman!

DON SABINO

¡Cielos! ¿Cristinita?

PEPE

Es preciso que esa muchacha salga para Madrid esta misma noche. ¿Usted tendría inconveniente en acompañarla?

DON SABINO

¡Con alma y vida! Si ella quiere... Precisamente a Madrid vamos nosotros.

PEPE

¿A qué hora sale el tren?

DON SABINO

A las diez y cuarto.

PEPE

Todavía queda media hora; sobra tiempo. Usted y su hija se llevan a Cristina, esperan en la estación y toman los billetes. Nosotros no tardaremos.

DON SABINO

¡Pero cómo podrá usted salir del pueblo, porque yo he sabido que quieren coaccionarle, que le tienen cercado!

PEPE

No importa. Me iré.

DON SABINO

Además, esos bribones no tardarán en venir con los libros... ¡y con la murga!

PEPE

¿Con la murga? ¿Para qué?

DON SABINO

Es la costumbre del alcalde. En cuanto tiene que rendir cuentas de cualquier cosa, lleva la murga, para que en cuanto le pidan una aclaración toque el pasodoble de Joselito y no haya modo de entenderse.

PEPE

No está mal. Ahora que a mí, como si me quiere traer la Sinfónica. Contra todos puedo. Yo le doy a usted mi palabra, que no solo no han de tocarme el pelo de la ropa, sino que hasta alguno de ellos puede que me acompañe a la estación.

DON SABINO

¡Pero usted es el demonio!

PEPE

Peor. Soy el hombre que ha vivido sin dinero.

Escena IX

Dichos y EUSTAQUIO.

EUSTAQUIO

¿Da usté su premiso?

PEPE

Pasa.

EUSTAQUIO

El señó alcalde, el secretario y don Régulo; que si puen pasar a saludarle a usté.

DON SABINO

(Aparte.) Ahí están.

PEPE

Sí; pero que tengan la bondad de aguardar un instante.

EUSTAQUIO

Está bien.

PEPE

Dales el recado y vuelve, que he de hacerte un encargo.

EUSTAQUIO

Volando. (Vase.)

DON SABINO

¡Ellos aquí!...

PEPE

Calma. Tenga la bondad de hacerme un recibo de las dos mil pesetas.

DON SABINO

Con mucho gusto; sí, señor.

PEPE

Mientras escribiré yo unas líneas.

(Los dos se sientan y escriben rápidamente.)

A mí, Carlancas y Régulos... ¡Ya veréis la que os preparo!

DON SABINO

(Entregándoselo.) El recibo.

PEPE

Muy bien. Pues ahora, sin perder minuto, entre en esa habitación y explique a Cristina, a mi sobrino y a doña Eduarda, que están en ella, cuanto hemos convenido. Salgan al marcharse, usted y su hija, con Cristina y mi sobrino, por la puerta que da a esa calleja y a la estación. Dígale a doña Eduarda que espere mi aviso. Gracias por todo y hasta luego.

DON SABINO

Vamos, hija.

MARÍA TERESA

¡Caballero!

(Vanse por la segunda derecha.)

EUSTAQUIO

(Entrando.) Usté mandará.

PEPE

Toma esta carta y llévala a casa del sargento de la Guardia Civil.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

Si no la llevas te mando fusilar.

EUSTAQUIO

No, señor.

PEPE

A escape.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

No tardes.

EUSTAQUIO

No, señor.

PEPE

Y a esos señores, que pasen.

EUSTAQUIO

Sí, señor.

PEPE

Ahora, Dios mío, inspiración y desenvoltura para acabar con estos reptiles. Es una villanía la que voy a hacer; pero con fulleros no es cosa de jugar limpio.

Escena X

PEPE OJEDA, DON ACISCLO, CAZORLA y DON RÉGULO, por la izquierda.

DON ACISCLO

¡Excelentísimo señor!...

CAZORLA

Señor Ojeda.

(DON RÉGULO solo una grave reverencia. Lleva un garrote enorme.)

PEPE

¡Señores! (Aparte.) Vaya una carita que trae el del cañamón. (Alto.) ¿Quiere usted dejar el junquito?...

DON RÉGULO

Gracias. (No lo suelta.) Es comodidad.

DON ACISCLO

Qué, ¿y qué tal y cómo les pinta a ustés por este pueblo, señor Ojeda?

PEPE

Pues nos pinta que ni Zurbarán, señor alcalde. Esto es tan pintoresco como paradisíaco. ¡Un vergel!

DON ACISCLO

Aquí otra cosa no tendremos, pero buena voluntá...

PEPE

¡Calle usted, hombre; una gloria!

DON ACISCLO

Porque el accidente del cohete..., si viera usté que m'ha quitao a mí el sueño.

CAZORLA

Aquello ya comprendería el señor que fue un accidente meramente fortuito.

PEPE

Fortuito y que si me da en el ojo, pues para sacarme la niña a paseo; ¡pero nada más!... Y a ustedes, señores, ¿qué les trae por esta su fonda?

DON ACISCLO

Pues con permiso de usté, y aunque la hora no sea muy allá que digamos, pues por salir de esto, le traemos a usté los libros; naa... Cuatro cuentejas... Aquí se puen llevar las cuentas por los deos...; naa. Usté nos pone el visto bueno...

PEPE

Bueno.

DON ACISCLO

Amos, pa que uno pueda responder el día de mañana, y naa...

CAZORLA

Esta contabilidad es tan sencilla que no hace falta tenedor.

PEPE

Pues si no hace falta tenedor, con los dedos, como dice el alcalde.

DON ACISCLO

De forma que si usté quiere dar un vistacillo...

PEPE

Con alma y vida...; pero antes, señores, si yo me atreviese, les pediría un favor inmenso.

DON ACISCLO

¿Cómo favor? Toos criaos de usté. Usté es el que manda. ¿Qué hay que hacer?

PEPE

Pues nada; el asunto es que me han sorprendido ustedes de visita con una persona que tengo en esa habitación.

DON ACISCLO

¡Carape!

PEPE

La cosa que ha venido a tratar es grave y urgente. Si ustedes me permitiesen, yo reanudaría el pour parler y en seguida a sus gratas órdenes.

DON ACISCLO

Sí, señor; como usté mande. No faltaba más.

PEPE

Pues pasen por aquí; aguarden y perdonen unos minutos. (Invitándolos a pasar.) Don Régulo...

DON ACISCLO

(Aparte.) ¿Qué será esto?

DON RÉGULO

(Ídem.) ¡No sé cómo puedo contenerme!

CAZORLA

(Ídem.) Observaremos.

(Entran por la primera derecha.)

Escena XI

PEPE OJEDA y EDUARDA, por la segunda derecha; luego, los otros, al paño.

PEPE

(Aparte.) Audacia, Ojeda. (Abre la puerta segunda derecha. Alto.) Tenga la bondad, señora.

EDUARDA

(Saliendo.) Pero...

PEPE

(Aparte, a EDUARDA.) Nos oyen; discreción. (Le ofrece una silla de espaldas a primera derecha.)

EDUARDA

(Aparte, a PEPE OJEDA.) ¿Quién?

PEPE

(Aparte.) ¡Tu marido!

EDUARDA

¡Ah!...

PEPE

(Ídem.) Silencio. Va a quedar tu honor como las propias rosas. Calma. (Se sienta también. Alto.) Pues nada, señora; perdone esta pequeña e involuntaria interrupción en nuestra conferencia, que estaba deseando reanudar, y estaba deseando reanudarla, porque la honra de una señora tan digna como usted me interesa como mi propia honra.

DON RÉGULO

(Por entre las cortinillas.) ¡Ella!

EDUARDA

¡Muchísimas gracias, señor mío!...

PEPE

Y claro está que yo, como usted me exige, le diré a su esposo, dándole cuantas pruebas estime justas, que es usted víctima de una calumnia incalificable.

EDUARDA

¡Más que incalificable, artera!

PEPE

Fementida. Pero le añadiré que él sin sospecharlo, también es víctima de una villanía inmunda.

EDUARDA

¡De una trama diabólica!

PEPE

Es preciso que le digamos que no soy yo, ¡pobre de mí!, que he llegado hace cuarenta y ocho horas a este pueblo, el que le hace a usted el amor, no; que el que le hace a usted el amor, hace más de seis años; el que la viene a usted asediando con cartas y la atropella y la pellizca bárbara y villanamente, por rincones y pasillos, que no soy yo, que no soy yo...; ¡que es el señor alcalde! ¡El señor alcalde! ¿No es esto verdad, señora?

(Se han ido asomando poco a poco DON ACISCLO y CAZORLA, por el montante; DON RÉGULO, por entre las cortinas.)

EDUARDA

¡No ha de serlo! ¡Pruebas mil puedo dar!

PEPE

Es preciso que su esposo sepa también que el que me inculpa a mí es el canalla de Cazorla.

EDUARDA

Sí, señor; ese zorro consistorial y académico.

PEPE

Que quiere que su esposo me finiquite para que una vez yo en la huesa y don Régulo en presidio, echarla a usted en brazos del alcalde. ¿No es verdad todo esto, doña Eduarda; no es verdad?

EDUARDA

Tan verdad como el Evangelio. Lo juro por la sagrada memoria de mi padre.

(Se oyen en la habitación primera derecha estacazos, ayes, golpes, gritos de socorro.)

¿Pero qué sucede ahí dentro?

PEPE

Parece que están jugando a carambolas.

(Más golpes.)

EDUARDA

¡Jesús!

PEPE

¡Pues a palos!

(Salen, lívidos, descompuestos, con los pelos en desorden, DON ACISCLO y CAZORLA huyendo de DON RÉGULO, que los persigue frenético, y al que no queda ya del bastón más que una viruta.)

DON ACISCLO

¡Socorro!

CAZORLA

¡Auxilio!... ¡Por Dios, don Régulo!... ¡Falso, impostura!...

DON RÉGULO

¡Canallas! ¡Miserables!

DON ACISCLO

¡Sujetarlo, que es una calumnia! ¡Sujetarlo!

EDUARDA

¡Pero estaban los tres!

PEPE

¡Pues no, que se juega!

DON RÉGULO

¿Pero es de veras lo que he oído, Eduarda?

EDUARDA

Yo ignoraba que estuvieses con ellos, pero sí, lo que ha dicho este señor es la verdad. ¡Mi honor ante todo!

DON ACISCLO

Yo no fue sino que le gasté unas bromas.

PEPE

¡Silencio!

DON RÉGULO

¿De modo que todos aquellos cardenales...?

PEPE

De ese papa. (Señala a DON ACISCLO.)

DON RÉGULO

¡Déjame que los mate!...

EDUARDA

No, por Dios, vámonos... No te pierdas por esos bribones...

DON RÉGULO

¡Granujas..., bandidos!

EDUARDA

¡Y mañana nos vamos del pueblo!

DON RÉGULO

¡Me darán ustedes una satisfacción!...

PEPE

¿Qué más satisfacción?... Ha venido usted con una carga de leña y se va con una viruta, conque no sé...

EDUARDA

¡Cálmate, Régulo, cálmate! (Se lo lleva.)

DON ACISCLO

(Amenazador.) ¡Y usté jugarnos esta encerrona!

PEPE

¿Y la que me preparaban ustedes a mi señor Arrambla?

CAZORLA

¡Me ha hecho pedazos!

PEPE

¡Ya le volverá a usted a pegar! ¡No se apure!

DON ACISCLO

¡Ha sido una infamia!

CAZORLA

¡Meternos en una ratonera!

PEPE

¿Pues qué quería usted, zarandearme la masa pilosa y que yo permaneciese estático?

CAZORLA

¡Qué traición!

PEPE

¡Cada uno tiene su manera de exterminar insectos acrobáticos, mi cultiparlante amigo!

DON ACISCLO

Vámonos, vámonos, y yo le juro...

Escena XII

Dichos, ALFREDO y MONREAL, que aparecen por la izquierda.

PEPE

No, calma, un poco de calma, señor Alcalde. No hemos terminado.

ALFREDO

Tío, aquí está el señor Monreal.

PEPE

Adelante, mi querido amigo.

MONREAL

Señor Ojeda.

(Se estrechan la mano.)

PEPE

Pase usted, pase usted... Tengo el honor de presentarle a don Acisclo Arrambla Pael, alcalde, dueño y señor de este pueblo insigne, y a su digno secretario...

MONREAL

(Reverencia.) Señores... ¿Pero qué les ha ocurrido, les observo una agitación?...

PEPE

Nada..., un ligero match de boxeo. Señor alcalde, presento a usted al señor delegado del gobierno, que es el que viene a ajustarles a ustedes las cuentas.

DON ACISCLO

(Asombrado.) ¿Eh?... ¿Cómo?...

MONREAL

Aquí traigo mis credenciales.

DON ACISCLO

Entonces, ¿ustedes han venido?...

ALFREDO

(Que ha salido con la maleta y la manta.) Por su sobrina de usted, que ya está en la estación.

DON ACISCLO

(Asombrado.) ¿Pero qué dicen?

ALFREDO

¡Detalles, por correo!

PEPE

Conque aquí le dejo a usted, señor Monreal, con un alcalde de pronóstico, los libros, dos kilómetros de longaniza, varios jamones, el Carlanca, un recibo de dos mil pesetas y un perro rabioso... Y usted, apreciable y exiguo filósofo, tendrá la exquisitez de acompañarnos.

CAZORLA

¿Yo?

PEPE

Hasta el propio sleeping, y debemos advertirle que como en la vía pública cualquier cofrade trate de agredirnos, le alojo a usted en la deforme pelota que está haciendo, pasar por cráneo, un esferoide plúmbeo. (Le apunta con la browning.)

CAZORLA

Pero...

PEPE

Dale la maleta.(ALFREDO se la da.) Anclando. (A DON ACISCLO.) ¡Y a este señor es al que deben ustedes tocarle el pasodoble de Joselito! ¡Que sigan ustedes bien!... (Volviendo.) ¡Ah, y que conste que los españoles no podremos gritar con alegría «¡Viva España!», hasta que hayamos matado para siempre el caciquismo! (Vase.)

(Telón.)

FIN DE LOS CACIQUES

Farsa cómica de costumbres de política rural en tres actos, estrenada en el teatro de la Comedia, de Madrid, en la noche del 13 de febrero de 1920.

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